No dejó amigos
- Miguel Fernández

- 3 jul
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Desde 1920, GE (General Electric) tenía un parque industrial de porte razonable en Río de Janeiro, con fábricas de lámparas, de cuadros eléctricos, de transformadores, generadores, locomotoras, turbinas de aviones, etc., con diversos “campus” fabriles esparcidos.
GE también fue precursora en estimular la inclusión de la diversidad y oportunidades de ascenso en sus cuadros (en EE. UU. y aquí). Por allí pasaron notorios y destacados ingenieros, independientemente de color y opciones.
En la dirección había una cierta mezcla de americanos y brasileños, pero no sé bien cuál era el criterio usado en la selección y promoción de personal en general y de dirigentes, en especial, por el departamento de RH (Recursos Humanos).
Resulta que, alrededor de 1975, ascendió a una dirección en Brasil un ingeniero de nombre Chaves.
Era de aquel tipo que se ocupa de impresionar a los demás como la competencia en persona. Hasta tocar un instrumento musical (órgano) para posar de erudito se había tomado el trabajo. Pero era, en verdad, un lector de libros de bolsillo: “Cómo Negociar Contratos”, “Cómo Comandar Personas”, “Cómo Presentar Resultados e Impresionar a los Accionistas”. Cultivaba parecer un hombre frío, de pocas palabras y pocos amigos.
En cuanto a hacer lo que necesitaba ser hecho, era otra cuestión. En las reuniones hablaba bajo para que todos, intentando oírlo, parecieran prestar mucha atención. Y también porque, al no oírlo bien, siempre pudiera decir que no dijo aquello o que fue mal entendido. ¿Sonreír? ¡Nunca! Parecía no confiar en nadie; cuando se aproximaba a los colegas mantenía siempre una cierta distancia para no crear intimidades, daba la impresión de que todos los movimientos eran estudiados, hasta para ir al baño.
Cuando asumió la administración de las instalaciones fabriles, llegó esparciendo órdenes, tensión y arrogancia a diestra y siniestra.
Comenzó metiéndose con SPLJ, empresa que prestaba los servicios tercerizados de “Seguridad Patrimonial, Limpieza & Jardinería”, ahí incluido el “Control de Plagas” (insectos, ratas). Parece que buena parte de la motivación en la manía era porque no simpatizaba y desconfiaba de su antecesor en el cargo, justo quien había contratado a tal SPLJ y que había sido promovido al cargo anhelado por Chaves.
Después de un tiempo sin conseguir encontrar ninguna brecha que justificara el cambio de SPLJ, para demostrar que manía y razón no conviven en la misma persona, comenzó a intentar demostrar que podía administrar mejor. De ahí a discrepar de los costos del control de vectores: ratas e insectos, fue un salto.
Cualquier desratización debe ser precedida por una fuerte aplicación de insecticidas para matar las pulgas en las ratas. Si se matan primero las ratas, las pulgas saltan fuera de las ratas y van hacia otros animales y el hombre, pudiendo provocar pestes bubónicas. Por eso el costo más elevado. Pero nadie se atrevió a explicárselo.
En la primera oportunidad, Chaves cortó el presupuesto de la desratización y mandó soltar unos gatos en la fábrica, no sin antes cuidar de la salud de los bichanos: vacunados, etc. Solución ecológica y ambientalmente sostenible (±1975), precursora de las tonterías que en la época se iniciaban y hoy atraen a tanta gente.
Transcurrido un año, la crianza de gatos en las fábricas y sus entornos había proliferado de tal forma que empezó a ser notada por todos y a crear problemas complicados, con gatos entrando en máquinas operatrices y allí siendo triturados, caca de gato por todos lados, en fin, un cierto caos.
Cuando un americano que quedaba en la oficina central en el centro de Río llevó a otro americano de paso, con la esposa, para ver una de las fábricas y la esposa resolvió adoptar dos gatitos, entre los cientos que vio, la cosa se complicó de una vez. Como el visitante no quería saber de “pets” pero no quería pelear con la mujer, pasó a ironizar las fábricas, diciendo que en Brasil GE se dedicaba a “cat’s nursery”, burla que llegó a EE. UU. y al presidente de GE de aquí no le gustó, pidiendo providencias inmediatas.
Chaves no se acusó como responsable y pidió providencias inmediatas a SPLJ para acabar con los gatos.
El encargado de SPLJ, Tomás, era un negro de unos 1,90 m, oriundo de la Policía Militar (coronel retirado), que andaba siempre armado y con dos guardaespaldas armados pero que, fuera de eso, era una persona buena y crédula, recibió la orden y, con la mejor de las intenciones, la cumplió al pie de la letra: mandó comprar unos diez perros para cada fábrica y dio inicio a una nueva crianza.
Las cosas se complicaron porque, aunque al inicio los gatos se escondieran y los perros no fueran muchos, rápidamente hubo algún tipo de acuerdo felino-canino para convivencia pacífica y las fábricas rápidamente pasaron a tener cientos de perros y cientos de gatos (pregunté y me respondieron que parece que las ratas desaparecieron).
Chaves entendió eso como ironía de Tomás y pasó a perseguirlo, hasta que, previendo alguna tontería de parte-y-parte, alguien con buen sentido resolvió, digamos, “liberar” a Chaves de GE (y a GE de Chaves).
Cuando Chaves salió de GE, algún head-hunter lo “vendió” a IESA (ya de Montreal) y, rápidamente, las situaciones se fueron repitiendo. Pero ambiente de firma de ingeniería de proyectos no es exactamente el de fábrica. Allí nadie era bobo, incluso Chaves. Rápidamente se percibió que el nuevo colega no tenía nada que añadir, y el juego que hacía. Chaves necesitó recrudecer sus métodos pero no dio resultado y las cosas iban de mal en peor hasta que algún colega, inconsecuente y de mal carácter (porque por más que el otro lo mereciera, eso no se hace), resolvió traer una serie de regalos de motel, caja de fósforos, peine, servilleta, qué sé yo qué más y, discretamente, sin que nadie viera, los colocó en el bolsillo del saco de Chaves. La mujer de Chaves encontró las graciosidades en casa.
La confusión fue grande, Chaves fue apartado (o se apartó), nunca se supo exactamente, y el sospechoso de la gracia, un colega de mediana edad, también salió o fue “sacado”.
Chaves era tan tenso que era tenso consigo mismo. Terminó muriendo temprano, por lo que supe, con menos de 55 años. No dejó amigos.

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