Ingenieros del Estado y servicios públicos
- Miguel Fernández

- 30 jun
- 3 min de lectura
Atendiendo la invitación de un colega, expresidente de la entidad, fui a la toma de posesión de una nueva directiva de una vieja sociedad de ingenieros, arquitectos y afines de “Servidores del Estado”. Auditorio lleno, el más joven tendría 60 años de edad.
El nombre del auditorio era el de un exprofesor mío. Por las paredes, diversas placas en metal fundido, con homenajes. Creo que conocí y/o trabajé con el 80% de los allí citados. De esos 80%, altamente calificados, capaces y dedicados. Me emocioné al reencontrar viejos y viejas colegas de profesión, de venturas y de desventuras. Creo que la emoción era recíproca.
Al inicio, Francisco, sus 83(?) años, instado a hablar, de sorpresa, tuvo que improvisar y salió recordando cuando entró al servicio del Estado, en la década de 1960, en el DER (Departamento de Carreteras). Que, en esa época, en ese DER, había cerca de 400 ingenieros y que, hoy, solo hay cerca de 35 y ya son cerca de 6.000 km de carreteras (el doble de la época de él). Recordó que ser “ingeniero del Estado” era una misión de vida. En que se recibía la experiencia y el acervo de los que allí ya estaban y se repasaba a la generación siguiente con la sensación del deber cumplido. No entró en el mérito de los “porqués” eso ocurrió. Ni dijo si lo consideraba hoy mejor o peor. Dejó que cada uno sacara sus conclusiones. Habló poco y habló bien.
Para quien no es más ingeniero del Estado, pero ya lo fue, para quien admira a los dedicados que por allí pasaron y a los que todavía están, para los observadores no “militantes”, llamó la atención la repetición de los demás discursos, intentando ser “políticamente correctos”, “socialmente comprometidos”, “defendiendo igualdad de género”. Un show de infantilidades. Sobre la falta de concursos públicos para las carreras, fueron hechas apenas referencias “en passant”.
Más adelante, habló otro ingeniero, de esos octogenarios, como Francisco, pero fue un desastre. Comenzó elogiando el área ambiental, justo una de las que más entorpecen a Brasil y a la ingeniería brasileña, actuando como si el ambientalismo fuera un fin en sí mismo. Reclamó de posibles alteraciones de legislación, justo de aquellas que intentan defender el progreso de los excesos del “ambientalismo torpe”. Para no perder el terreno en que se metió, derivó en hablar de la “dictadura militar”, cayendo en el lugar común de olvidar que los militares también son funcionarios del Estado, que también los hay buenos y malos, como en cualquier grupo. Olvidó que esos enfoques solo desunen el interés del Estado y la atención al público y facilitan que seamos dominados por otros, ciertamente alienígenas. Quedó en el aire si sería inocencia o efecto manada.
Sobre el hecho de que las escuelas de ingeniería, con sus reservas de mercado para docentes profesionalmente inexpertos, ya no usen profesores ingenieros del Estado, llenos de saber y hasta con tiempo para enseñar, como era en los años 1960 y 1970, auge de la formación de la ingeniería brasileña, ni una palabra en los discursos.
Es decir, lamentaciones, muchas. Diagnósticos y sugerencias, nada.
Como dije al inicio, la mayoría preocupada por lo políticamente correcto, pocos “poniendo-el-dedo-en-las-heridas”.
Salí pensando: ¿cómo hacer para salvarnos y salvar a ese personal de sí mismos?

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