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Cena de Represalia

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 2 jul
  • 3 min de lectura

Yo tenía más o menos 12 años cuando oí esta:

Para quien no sabe, en la década de 50 Brasil era gobernado por Getulio Dornelles Vargas, caudillo gaúcho, y Argentina por Juan Domingo Perón, caudillo de las pampas. En ambos países, el fútbol era cosa muy seria. La tradicional rivalidad entre los vecinos, normalmente en el campo del folclore, a veces se desviaba hacia las “vías de hecho”.

Las confusiones en el campo y en los alrededores, tanto en Buenos Aires como en Río de Janeiro, fueron muchas. Los gobernantes resolvieron prohibir partidos entre clubes o entre selecciones.

Durante dos años así fue, hasta que la prensa entró en campo y, con el patrocinio de los dos caudillos, se marcaron dos partidos “amistosos”, es decir, no valían nada, ni campeonatos ni copas, n-a-d-a.

El primer partido sería en Río, el segundo en Buenos Aires.

Todo precedido por una propaganda masiva de amistad, fraternidad, etc., con nuestros vecinos y “hermanos”.

Terminado el primer partido, que tratándose de un partido amistoso de restablecimiento de lazos terminó previsiblemente empatado, la asociación de periodistas brasileños había programado una cena de confraternización entre los periodistas brasileños y los argentinos, en la entonces famosa Churrascaria Gaúcha, en la Rua das Laranjeiras, donde, aunque decadente, se encuentra hasta hoy en día (era frecuentada por Getúlio Vargas).

Al final de la cena, un periodista argentino se subió a una silla, golpeó con un cubierto en el casco de una botella, obtuvo silencio e hizo un breve discurso de agradecimiento a los brasileños y enalteció la necesaria convivencia pacífica y civilizada entre los hermanos latinoamericanos. Fue aplaudido por todos y la etapa brasileña fue cerrada con éxito.

La semana siguiente, el partido fue en Buenos Aires y todo transcurrió conforme previsto y combinado, resultando un nuevo empate, sin violencia en el campo ni en los alrededores, brasileños y argentinos tratándose de “hermanos” como la prensa había propagandeado y doctrinado (dicen las malas lenguas que el tratamiento quedó siendo “hermanos” y no “amigos” porque los parientes no se eligen).

Entonces, después del término del partido, todos los periodistas brasileños fueron invitados a cenar en uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires, con los periodistas argentinos, retribuyendo la cena en Río de Janeiro.

Fue servida una feijoada bien preparada, con caipirinhas y todo.

Al término, como nadie se presentara para decir algunas palabras de agradecimiento, como había hecho un argentino en Río, los brasileños presentes nombraron al periodista João Saldanha, hasta porque él hablaba “porteño” o por lo menos “gauchés”.

João Saldanha, gaúcho de nacimiento y con alma carioca, para quien no sabe, escribía sobre deportes en el periódico carioca “O Globo”. También era conocido fanático hincha de Botafogo, afiliado al Partido Comunista Brasileño y persona bastante famosa (llegó a técnico de la selección brasileña de 1970, habiendo sido apartado y sustituido por Zagalo, se dice que porque no quiso poner al centrodelantero Dario, el Dadá, conforme habría sugerido el entonces presidente brasileño General Emilio Garrastazu Médici...

Pero, volviendo a 1954, en Buenos Aires, al final de la feijoada en el restaurante fino, Saldanha es empujado hacia arriba de la silla-escenario y tiene que improvisar:

— Amigos y amigas, estamos muy agradecidos por la cálida acogida y simpatía, entretanto quiero sugerir que acabemos con estos almuerzos o cenas de represalia y que, de hoy en adelante, se sirva churrasco en Buenos Aires y feijoada en Río de Janeiro, caso contrario quedaremos comiendo los peores churrascos y las peores feijoadas posibles.

Fue apoyado por todos y largamente ovacionado, adquiriendo, desde entonces, fama de gran sabio.


PS: siempre que, viajando, alguien sugiere ir a un restaurante no local, me acuerdo de esta lección del gran Saldanha. Al fin y al cabo, ir a Nueva York y ayudar a llenar los restaurantes brasileños de la calle 47 y adyacencias, o un americano llegar por aquí y no salir de los McDonald’s o FriedChicken, es mucha falta de qué hacer.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 3.653 caracteres
 
 
 

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