Cuatro ruedas
- Miguel Fernández

- 7 jul
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No tuve valor para hacer este “reportaje” para “A Forja” sin antes ir a la iglesita al lado de la escuela a asistir a una misa y encomendar mi alma a Dios y, entonces, pedirle al prof. Oswaldo una “aventón” en su Chevrolet 64 (1864), foto anexa.
Expuestos los objetivos, el propio Oswaldo ayudó a rehacer el histórico del cacharro: de origen norteamericano. No se sabe con certeza cómo llegó a Brasil, pero debe haber sido alrededor de 1910. Tenía una forma diferente de la actual.
Probablemente tuvo sus días de gloria, pero con el correr del tiempo, no resistiendo el complejo que le provocaba la comparación con las líneas más modernas de después de la 1ª guerra mundial, la viatura se estrelló contra un poste de Iluminación a gas del viejo Río.
Su primer dueño lo vendió entonces “en estado de hierro medio viejo” a su segundo dueño, que, con enorme paciencia, juntando las piezas que sobraron a una nueva carrocería, le dio un aspecto parecido al actual: una mezcla de diligencia del viejo oeste, dada su origen, y de “litera”, célebre medio de transporte de la época de la esclavitud. Después de mucho rodar, este segundo dueño de la viatura anunció en el periódico, en 1962, que vendía un coche para el desguace.
Muy sigilosamente, se presentó el prof. Oswaldo, diciéndose agente de desguace, queriendo ver el artículo (no tuvo valor para decirle al hombre que era para uso propio). Después de marchas y contramarchas en las negociaciones, quedó decidido que el coche sería vendido por la astronómica cantidad, según nuestro profesor, de 5 contos de réis, siendo 500$000 al contado, y el resto en suaves cuotas mensuales, en que el comprador pagaría siempre la mitad de lo que aún debía, con lo que el comprador engañó al vendedor, según una clase de matemática en que el mismo profesor ya le había ganado otro tanto a un alumno.
Actualmente, es un coche de color verde oscuro que, según el propietario, tiene una “enorme voluntad de servir al prójimo” (próximo mecánico). Recientemente, dada la negativa del profesor a vender el coche a “Columbia Pictures”, la serie de películas “Los intocables” tuvo que ser suspendida, pues se había acabado el stock de coches último tipo de aquella compañía.
Impresiones al viajar
Cuando nos dirigimos hacia el coche, el prof. Oswaldo, el prof. Martinho (acompañante asiduo) y yo, la primera pregunta que me vino a la mente fue: — ¿Anda?
Entre una sonrisa y otra, el profesor fue abriendo la puerta, bajando el vidrio a base de empujón, pues en las cuatro ventanas las manivelas de accionamiento solo subían dicho vidrio, y entrando en el coche. Mientras tanto yo iba observando los detalles de la estructura externa del Chevrolata: ruedas delanteras visiblemente divergentes. Neumáticos: tres prácticamente al final, y uno en buen estado. Caño de escape: un pedazo de caño común; parachoques solo si fuera para choque eléctrico, pues está amarrado al resto del conjunto de latas con cordel (que es un aislante)... me pareció mejor entrar enseguida, antes de perder el valor. ¡Entré!
Fui dirigido al asiento de atrás, sin puertas (el coche tiene dos puertas), por eso ni pude volver atrás. El prof. Oswaldo dijo: — 5, 4, 3, 2, 1, zoooooooiin, no arrancó. De nuevo: zonhonhoooin. Nada. El prof. Martinho sale a empujar. Yo también me ofrezco, y me quedo pensando en qué lío fui a meterme. Empujamos, y para felicidad general el coche arranca. Entramos de nuevo.
Describo cómo es el interior del coche: el volante está constituido por un trozo que parece una exrueda de bicicleta. La palanca de cambios es una barra de acero torcido que emerge de un agujero en el piso del coche, a través del cual se ve la calle. El acelerador es un pedazo de tabla y el embrague, por increíble que parezca, es un pedal de verdad. El freno de pie no funciona bien, el asunto para a base de brazo, en una palanca a la derecha del coche, siendo que quien tiene que accionarla es el acompañante, pues el chofer no alcanza. Era cómico y triste al mismo tiempo, el prof. Oswaldo manejando y el prof. Martinho frenando. Al inicio, yo no creía lo que veía. Una cosa no se puede reclamar: el coche es aireado.
De repente, me golpeé la cabeza contra el techo; es que la suspensión del coche es tan buena que, cuando pasa por un bache, en vez de amortiguar el salto, lo aumenta todavía más. En el techo se veían tres agujeros en el forro — “El 1.º, me dijo el profesor, ya vino con el coche; el segundo fue la cabeza de mi hijo, en un bache de la avenida Brasil; y el tercero fue un cajón que yo iba transportando, y en uno de esos saltos...
Un ruido extraño de lata suelta se hacía oír constantemente cuando el coche andaba. Es que la carrocería está clavada al chasis por tres o cuatro tornillos, pero las holguras son muy grandes, dijo Oswaldo. Conviene resaltar el entusiasmo con que el profesor sobrepasa los coches parados junto al cordón.
_ ¿Cuál es la velocidad máxima?
_70 km/h en la bajada
_¿Podemos ver cómo es?
_Déjenlo para cuando estén ustedes dos solos, ¿sí? (dijo Martinho).
_ Solo puedo ir a 30 / 40km/h.
_ ¿Por qué, si él da más?
_ La dirección está haciendo un “shimmy” fortísimo, pero es bueno porque sirve para darle cuerda al reloj. Es automático.
Paramos en una estación de servicio.
_Llene el tanque.
_No tenemos leña en este momento. Un silencio.
_Ponga gasolina entonces, 30 litros, y esmérese, porque voy a pasar estos feriados en Cabo Frio y salgo hoy a las 5 horas.
_ ¿Ya compró los pasajes? Otro silencio.
_Calibre los neumáticos. 20 “libras” cada uno.
_¿Sabe cuánto tiene este de aquí? — 2 “libras”.
_Matemáticamente faltan 18.
El profesor da propina, pero el hombre la devuelve. Seguimos.
Continuamos el trayecto. Ya son las 13 horas y salimos del colegio hace más de 15 minutos, poco tránsito (un milagro, o entonces, como nosotros andábamos despacio, el congestionamiento era de nosotros hacia atrás...), pero todavía estamos en medio de la calle Voluntários, o sea, anduvimos cerca de 3km.
_Profesor, ¿usted no puede andar más rápido?
_ No se preocupe, garantizo que dentro de 5 minutos estaremos a cinco minutos de aquí. Yo mismo hice los cálculos la semana pasada. Ni lo intente, pues todavía no llegamos a ese punto de la materia. Cayó un problema semejante en el vestibular del ITA. Nadie acertó. Envuelve logaritmos, análisis combinatorio, coordenadas cartesianas, y al final va a dar en una ecuación de cuarto grado.
A cada “encerrada” de un “lotação”, o a cada palabrota de otro chofer, o incluso, cuando la torpeza era nuestra (para no dejar toda la responsabilidad con el “chofer”, uso el plural), yo iba quedando en peor estado de nervios.
Finalmente no me contuve más. Todavía faltaban unas 5 cuadras, de tránsito más intenso, hasta mi casa, cuando resolví decirle al profesor que yo vivía allí mismo, y que quedaría agradecido si pudiera bajar. El profesor Oswaldo desengrana, el prof. Martinho frena y el coche para contra el cordón. Bajo con un leve trauma en la comisura izquierda de la boca, temblores esparcidos por el cuerpo y, con la voz temblorosa, deseo buen viaje, pero con una duda enorme aquí dentro.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería, publicado en A Forja, 1964mayo # R2026jan, 8.592 caracteres


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