¿Y después?
- Miguel Fernández

- 30 jun
- 3 min de lectura
Siempre que pasa por el cruce de la calle Gomes Freire con la calle da Relação recuerda ese episodio, verdadero, ocurrido alrededor de 1977, olvidado en la crónica de la ciudad, que lo impresionó a tal punto de contar y recontar la historia y filosofar.
Ese cruce queda en el centro de Río, en el borde de lo que se convencionó llamar Lapa. Las dos calles se cruzan en ángulo recto. En una de las esquinas está la jefatura de la policía civil del Estado, con la comisaría del barrio; en otra, un hotel modesto y simpático, tipo 2 estrellas, hoy llamado Carioca.
Hasta recientemente, el nombre de ese hotel era “Marialva”. Un edificio no muy antiguo (años 1955 a 1965?), de unos 10 pisos, la entrada, en la esquina, es decir, perpendicular a la bisectriz de las dos calles, donde el arquitecto cuidó que el edificio tuviera un tramo recto y oblicuo, formando un ángulo de 45°, tanto en el edificio como en la vereda, formando un buen retiro en relación con el canto de la esquina, para que los autos pudieran parar a recoger o dejar pasajeros sin incomodar mucho el tránsito.
Para mejorar el confort de los pasajeros “llegantes” o “salientes”, instalaron allí un toldo de lona frente a la portería, que iba hasta unos 3 metros más allá del cordón, cubriendo el auto y protegiendo a la gente de la lluvia y del sol.
Todo eso porque, en aquella época, un ciudadano, con cerca de 50 años de edad, allí se hospedó, en un 8º o 9º piso, aparentemente cansado de vivir, aburrido de la vida, hoy diríamos, deprimido.
Tomó un frasco entero de comprimidos con la intención de poner fin a la vida, se acostó y esperó morir, discretamente. ¡Una buena persona! Tanto que optó por el suicidio sin escándalo, sin ahorcarse en la lámpara de la sala frente a los padres, ni tirarse por la ventana frente a la pareja, ni pegarse un tiro en la cabeza frente a los hijos.
En cierto momento, se dio cuenta de que la demora para apagarse estaba siendo demasiado grande. Hombre racional, se preocupó de que la dosis no fuera suficiente para matar, ya que, solo para “apagarse”, demoraba tanto.
Entonces, resolvió acelerar la muerte: golpeó el espejo que lo miraba y, con un pedazo del vidrio, se cortó las dos muñecas. Fue una actitud precipitada. Nunca le había gustado ver sangre, incluso había dejado de hacer la carrera de medicina por ese motivo. Se asustó con la sangre y, para abreviar la muerte, se tiró por la ventana del apartamento, desde la esquina del hotel Marialva.
Cayó sobre el tal toldo, que amortiguó la caída y lo lanzó sobre el techo de un auto que estaba parado allí. Nadie entendió nada de lo que había ocurrido, pero en la puerta de la Policía Civil y de la comisaría del barrio, el auxilio fue competente e inmediato, habiendo sido conducido al hospital Souza Aguiar, allí cerca, referencia en emergencias de ese tipo.
Le lavaron el intestino, cerraron los cortes en las muñecas y cuidaron de dos pequeñas fracturas, una en una costilla y otra en el brazo derecho. Fue asunto de los periódicos durante 48 horas. ¿Fue suerte o fue mala suerte? Al fin y al cabo, él quería morir. Quedaba demostrado en la práctica que nada de lo que él quería hacer salía bien.
Siempre que pasa por allí se queda pensando: ¿y después? ¿qué fin habrá tenido el sujeto? ¿Desistió? ¿Perseveró?
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito 22nov2023 R2026janRa, 3.028 caracteres


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