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DEMOGRAFÍA Y AMBIENTE SOBERANO

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 30 jun
  • 3 min de lectura

En 1925, hace solo 100 años, el planeta Tierra, nuestra nave espacial, tenía cerca de 1,9 mil millones de tripulantes; en 1975 eran ≈4,0 mil millones y en 2025 alcanzó ≈8,5 mil millones, distribuidos por diversos grupos, pueblos, países, naciones. Grosso modo, cada medio siglo, el planeta duplicó la población. En algunas áreas, las tasas de natalidad disminuyeron, pero la longevidad de las personas aumentó. Y en otras, simplemente aumentaron las tasas y la población. Los números totales asustan.

La superficie del planeta es finita, del orden de ≈510 millones de km², siendo ≈30% tierra y ≈70% agua. De la tierra firme, solo cerca de 1/3 es habitable (2/3 son desiertos y glaciares). En 2025 la densidad poblacional media era de cerca de 170 personas por km² habitable, es decir, una persona por 0,58 ha (un rectángulo de 58 m x 100 m), un campo de fútbol para cada humano.

Teniendo en cuenta que necesitamos dividir el espacio habitable con otras especies, como vacas, ovejas, ratones, gatos, cucarachas, mosquitos, gallinas, monos, osos hormigueros, serpientes y colibríes, para preservar a esos nuestros compañeros no humanos, más o menos útiles, y que, de una forma u otra, sabiendo o no cómo, o por qué, vivimos en simbiosis, es una misión noble que todos apoyamos. Es un axioma, como ya fue establecido por Noé, hace bastante más de 3 mil años.

La conclusión es que la situación es complicada y que son justas las preocupaciones con el planeta.

Entretanto, los 8,5 mil millones de homo sapiens necesitan alimentarse, regular las temperaturas de sus casas, construir sus hormigueros de formas ingeniosas y aspiran a evolucionar, como bien filosofó el antropólogo (y teólogo jesuita) Teillard de Chardin (*01).

Algunas partes del planeta, algunos pueblos, algunas naciones, ya resolvieron sus problemas de riqueza y bienestar, muchas veces a costa de buscar recursos naturales finitos fuera de sus territorios, sea comprando (intercambiando), sea tomándolos por otros métodos; en fin, mal o bien, resolvieron sus necesidades iniciales. Son los llamados países “desarrollados”.

Esos antiguos procesos colonialistas, con uso de fuerza bruta o al margen de la ética, se sofisticaron, evolucionaron hacia procesos político-económico-financieros, más eficientes, más eficaces y, casi siempre, de difícil visualización. Adoptaron discursos románticos, con fraseados pseudocientíficos y de profetas del caos, en los que muchos se dejan envolver, como ya habían notado Sócrates, Aristóteles, Platón y otros pensadores de la antigua Grecia, hace más de 2,5 mil años, cuando forjaron la palabra “demagogia”. O por otros pensadores más modernos, como Thomas More, en el siglo XVI, con “utopía”.

Nótese que, en Brasil, en 2025 éramos ≈215 millones de personas (solo ≈2,5% de la población mundial). Pero Brasil tiene cerca de 8,5 millones de km² de tierra habitable, es decir, 17%. Resulta una tasa de ocupación ¼ menor que la media mundial: ≈40 personas/km². ¡Son 4 campos de fútbol para cada brasileño!

Aunque nuestra parte de la tripulación del planeta sea muy pequeña (2,5%, como aquí ya se dijo), hay algunas entidades y algunas personas entre nosotros que, por moda, o por haber sido catequizadas así, o por falta de opción, se dedican a querer que un país todavía no desarrollado, como Brasil, que necesita y merece mejorar el nivel de vida de su pueblo, renuncie a explotar sus yacimientos, sus riquezas, desarrollar sus artes y hacer su trabajo honesto y justo.

¿Por qué nuestros ambientalistas no ayudan a nuestra PETROBRAS en sus prospecciones en el llamado “margen ecuatorial”? ¿Por qué no ayudan a que no se limiten nuestras hidroeléctricas a operar “a filo de agua” —sin reserva—?

¿Es correcto pensar el ambiente sin considerar la demografía y el estadio de desarrollo? ¿Es justo?

Necesitamos acciones racionales de defensa del ambiente, con responsabilidad, sin extremismos y teniendo en cuenta nuestra soberanía y nuestros intereses.




Ing. José Eduardo Frascá Poyares Jardim, Presidente del Instituto de Ingeniería

Ing. Miguel Fernández y Fernández, Director Regional del Instituto de Ingeniería


3.797 caracteres, Rm



 
 
 

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