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El especialista

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 6 jul
  • 13 min de lectura

USTEDES seguramente ya oyeron decir que estamos en el tiempo de los especialistas. Mi oficio es de carpintero. Al principio hacía casas, hacía gallineros, y hasta iglesias hacía. Pero después vi que era preciso un especialista en mi oficio. Pensé, pensé, hasta que di con mi especialidad. ¡Me quedé en ella! Mi gente, ustedes están hablando con el mejor constructor de letrinas de toda esta vega del Pixiri.

Mi primer cliente fue Pedrinho Sargão. Él anduvo oyendo que yo estaba especializado y resolvió experimentar. Le hice una de esas sin novedad, para familia grande, de tres agujeros. Con ese trabajo creé fama, y desde entonces todo mi tiempo y todo mi sentido está en esa especialidad. Para hablar verdad, cuando el servicio anda medio escaso, hago unos baulitos para vender. Pero mi corazón está es en la construcción de letrinas. Y no piensen ustedes que cuando termino una ya no tengo más nada que ver con ella. ¡No, señor! Le doy a todo cliente una garantía de medio año, sin cobrar un centavo. Le expliqué eso a Pedrinho Sargão cuando hice la letrina de él. Un buen día vino a buscarme y dijo así:

_Mira, Mané, cuando puedas, date una pasadita por mi sitio. Aquella letrina que hiciste me está dando trabajo.

_De ahí me subí a mi Ford-de-Bigote, fui al sitio de Pedrinho y me escondí detrás de unos árboles para examinar la situación.

Era justo en tiempo de cosecha y los empleados del hombre estaban yendo a la casita y quedándose allá dentro más de media hora. Algunos, ¡hasta una! ¡Vea nomás!

Entonces me acerqué y le dije: "Escucha, Pedrinho, tú estás mesmo con un bruto problema de letrina". Agarré el baúl de las herramientas y entré para examinar la estructura.

Primero reparé en el periódico colgado en el clavo, pensando que allí podía estar la explicación. Pero no era ni uno de esos con figura para distraer. Después presté atención al asiento y allí mismo vi dónde estaba la cosa: el agujero que yo había hecho daba mucho cómodo. Entonces agarré el serrucho y dejé el asiento cuadrado, de esquina bien viva. Ahí volví al lugar de antes; yo aquí, los árboles en medio, y la letrina allí. Me quedé casi dos horas reparando en los empleados que iban allá. Señorito, ¡ninguno demoraba más de cuatro minutos!

Después de eso, no hacía bien un mes y yo ya había acabado dos letrinas pegadas, para la escuela, y estaba rematando un letrinón importante, el mayor trabajo que ya se hizo hasta ahora, una de ocho agujeros, para la curtiembre de los italianos. El Majó Luciano estuvo allá y vio la obra de este su criado.

_Mané - me dijo él - estuve viendo esa de ocho que hiciste para los gringos. Obra distinta, sí señor. Yo más o menos estoy queriendo construir en el sitio que era del viejo Lourenção, y hasta me acordé de decirte que hicieras los preparativos y pusieras precio para una letrina decente.

_Su Majó - le dije yo - usted golpeó la puerta correcta. Eso es trabajo para especialista. Así que complete la de dos asientos que estoy haciendo para el Delegado, me doy una pasadita por allá.

De ahí a unos dos días fui al sitio del Majó Luciano. Llegué allá a la hora de la comida. Toco a la puerta y veo que el hombre está en la mesa con un mundanal de visitas. Ahí, no queriendo estorbar a nadie, rodeo hacia la ventana y grito: "¿Cómo es, su Majó, dónde pongo esa letrina que usted me pidió?"

El Majó Luciano salió afuera y ahí nos pusimos a ver el mejor lugar. Él, eso estaba decidido, a ponerla cerca de un caminito torcido, debajo de un enorme pie de naranja agria. Pero yo fui diciendo enseguida: "Su Majó, yo no hacía eso. Y voy a decirle por qué. Para empezar, debajo de árboles no es correcto. El ruido más raro de la naturaleza es el de naranja podrida cayendo en el tejado. Después, hay otra cosa. Es ese caminito que hace un codo y pasa por debajo del árbol. Y le digo más: aquel suelo allí no chupa humedad, y en invierno queda muy resbaloso. Piense en su padre, Majó, y acuérdese de que ese es casi que el único placer del viejo. Mire al pobrecito viniendo ahí en una noche de lluvia, con el camisón golpeándole en las canillas y al otro día por la mañana usted encuentra al viejo encajado en el barro, o quién sabe hasta con la barriga metida en uno de esos arados ahí de la curva. No, Majó. Ponga esa letrina en el alineamiento de la casa, y si no le hace diferencia, un poquito para allá del montón de leña. Voy a decirle por qué.

"Imagine una mujer, por ejemplo, cuando va allá afuera. De vuelta ya trae unos cuatro palos de leña, y repare que en promedio las mujeres van allá afuera de cuatro a cinco veces por día. Eso hace veinte palos de leña dentro de casa, sin trabajo ninguno.

También puede darse otro caso. Si la mujer es medio vergonzosa, cuando ve algún hombre cerca, es garantizado que no entra. Entonces, para disimular, hace que fue a buscar leña, aprovecha para traer unos palos, y espera otra vuelta. En general, la mujer medio vergonzosa, todavía más siendo una empleada nueva, llega a hacer hasta diez viajes al montón de leña antes de resolverse a entrar de cualquier modo. En un día de suerte, cuando llega el mediodía, usted ya tiene toda la leña dentro de casa. ¿No ve la economía que eso es, Majó?

"En lo que toca al agujero, todo cuidado es poco. Escuche lo que le digo: cave un agujero profundo y bien ancho. Es mucho más bonito ver una letrina pequeña encima de un agujero grande que una letrina grande con un agujero pequeño por debajo. Otra cosa: cuando usted abre derecho el agujero, el agujero queda abierto, y ahí usted no queda con aquella preocupación de que más día menos día va a tener que cavar de nuevo.

"Ahora, en cuanto a la construcción - le dije yo - puedo ponerle listón o barrote. Listón da cuenta del recado. Barrote cuesta un poco más, pero vale la pena. Barrote es para el resto de la vida. No digo que no pudiera poner listón, Majó. Pero calcule a su tía vieja, Doña Inácia, que ya no tiene más qué engordar. Un día de estos ella va allá, cuando el listón ya no aguanta, y mire a la vieja embutida. Otra cosa que usted tiene que recordar - le dije yo - es San Juan. La muchachada va allá de a cuatro, de a seis, todos cantando y bebiendo o cosa así; y yo quiero decirle que no hay nada para estropear una fiesta como tener que desencajar a un sujeto de allá dentro. Barrote es lo que le digo, barrote para quedarse descansado.

"Y ahora, para hablar del tejado, Majó, puedo hacérselo de una agua o de dos aguas. De dos aguas cuesta un poco más, pero mucha gente buena manda hacer de una agua. Y voy a decirle por qué.

"El tejado de una agua tiene dos rincones menos para que las avispas hagan nido. Y en una tarde de verano no hay nada que inquiete tanto como las avispas zumbando alrededor de la gente, cuando usted está allá leyendo un poco, imaginando, pensando. Y después hay otra cosa, Majó - le dije yo - tejado de una agua da puerta más alta. Mire a ese hijo suyo creciendo como calabaza, y él no crece hacia abajo como cola de caballo. Tejado de dos aguas da puerta baja; y mire ahí al gurí partiéndose la frente cada vez que va a la casita. No, Majó, ponga de una agua; puede no ser tan bonito pero es muy práctico.

"Vamos a ver ahora los apetrechos. Puedo darle un clavo grande o un gancho de alambre para el periódico, y además, un cajoncito para las mazorcas. Calcule a su padre, por ejemplo. Viejo es siempre de la moda antigua y él ha de querer mazorca. Así, haga lo que le digo, ponga las dos cosas, Majó. El cajoncito para mazorca no le va a costar un centavo más, y sirve para mantener la paz en la familia. No se le quita maña a caballo viejo. Ni se endereza sombra de vara torcida.

"Y ya que estamos en los apetrechos, voy a decirle alguna cosa sobre una cuestión técnica que me pusieron el otro día. La pregunta fue esta: '¿Cuál es la resistencia, o dicho de otro modo, cuántos días dura el periódico del domingo para una familia de ocho personas, en una letrina común, de un solo agujero?' Para hablar verdad, al principio me trabé un poco. Pero después, como era una pregunta de merecimiento, anduve sacando mi conclusión y vi que si usted pone el periódico el primer domingo del mes, aguanta hasta el sábado de la otra semana. Pero eso es sin contar las visitas de la ciudad ni cuando es tiempo de guayaba.

"Y otra cosa: ellos ahora están metiendo anuncio con una tinta roja que es un despropósito. Usted me comprende, Majó. Un cristiano que no repare antes es capaz hasta de ir al doctor. No, alguien debía tomar una providencia sobre eso, y yo hasta ya anduve ensayándome para escribir personalmente al Dr. Chateaubriand.

"En cuanto al cierre, puedo darle una tranca de tirar con cuerdita o un cerrojo de cerrar por dentro. La tranca con cuerdita, a decir verdad, no le cuesta nada; pero, franqueza, no es cosa garantizada. Si alguien empieza a tantear la puerta, la tranca sale fuera o entonces es la cuerdita que se revienta. Ahora, con un cerrojo por dentro, si usted quiere, ella es suya por toda la tarde. No, Majó; meta un cerrojo de primera y siéntese descansado, porque no hay nada para estropearle los nervios a un hombre como estar sentado allá dentro, pensando, sin un cierre de confianza". Y el Majó tuvo que concordar conmigo.

"En lo que toca a la ventana - le dije yo - algunos quieren y otros no quieren; ahora ya no están muy de moda. Si yo fuera usted, Majó, no quería saber de ventana. Y voy a decirle por qué. Imagine una persona que va allá. Puede ser que esté medio apurada, o quién sabe si ya no esperó mucho. Si la puerta está cerrada y usted no responde, puede contar que rodean para espiar por la ventana, y ahí usted ya pierde su concentración.

"Ahora vamos a tratar de los respiraderos, esas aberturitas que yo recorto en las puertas. Puedo hacerlas en forma de estrella, de triángulo o entonces de media luna; no hay mucho que escoger, ya que todos sirven para el mismo fin. A mucha gente le gusta la estrella porque da una sombra llena de puntas. A otros les gusta la media luna porque la encuentran bonita. El año pasado todo el mundo quería estrella, pero ahora ya se están calmando y pidiendo media luna. De vez en cuando hago un corazón al lado del otro para alguna pareja nueva; y también un racimo de uvas para los grandotes. Pero esto es respiradero extraordinario y no me gusta mucho recomendarlo porque toma tiempo y cuesta dinero.

"Majó, le dije al hombre, yo si fuera usted no me decidía muy deprisa sobre el respiradero, porque el respiradero tiene mucho que ver con la hermosura del conjunto. Tampoco se debe exagerar, como Dionísio de las Tres Ventas. Él quiso las dos cosas, estrella y media luna, sin oír el consejo de quien sabía más, y hoy está arrepentido. Pero ahora es tarde; porque cuando yo corto un respiradero, no hay más remedio. Es, mi gente; tener que sentarse allá todos los días, a veces por la mañana y por la tarde, y siempre mirando un respiradero que no es de nuestro gusto, es cosa que cansa.

"Yo nunca pongo madera con nudo. Es siempre tabla sanita. Y voy a decirle por qué. Cuando la tabla tiene nudo, si el nudo no cae por sí solo, empiezan a empujar hasta que lo sacan. Y si es en la puerta, puede contar que el agujero es siempre demasiado alto para usted, sentado allá dentro, poder mirar hacia afuera; y siempre de buena altura para que algún fisgón pueda mirar hacia adentro, faltándole el respeto a quien está quieto.

"¿Y la puerta, Majó? ¿Cómo quiere que abra? ¿Para dentro o para fuera?" El hombre respondió que no sabía. Entonces le dije: "Para dentro, Majó, siempre para dentro. Y voy a decirle por qué". Ahí expliqué: "Calcule usted sentado allá, Majó. La puerta, digamos, ni abierta, ni cerrada; con una rendija de dos palmos de los grandes. Así usted tiene bastante aire y deja entrar el sol. Ahora, si aparece alguien, usted, sin levantarse, le da una patada a la puerta y no se incomoda más. Pero si la puerta abre para fuera, ¿dónde queda usted, Majó? Usted no puede arriesgarse a abrir la puerta para airear y para lagartear un poco al sol; porque, si aparece alguien, usted no puede levantarse de donde está y todavía dar una vueltita para ir allá afuera a tirar de la puerta, sin dar qué ver, ¿puede?" Ahí el Majó Luciano vio que yo tenía toda la razón.

Entonces hice la puerta de él como todas mis puertas: abriendo para dentro, y de frente a la carretera, que es el lado del sol. Esto es cosa que puedo decirles a todos ustedes. No hay nada que descanse tanto como quedarse allá de mañanita, en un asiento bien cómodo, con dos palmos de puerta abierta. En invierno el sol viejo le pega a uno y como que ablanda el cuerpo, d-a-n-d-o d-a-n-d-o alivio para usted.

"Y ahora, la pintura - le dije. ¿De qué color quiere, Majó?" El hombre dijo que su intención era pintar de rojo. "Majó - le retruqué - bien puedo pintar de rojo, y rojo es color bonito. También puedo pintar de verde, y verde no es feo. Hay colores que no acaban más, y todos dan mucha vista. Pero no es práctico pintar de un solo color. Y voy a decirle por qué. Cosa de un solo color no se ve muy bien de noche. Es preciso contrastar, como en las barreras por donde pasa el tren, y poner un color diferente del otro.

"Yo si fuera usted, pintaba de rojo bien fuerte atravesado con lista blanca. Es bonito de día y, de noche, cuando usted no tiene tiempo de andar buscando, es fácil de ver.

"Mucha gente ni sabe cuánta cosa es preciso calcular para una letrina de primera. No, Majó, voy a decirle, y usted puede creer que eso no es servicio para aficionado. Espiar la del vecino y pensar que comprendió todo no adelanta; siempre hay una cosa que usted no reparó. La peor desgracia que sucedió por aquí en estos años fue porque los hijos del viejo Ataliba pensaron que sabían un poco del oficio y no sabían nada.

"El viejo Ataliba, que ahora ya pasa de los noventa, vive ahí detrás de ese cerro con los hijos. Un día mandó llamarme y preguntó por cuánto yo hacía la obra. Bueno, para acortarle el caso, encontraron muy caro y resolvieron hacerla ellos mismos. Ahí es que comenzó la cosa.

"Yo en ese tiempo estaba haciendo unos baulitos para vender y, cuando pasaba por la carretera, veía el trabajo de ellos. No soy hombre de andar metiendo la nariz en la letrina de los otros. Así, cuando yo iba pasando y veía a los hijos del viejo, solo decía como vecino: ¿Entonces, construyendo un poquito, no?' Usted puede ver que yo no me entrometía en lo que no era de mi cuenta. Pero, mire Majó, en ningún momento me pasó por la cabeza que ellos no fueran a incomodarse con aquella letrina. Y se incomodaron mesmo. Para quien miraba por fuera, parecía un buen servicio; pero como ellos no tenían conocimiento del oficio, no afirmaron la obra como es derecho.

"Calcule usted que yo meto una viga de ocho por dieciséis, entera, de arriba abajo, y todavía entierro la bruta casi metro y medio en el suelo. Es por eso que letrina mía usted nunca ve tumbada en el suelo. Pueden arrancarla por arriba, ¡pero derribarla es que no la derriban!

"Pues lo que sucedió fue esto: ellos no clavaron bastante la tal letrina y, además, la pintaron toda de rojo, ¡un error detrás del otro!

"Ahí fue como le digo: era una noche oscura como carbón. El viejo Ataliba estaba allá dentro. En eso vino una mula y le dio por rascarse contra la letrina. ¡Ah! Dio dos o tres rascadas, aflojó las viguitas de ellos, y tiró la letrina al suelo con el viejo allá dentro.

"El viejo entonces comenzó a gritar y los hijos oyeron aquella bulla. Uno de ellos paró la oreja y dijo: '¿Qué barullera es esa? Hasta parece que están golpeando a las gallinas.' Entonces agarraron el farol y fueron al gallinero. Llegaron allá y no vieron nada de nuevo. Volvieron a la casa. Ahí escucharon al perro ladrar y el otro dijo: 'La cosa parece que es por los lados de la letrina.' Pero ella estaba tumbada y, para colmo, toda pintada de rojo; de modo que demoraron en encontrarla.

"En ese medio tiempo el viejo había quedado tan aforismado que se metió a querer salir por el agujero del asiento, bramando como el demonio. Los hijos reconocieron la voz de él y vinieron corriendo. En lo que ellos iban llegando, el viejo resbaló para un lado y se fue agujero adentro. Ahí entonces es que ellos no se acercaron. Se quedaron allí, solo en la orilla, llamando '¡Ven, padre! ¡Ven, padre!' Vea usted, Majó, qué desgracia fue esa; y dicen que desde entonces el viejo ya no tiene más el prestigio que tenía."

Bueno, el tiempo fue pasando y terminé la letrina del Majó Luciano. Gente: todo el mundo dice que, después de mi de ocho agujeros, esa es la mejor letrina que ya se hizo en este municipio.

A veces, cuando estoy queriendo ponerme triste, imaginando que he errado la profesión y debía ser veterinario o curandero, me subo a mi Ford-de-Bigote y salgo por la carretera, calculando para llegar al sitio del Majó a la hora de la puesta del sol.

Cuando la carretera empieza a bajar el cerro, ahí paramos. Desde allí es que se ve todo el sitio de él. Entonces nos quedamos allí mismo, mirando la vista. Allí está la letrina, en una subidita, pintada de rojo con lista blanca, llena de flor del campo alrededor. Y el sol viejo escondiéndose, largando luz encima de ella. Uno oye un perro allá lejos, trayendo las vacas para sacarles leche, y la veleta del Majó crujiendo, sacando agua entra día sale día, igual que yo.

Y mirando esa vista de mi trabajo, me pongo orgulloso. Lleno el pecho de satisfacción y hasta me arden los ojos. Ahí digo para mí mismo: "El personal tiene razón. Después de mi de ocho agujeros, esa es la mejor letrina del municipio. Sé que hice bien en especializarme. Estoy bien montado en la vida. Solo quiero que mi gurí, que está creciendo como calabaza, honre el oficio cuando yo deje este mundo."

Ahí, mirando por última vez, pongo el brazo en el hombro de la patrona y digo: "Firmina, el Majó Luciano no tiene de qué quejarse en la vida: ¡ese hombre tiene una letrina y tanto!"

(*2) Este cuento, recopilado por el gran José Martiniano de Azevedo Neto, consta en un librito de 1981 (que llamó “Quod Vide”, o sea, “Quiera Ver”, “Confira”) en que él reunió algunos textos que juzgó importante registrar y que transcribo en mi “blog” como un homenaje. En ese librito (*1) constan las notas siguientes:

(*1) Reproducción autorizada por la Editora Globo, del libro "O Especialista e outros contos", Porto Alegre, 1968.

Humorista, autor y actor, Charles Saie, Chic Saie, como era conocido en los medios teatrales, fue un gran estudioso del folclore yanqui y especialista en imitar a los caipiras norteamericanos, que mucho se asemejan a nuestro jeca.

O Especialista, después famoso en todo el mundo, fue publicado por primera vez en 1929. Pasados 50 años, este clásico del humorismo americano continúa circulando como si acabara de ser lanzado y ya hubo quien lo definiera como "inocentemente rabelaisiano". Sus observaciones son profundas y divertidas, pero para apreciarlas se debe olvidar un poco ciertos preceptos de discreción que el protagonista comprende muy bien pero no obedece.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 16.010 caracteres






 
 
 

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