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Adiós a un ingeniero

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • hace 13 horas
  • 3 Min. de lectura

Conocimos a Renato en marzo de 1966, como compañero de clase, en la Escuela Nacional de Ingeniería del Fundão. Fueron casi 59 años de convivencia.

En el velorio de su socio, el ingeniero Mário Aurélio, creo que en 2010, Renato, sin avisarme, tal vez porque yo había sido el “orador” de la graduación de la promoción en 1970, muy a su estilo, me cedió la palabra para hablar, como ingeniero, al ingeniero que nos dejaba.

La sorpresa y la emoción me cortaron la voz y ME QUEDÉ EN BLANCO.

Hoy, seis de diciembre de 2023, en esta misa del séptimo día, LEYENDO, pretendo no repetir el “papelón” de aquel día y, al mismo tiempo, cumplir las órdenes de Renato que, estoy seguro, repetiría:

¡DI ALGO AHÍ POR LOS INGENIEROS!

Vamos allá... En realidad, somos OBREROS.

Ingenieros-obreros u obreros-ingenieros, pero ¡OBREROS!

Desde la universidad, comimos en comedores estudiantiles, anduvimos en autobuses, fichamos, vivimos modestamente, vestimos modestamente, hicimos solo lo que se podía hacer.

Teníamos y tenemos nuestros ideales: ayudar a mejorar el mundo haciendo COSAS PRÁCTICAS. COSAS concretas, con las manos en la masa, en los cultivos, en los cables, en los engranajes, en los ladrillos, en el cemento, en la tierra y en el asfalto.

COSAS, a veces incluso abstractas (programaciones, por ejemplo), pero COSAS prácticas.

Sin menospreciar la actividad de nadie, el INGENIERO es aquel ciudadano con nivel superior de instrucción que hace COSAS PRÁCTICAS, ¡COSAS ÚTILES! Que se ensucia los pies y las manos siempre que es necesario. Nuestras guerras son todos los días.

Solo después de hacer muchas cosas el ingeniero se da el derecho de, entonces, apreciar las artes, ejercer de mecenas, con la conciencia tranquila, por estar usando lo que construyó, lo que plantó, lo que ordeñó, lo que guardó. Lo que dejó de gastar. A veces con aspereza, pero siempre con objetivos mayores y por el bien común.

Vimos a Renato “ingeniar”, producir, crear riqueza, ser obrero-jefe, ¡hacer que las cosas sucedieran! A veces discutiendo, a veces acariciando. Duro y generoso.

Una vez que nos molestamos, y le dije que un colega me había dicho que yo seguía siendo su amigo porque aún no había hecho negocios con él, se molestó aún más, queriendo saber quién había dicho eso. Con la intervención de su compañera de vida, la Dra. Lurdinha, se calmó y en menos de diez minutos estábamos los dos riendo juntos.

Renato vino de abajo. Muy católico, su ascenso fue merecido, trabajado y construido peldaño a peldaño. Todos aquí son testigos de ello.

Y yo me enorgullezco mucho de la amistad construida desde el primer año del curso de ingeniería.

Hoy nos despedimos del Renato de carne y hueso, celebrando la vida productiva que supo recorrer, partiendo con el sentimiento del deber cumplido, mostrando que el trabajo construye, abre caminos y recompensa. Que la ingeniería es un sacerdocio y es gratificante para quien la abraza como misión.

Gracias, Renato, por mostrar ese camino a tanta gente, a tus descendientes, a los nuestros y a cuantos oigan hablar de ti y de tu viaje en esta nave espacial.

Nos vemos allá arriba. Ve preparando el terreno. Hasta pronto.


P.D.: Leído en la misa del séptimo día del ingeniero Renato Ribeiro Abreu, en Niterói, RJ.



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2023dic01 Re2025sep, 2.835 toques

 
 
 

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