Casi-Casi y sus correlatos

En Río de Janeiro, entre Copacabana e Ipanema (muy cerca de la Estación Elevadora de Aguas Residuales André Azevedo, que bombea hacia el emisario submarino de Ipanema), hay una calle llamada Bulhões de Carvalho, a la que la irreverencia popular bautizó como calle del Casi-Casi (para los matemáticos, Cuasi-Cuasi).
Hoy en día, con los mapas con GPS, es fácil, pero hubo quien tomara un taxi hasta esa calle y el taxista ni siquiera supiera el verdadero nombre de la persona homenajeada. Era y sigue siendo la calle del Casi-Casi, y punto.
También en Río, camino de la ETA de Guandu (Estación de Tratamiento de Agua), por la Avenida Brasil, había que salir a la derecha en el viaducto “dos Cabrito” (sic). Así me lo explicaron muchas veces. Ya fueran ingenieros o conductores, la explicación siempre era tener cuidado de no pasar de largo el viaducto “dos cabrito”, pues el retorno quedaría muy lejos. Hice ese recorrido varias veces y orienté a muchos colegas con esa cuidadosa explicación. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, recientemente, el DER recolocó un letrero que era casi invisible: “Viaducto Ing. Oscar Brito” ... sin comentarios.
El padre de un amigo se llamaba Heitor, pero no había manera de llegar a su hacienda pidiendo indicaciones a la gente de la región. Después de mucha conversación, se llegaba a saber que, entre las haciendas cercanas, había una de “don Reitor”. Sin alternativa, fuimos allí ... ¡Bingo!
Todo esto me vino a la mente cuando me contaron el caso de un señor especializado en materiales para laboratorios que iba a visitar un centro de investigación y desarrollo de nuestra área, donde sería recibido por la bióloga Dra. Herda, una persona de trato refinado, rubia, de ascendencia alemana y excelente profesional. La víspera del día acordado, el señor, preocupado por la logística, llamó al centro de investigación para confirmar la hora y el lugar del encuentro. La telefonista atendió y él pidió hablar con la Dra. Osta. Tras un prolongado silencio, la telefonista dijo que no había nadie con ese nombre y, titubeando, preguntó si no sería con la Dra. Herda. Después de un silencio aún más prolongado, el colega colgó sin decir nada. Todavía traumatizado, contó lo sucedido a sus compañeros de empresa y se negó a ir a realizar la visita. Incapaces de hablar de tanto reírse, los demás colegas consideraron mejor confirmar la hora y el lugar por mensaje y WhatsApp, y enviar a alguien que no supiera lo ocurrido, para evitar que empezara a reírse durante la reunión.
Miguel Fernández, ingeniero y cronista.
Jul/Sep 2018, Revista Bio, 2.309 caracteres.


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