Sobre ratones y astronautas
- Miguel Fernández

- hace 4 días
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>>> 2018ene/mar, Revista Bio
Era 1970, el mundo dividido entre "Occidente" (capitaneado por los EUA) y "Oriente" (capitaneado por Rusia), y la llamada "carrera espacial" era una manera de medir fuerzas sin "irse a la ignorancia".
Entre 1958 y 1967, Rusia había puesto en órbita terrestre el primer satélite artificial (el Sputnik), el primer ser vivo (la perrita Laika) y el primer humano (el piloto Gagárin), y estaba evidentemente llevando ventaja. Entretanto, fue superada por los EUA cuando la Nasa colocó en 1969 al primer humano en la Luna. La Nasa era la Agencia Espacial Americana y, por eso, pasó a tener enorme prestigio.
El amazonense-carioca ingeniero Constantino Arruda Pessoa, especialista en tratamiento de alcantarillados, daba clase en el 5º año del curso de ingeniería civil de la UFRJ, especialidad Hidráulica & Saneamiento, y contaba el viaje que había hecho con otros colegas a los EUA, antes de que el hombre fuera a la Luna, con destaque para una visita a la Nasa, donde le había llamado la atención una experiencia que se hacía en una gran campana de vidrio herméticamente cerrada, o sea, sin comunicación con el mundo exterior, dividida al medio en la horizontal por una tela donde había dos ratoncitos.
La parte de abajo tenía bastante agua, casi llegando a la tela horizontal con los ratoncitos encima. Los ratoncitos hacían sus necesidades y sus excrementos iban al agua, alimentando el crecimiento de algas allí introducidas, que, además de servir de alimento para los ratoncitos, hacían la fotosíntesis para generar el oxígeno necesario, en fin, un circuito cerrado, alimentado externamente por la luz y nada más.
Constantino contaba a los alumnos que le habían dicho que la experiencia buscaba entrenar a los ratoncitos para ser astronautas, y ya duraba casi un año. ¿Sería así en el espacio? El tratamiento de los alcantarillados era filosóficamente para ayudar a que nuestra nave espacial quedara limpia...
De repente se detuvo, miró a la turma y habló con aquella sonrisa pícara, aquella vocecita característica, más hacia lo agudo: "No sé si entrenaban ratoncito para astronauta o al astronauta para ratoncito..."
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2018ene/mar R2026jan, 2.181 caracteres



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