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Fumadores “not Yankees”

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • hace 21 horas
  • 3 min de lectura

Era 2010 y el hijo, recién graduado y soltero, había sido trasladado a la sede de la empresa, en Luisiana, en la desembocadura del río Misisipi, más específicamente en Galiano y en PortFourchon, a una hora en coche al sur del aeropuerto de New Orleans.

Cuando el muchacho llegó allí, fue alojado en una bonita casa comunitaria (¿una “república”?) de 6 suites, compartida con otros 4 ingenieros extranjeros (dos alemanes, una rumana y un estadounidense de Colorado). Una suite quedaba “en rotación” para eventuales huéspedes, mientras se familiarizaban con los alrededores, o para estancias cortas. ¿Sería en CutOff o sería en LaRose? Por allí.

Fue entonces cuando decidió “hacer de padre” y aparecer por allí para ayudar a elegir casa, coche, en fin, a instalarse. Para su sorpresa, fue invitado a quedarse en aquella suite rotativa, y allí convivió durante unos diez días con aquella “Babel” de nacionalidades y lenguas en la que el esperanto era el inglés.

Fue muy bien tratado por todos, pero su preocupación era que su hijo fuera confundido con migrantes, desesperados por quedarse en EE. UU. y obtener la famosa “green card”.

Hay mucha gente, en todo el mundo, que trata a los inmigrantes con una mezcla de desprecio y arrogancia. Ya sea porque se creen dueños “del lugar” solo porque algún antepasado llegó primero, ya sea por localismo, ya sea porque alegan que les están robando un empleo, ya sea porque se sienten superiores, ya sea por pura xenofobia. Alguien ya dijo, con acierto, que “el nacionalismo es el último refugio de los canallas”.

Entonces, consideró oportuno, el último día de su estancia, invitar a un pequeño grupo de la casa y del trabajo de su hijo a cenar, pagando él, como quien dice: “el muchacho está aquí por casualidad, no para humillarse ni para ser humillado”.

Quiso que fuera un lugar “agradable” y con jazz en vivo, como la región exigía que fuera, y el objetivo obligaba. Después de algunas deliberaciones, uno de los alemanes dijo:

_ “Entonces vamos al Café Milano Bar & Restaurant, en Houma, relativamente cerca de la casa, porque es allí donde el jefe suele llevar a las visitas, es bonito, tiene piano bar y un buen restaurante.”

Así fue. Al llegar allí, el piano bar, smoke free, estaba bastante concurrido, tanto cuantitativa como cualitativamente. Escucharon una media hora de buen jazz, tomaron sus whiskies y gin-tonics y se dirigieron al restaurante.

Para que se entienda el contexto, es importante recordar que, en aquella época, las agendas “woke” comenzaban a dominar el mundo, reeditando las “leyes secas”, pero esta vez empezando por los fumadores. Empezaban a surgir restricciones para fumar en espacios considerados públicos, como restaurantes, aunque fueran privados. Parecía una represalia, pues hasta entonces estaba prohibido prohibir fumar en esos espacios. Un error llevando a otro, al fin y al cabo nadie está obligado a ir a un restaurante, sea fumador o no fumador. Va si quiere. Lo mismo vale para los empleados.

El padre, que tenía, y tiene, un inglés bastante deficiente, pero consigue entender y comunicarse, en aquel “inglés de muelle” (how many? and how much?), mientras los demás fueron al baño, entró en el restaurante y dudó a la hora de elegir entre las pocas mesas disponibles. El “maître” acudió solícito:

_ May I help you? (¿puedo ayudarle?)

_ Estoy buscando la zona de fumadores para sentarme.

Y el maître, muy serio:

_ We are not Yankees, you can seat anywhere (No somos Yankees, puede sentarse donde quiera).

Eran personas y tiempos civilizados.



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