El Aloja, parte 1
- Miguel Fernández

- 3 jul
- 6 min de lectura
Toro Sentado
Gustavo de Almeida Nóbrega era un paraibano de Patos, hijo de un pequeño productor rural, que llegó a Río de Janeiro en 1965, con 17 años, traído por su tío, entonces sargento del ejército, que vivía en Bangú, en las inmediaciones de Vila Militar. Se metió de lleno en los estudios e hizo los vestibulares para el curso de ingeniería. Era vencer o vencer. En feb1966, pasó para su primera opción: la Escuela de Ingeniería de la UFRJ, popularmente la “ingeniería de Fundão”, que tenía ese nombre por quedar situada en el campus de Fundão (o Ciudad Universitaria), un archipiélago en la bahía de Guanabara que, por medio de rellenos, hechos alrededor de 1950, formaron una sola isla, que quedó con el nombre de una de ellas, la Isla de Fundão.
Allí fueron reunidas las diversas escuelas de la UFRJ (Universidade Federal do Rio de Janeiro). Hasta que la capital brasileña fue a Brasília, se llamaba Universidade do Brasil. Que yo recuerde, en nuestro tiempo ya estaban en Fundão, además de las ingenierías, medicina y arquitectura. El resto resistía pues los profesores lo encontraban muy lejos, casi todos vivían en la zona sur.
En la extremidad sudeste de la isla, tenía (y debe tener todavía) las ruinas de un antiguo convento franciscano y la iglesia de Bom Jesus da Coluna, razonablemente bien preservada, de comienzos de los años 1700, en el área de la antigua isla de Bom Jesus, que pertenece al Ejército, con un pequeño cuartel, algunas residencias para oficiales en tránsito, un asilo militar con casas de antiguos soldados mutilados y sus familias (remontando a la guerra con Paraguay y las guerras mundiales), que por allí fueron quedándose, formando una villa (soldados de la patria).
Inmediatamente antes de llegar al espacio del ejército, pero todavía en lo que era la antigua isla de Bom Jesus, quedaba la Residencia Universitaria, o Alojamiento Estudiantil, vulgarmente Aloja. Era un edificio con planta baja y más 3 pisos con dos alas, donde, hoy en día (2022), queda la facultad de Administración (COPEAD). Constaba que ese edificio había sido una antigua prisión para presos políticos, del tiempo de Getúlio Vargas dictador, y que hasta el famoso Luis Carlos Prestes (fundador y jefe del Partido Comunista Brasileño) había estado preso allí. Hoy el NewAlojamiento de la UFRJ queda en la extremidad noroeste de la isla de Fundão, donde era la antigua isla de Catalão, en un edificio proyectado para eso, pero solo lo conozco de lejos y no conozco a nadie que haya vivido allí.
Gustavo, como otros alumnos de fuera de Río, buscaba vivir en el Aloja, que era gratuito para los alumnos. Pero solo los que no tenían recursos iban a vivir allí, no solo por el aislamiento, por la precariedad del entorno, por los mosquitos, en fin, quien podía, se arreglaba de otra forma. Aun así, había una fila para alojarse allí, es decir, más interesados que las 200 plazas disponibles. En los primeros meses, no consiguió entrar al “Aloja” y alquilaba plaza en un cuarto, en un tipo de pensión, en el barrio de Bonsucesso.
Ya hacia el fin del primer año percibió que había caminos de cofradías que facilitaban las cosas y consiguió ir al Aloja. Las mañas de quien convivía con la izquierda, que ya había provocado su salida del campo, por miedo a amenazas por parte del “grupo de los 11” https://anpuh.org.br/uploads/anais-simposios/pdf/2019-01/1548945016_8cdb2337b04cb0f1ead6b451d5f62331.pdf . Pero en vez de someterse, de contaminarse, como muchos que optaron por el camino que parecía más fácil, creó anticuerpos. Se volvió un hombre libre.
Los cuartos tenían más o menos 5 camas cada uno, con un armario, un escritorio y una mesita de noche, por residente, por lo tanto unos 40 cuartos (ocho por ala y por piso). Tenía un baño colectivo grande, por ala y por piso, totalizando 6 baños colectivos, cada uno con 8 inodoros, 8 lavabos y 8 duchas. ¿Cuál habrá sido el de Prestes? La administración, hecha por la universidad, suministraba colchón y un juego de ropa de cama y toalla, pero debido a la calidad de cosas compradas por el menor precio, quien podía, conseguía otros por cuenta propia.
En la planta baja, una de las alas era ocupada por una escuela primaria que atendía a las familias de la villa de los mutilados por la patria. En la otra ala, había una lavandería, una cantina operada por un concesionario, una biblioteca, en verdad una sala para estudiar. El acceso era por un autobús de la Ciudad Universitaria, que circulaba entre la Praça das Nações, en el barrio de Bonsucesso, y el Aloja. Circulaba cada media hora en los días hábiles y en las horas de clase; fuera de ese horario, cada hora, siempre que no estuviera en mantenimiento. Un trastorno. Pero era lo que muchos tenían para entonces.
En nuestra serie, en el Aloja, además de Gustavo, estaban Antonio Bom (maranhense), Renato Abreu (de São Fidélis, RJ), Luis De La Barra (de Cochabamba-BO), Paulista, Dagoberto, Roneí. No viví en el Aloja, lo que cuento es de oídas, pero no debe estar muy fuera de contexto, pues lo que sé, lo oí de diferentes fuentes, coincide, y difícilmente sería inventado. Por las dudas, sometí este texto a tres residentes de la época, sin comentarios significativos.
La administración del Aloja era compartida por un funcionario de la UFRJ designado para eso y un colegiado de alumnos “elegidos” por los demás. Los “elegidos” entre comillas porque, en verdad, eran “escogidos” por los que se organizaban políticamente, y en aquella época, de gobierno militar, guerrillas, guerra fría, etc., significaba grupos de izquierda, del PCB o del PCdoB, que, aunque francas minorías, por el hecho de organizarse, prevalecían y parecían mayores de lo que son. Como, por cierto, ocurre hasta hoy.
Gustavo era un tipo bien parecido, fuerte, manos de quien había ordeñado vacas y cabras, estatura mediana, con algo de sangre india en los rasgos, de pocas palabras, casi monosilábico. Compartimos la misma sala de clase del 3º al 5º año, desde que optamos por la ingeniería civil y después por hidráulica y saneamiento en el último año, es decir, convivimos bastante. Conversamos poco, Gustavo casi no conversaba. Solo prestaba atención con una mirada de ave cazadora. Sentado, brazos cruzados. Su aura transmitía compañerismo. Hasta hoy, transcurridos 53 años de nuestra graduación, mantenemos contacto, él allá en João Pessoa, yo en Río. Nos vimos algunas pocas veces. La más notable cuando, en 2005, vino con la familia, para la boda de mi hija, dándome una gran sorpresa. Se quedó una semana por Río y pregunté dónde quería ir: tuvimos que ir al Jockey Club a ver los “páreos” de domingo, en la tribuna de honor, y hacer una “apuestita”, cosa que nunca imaginó que iba a poder hacer un día.
En la época, en la escuela o en el Aloja, algún colega le puso el apodo de “Toro Sentado”. Apodo perspicaz que lo definió, al compararlo con el personaje también monosilábico, de historietas, con ese nombre, prestado de un cacique, indio Sioux norteamericano. En efecto, supimos que Gustavo, sin querer, se había vuelto una especie de “sheriff”, eminencia gris, tal vez un morubixaba, en el Aloja, o mejor, aquel tipo con quien, por las dudas, nadie se metía, al fin y al cabo decía la leyenda, en Patos se mataba por cualquier cosa, había hasta matador profesional por allá.
Todo porque, en cierta ocasión (¿1967? ¿68?), al anochecer, llegaron al Aloja dos muchachos, con 18-19 años, del interior, que reunían los requisitos para postular al Aloja, es decir, alumnos de la UFRJ, sin recursos, familia de fuera, pero que quedaron en el “exceso de contingente”. Como no tenían dónde quedarse, en desesperación de causa, aparecieron por allí. La administración de la casa, tanto la oficial como los camaradas del “colegiado”, haciendo juego duro, que era imposible, las reglas y las normas de la casa, etc. y tal, todo eso en el hall de entrada, delante de mucha gente, incluso delante de Toro Sentado, que tenía por hábito quedarse por allí, sentado y callado, comme il faut.
Sin tener adónde ir y sin saber qué hacer, los ojos de los dos muchachos se llenaron de lágrimas. Gustavo se acercó a los dos, sin decir una palabra, hizo un gesto para que lo siguieran, fue hasta uno de los cuartos, reventó la puerta con una patada, y dijo: pueden quedarse ahí.
No se oyó ni un pío, los dos se quedaron, y nadie nunca cuestionó ni reclamó. Se supo entonces que había tres cuartos, aquel era uno de ellos, que el colegiado en contubernio con la administración mantenía vacíos para casos especiales de apadrinados o activistas compañeros perseguidos. ¿Derechos humanos? Para los míos, Mateo.
Gustavo anduvo trabajando por Brasil unos 5 años, con destaque para una pasaje de unos 3 años por el SAE de Volta Redonda, hasta que volvió a Paraíba, fue a ser ingeniero de la Cia Águas da Paraíba por unos 5 a 10 años, de donde renunció para abrir sus propios negocios, de construcción y de transportes. Ciertamente con la gratitud de los dos muchachos que alojó, iluminando su camino, prosperó en su trabajo, llegando a ser uno de los mayores empresarios paraibanos, sin estar ligado al Estado. Ascenso semejante y bastante mayor tuvo Renato Abreu en RJ. Ya los que no consiguieron desvincularse, liberarse de las jerarquías de los colegiados y de las cofradías, en su mayoría, siguieron caminos menores.
Queda el registro.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito 2022/2023 R2026janRa, 8.902 caracteres


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