JAPOGUÉS
- Miguel Fernández

- 2 jul
- 1 min de lectura
Nuestro ambiente profesional, en São Paulo, en las décadas de 1970 y 1980, incluía a dos niseis muy conocidos y reconocidos por su competencia: Eduardo Yassuda y Paulo Nogami. Ambos muy serios, de pocas sonrisas.
Se decía incluso que Yassuda no sonreía nunca, tal vez por haber ocupado muchos cargos políticamente relevantes, lo que siempre resulta en convertirse en una persona que tenía seguidores y detractores.
A propósito de esa "leyenda" de que Yassuda no sonreía, y mucho menos reía, Nogami me contó que, una vez, él vio a Yassuda reír, ¡y mucho!
Para contextualizar el caso (1975), cabe registrar que, en aquella época, se viajaba poco, la globalización todavía gateaba y viajar era muy caro.
Los japoneses todavía no se habían afirmado como nación desarrollada. Los productos japoneses eran considerados de segunda línea y el número de japoneses viajando era bastante pequeño. Otros asiáticos ni salían de Asia.
Volviendo a lo que Nogami me contó:
__ era alrededor de 1975, fuimos juntos a Europa, a trabajo, incluyendo una visita al LNEC. En el aeropuerto de Lisboa, tomamos un taxi para el hotel. El taxista, un muchacho joven, nos condujo en silencio. Yo y Yassuda fuimos conversando. Al llegar a la entrada del hotel, todavía alcanzamos a oír al taxista, muy serio, hablando con otro taxista:
__“¡cómo la lengua japonesa se parece a la nuestra! Percibí mucho de lo que esos pasajeros hablaban”.

Comentarios