DEMAGOGIAS TÉCNICAS (filosofando sobre saneamiento)
- Miguel Fernández

- 26 jun
- 3 min de lectura
Desde hace 3 mil años, casi siempre la defensa de un interés es viabilizada, en términos políticos, induciendo a la sociedad a creer que se trata de interés de la colectividad, por motivos económicos, de soberanía, sociales, de bienestar, de los menos favorecidos, de las minorías, etc., idea esta materializada en una "solución", "programa", "directriz", "paquete", "norma", “incentivos”, “subsidios”, o lo que sea.
Para eso, se echa mano de argumentos, enmarcados por el manejo hábil de la palabra y con recursos a la semántica tecno-social, que traduce en anhelos justos cualquier pseudo-beneficio, inherente a cualquier emprendimiento.
Así, por ejemplo, la especulación inmobiliaria justifica alteraciones de altura permitida o de tasa de ocupación del suelo, en nombre del "derecho" que toda la población tiene de querer vivir en un mismo lugar agradable. Convenientemente, se olvida de decir que ese anhelo, estimulado por la propia propaganda de los dueños de los terrenos, no siempre existe, o si existe, puede dejar de existir a medida que el plan se concrete y el lugar deje de ser agradable (véase Copacabana, Guarujá o Balneário Camboriú).
Resáltese que a muchos les gustan Copacabana, Guarujá y Balneário Camboriú, como son, y hay que respetarlos. Nadie está obligado a ir allá, va quien quiera.
¿Y la argumentación "social" que justifica préstamos oficiales a empresas en mala situación, o incluso quebradas, para "garantizar empleos"? ¿Acaso la producción o el servicio de esa empresa no sería suplido por otra, que tendría que emplear gente para atender esa porción del mercado? Posiblemente otra gente, pero desde el punto de vista de la sociedad el número sería el mismo. Pero es así como se garantizan las jugosas subvenciones de las cuales nunca se rinden cuentas y de las cuales el pueblo no es beneficiario, es apenas pretexto.
Preocupa también la tendencia, cada vez mayor, de proponer y justificar soluciones y emprendimientos altamente cuestionables desde el punto de vista ético, e incluso desde el punto de vista técnico, en nombre de las clases menos favorecidas, alegando que los recursos disponibles son insuficientes para atender las reales necesidades de determinado sector.
Ejemplo mayor de la cuestión fue la adopción del tercer turno en las escuelas de primer grado en la enseñanza pública carioca y fluminense, hace algunos años: ante la constatación de que el número de edificios escolares era insuficiente para atender la demanda de vacantes para esos cursos, y "en nombre de posibilitar educación para todos", se partió hacia la brillante solución de disminuir los períodos de enseñanza, colocando tres turnos donde existían dos.
La solución, en principio, parece justa, pues evita que algunos se queden sin escuela, mientras otros tienen una buena escuela. Ocurre que, como en casi todos los sofismas, la cuestión no era esa. Cabían, sí, mayores fondos para la educación. La consecuencia, premeditada o no, fue una flagrante caída de calidad en la enseñanza pública de 1º grado, con la evasión de la clase media hacia la red privada de enseñanza (primera beneficiaria directa de la medida) y la creación de hecho del ciudadano de 2ª clase: aquel que es educado de la forma que fue posible, dentro de los "recursos disponibles". Ahora bien, nada más injusto que ofrecer, a los niños, educaciones diferentes, pues de ahí surge toda una institucionalización de las desigualdades, y de forma cruel, generando rencores latentes que en nada ayudan a organizar una Nación.
Pero la situación ya existía antes, dirán. Sí, pero la solución propuesta, además de amortiguar una lucha por intereses mayores —educación buena para todos—, sirvió para nivelar los 2/3 atendidos hasta entonces por la red escolar estatal al 1/3 que pasó a ser atendido, rebajando el nivel general, apenas creando una mayor oferta de mano de obra para funciones menores de la era tecnológica, con la inclusión del grupo que, si analfabeto, quedaría al margen del proceso y, así, pasó a constituir una reserva de mano de obra poco calificada, reguladora de salarios pues, ante cualquier reivindicación de los empleados, se despide y se contrata a otro en el mercado ofrecido.
Mientras tanto, aliviados de la presión por más fondos para la educación, los gestores de nuestra economía pueden divertirse jugando en los mercados financieros en operaciones negociadas bajo el manto del sigilo y de interés realmente dudoso para la sociedad brasileña.
En los últimos tiempos, surgieron discursos igualmente sofísticos, incluso en relación con el área de saneamiento:
los sistemas unitarios de alcantarillado en áreas menos favorecidas y
las tarifas demagógicas camufladas en estructuras tarifarias basadas en argumentos falsos pero con el atractivo del “distributivismo”.

Comentarios