Películas (perros callejeros, parte n)
- Miguel Fernández

- 6 jul
- 3 min de lectura
Era alrededor de 2008 y, por motivos profesionales, necesitaba comprar un coche nuevo, con tracción en las 4 ruedas, reducida y, de preferencia, motor diésel, por causa del torque en bajas rotaciones.
Después de diversos análisis, tipo ingeniero, con matriz de decisión, generando los índices precio/potencia y peso/potencia, además de las pruebas de manejo, la elección recayó sobre un modelo “Sorento” de la coreana KIA. Con la agencia en la Rua da Passagem y taller en la rua Assunção, ambas en Botafogo, en Río. KIA también tenía una buena red de talleres en todo Brasil, fruto de la diseminación de un utilitario llamado “KiaBesta” que, con un motorcito diésel, simple y buen precio, sustituyó a las KOMBI de VW en el mercado.
En el día de la llegada del coche, fue avisado de que, como cortesía, ganaría un juego de alfombras y la colocación de película oscurecedora en los vidrios, manía nacional desde aquella época. El coche necesitaría una revisión final y solo sería entregado en 48 horas. Resolvió ir al taller a ver al nuevo “hijo” e intentar cambiar la tal película por otra cosa. Su opinión sobre las películas era que perjudicaban la seguridad al conducir de noche, especialmente en días de lluvia, pues perjudicaban la visibilidad.
A la mayoría de las personas les gustaban las películas porque las encontraban “chic”, elegantes, ver sin ser visto, y daban la disculpa de la “seguridad”: el ladrón, al no ver quién estaba dentro, iría a asaltar otro coche. Bobada, pues en esa línea de justificaciones, quien más se esconde sería porque tiene más que ser robado, y va a atraer más ladrones.
Pero la reventa de KIA fue categórica: los regalos eran aquellos, alfombra y película, tomar o dejar.
Entretanto, podía escoger la película: había con transparencia 70%, 50% y 25%. Podía hasta mezclar. Entonces, como “a-caballo-regalado-no-se-le-miran-los-dientes”, y cediendo a opiniones familiares, resolvió aceptar. Pero, como ingeniero, no resistió “ingenierizar” las películas: 75% ni pensar, no se ve nada, va a dar la sensación de un “furgón” cerrado. En el vidrio delantero, mejor no colocar nada. En el vidrio trasero resolvió usar la película más clara (25%), para no perjudicar mucho la visibilidad del retrovisor interno. En las laterales, optó por las películas intermedias (50%) pero por ahí a cierta altura dudó. Iban a perjudicar los retrovisores laterales, tal vez fuera mejor usar 25% también en las laterales.
Conversa para acá, conversa para allá, evalúa la película con el instalador, tiene un destello:
_ vamos a colocar la 50% en las laterales, pero vamos a dejar un espacito sin película para que el motorista vea los retrovisores externos y, de noche, lloviendo, vea lo que necesita ver.
El muchacho instalador entra en la onda y sugiere que el corte sea vertical para que cuando el vidrio suba y baje, los “labios” de goma del sellado no despeguen la película.
Pero es precisa la autorización del jefe del taller. Respuesta: _No se puede.
Tozudamente, pide hablar con el jefe del taller:
_ No se puede. No vamos a responsabilizarnos, bla bla bla... ¿Dónde ha visto usted eso?
Por casualidad, venía entrando uno de los socios de la concesionaria, el “patrón”. El gerente del taller lo pone al tanto de la conversación y el tal “patrón”, incluso sin haber oído esa parte de la conversación, repite la pregunta:
_ ¿dónde ha visto usted eso?
El comprador, que ya estaba irritado, resuelve mentir:
_ en Estados Unidos. Allá lo hacen mucho.
Fue como si el sol se abriera.
_ ¡Ah bueno! Entonces voy a autorizar, pero es su responsabilidad, si no sale bien no repondremos.
Y así fue hecho. Unos seis meses después, cuando volvió para la revisión de los 15.000 km, el muchacho instalador vino a hablar con él, todo orgulloso:
_ ya instalé dos más iguales al suyo.
Después de casi 20 años y dos coches continúa usando ese método. Y, mes sí mes no, alguien lo para en la calle para preguntar dónde hizo aquello. Responde: cualquiera con un estilete puede hacerlo. Mejor uno con práctica.
Si no fuera por el argumento de que lo vio “afuera”, no lo habría conseguido.
Bando de gente con complejo-de-perro-callejero, tan bien diagnosticado por el saudoso Nelson Rodrigues.

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