El servicio militar - Parte 1
- Miguel Fernández

- 6 jul
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De los 18 a los 20
En mi tiempo, el ciudadano cumplía 18 años y necesitaba “alistarse” para el servicio militar, servicio ese que, normalmente, duraba un año, diariamente, durante el cual, se decía, el sujeto iba a aprender a “ser hombre” y “hacerse adulto”.
La inscripción, y la primera presentación, eran obligatorias, pero se podía pedir aplazamiento por unas 3 temporadas (3 años). Quien estaba haciendo vestibular, para algún curso universitario, solía pedir esos aplazamientos, con la esperanza de cursar un CPOR (Curso de Preparación de Oficiales de la Reserva, del Ejército), destinado a los universitarios y, se decía, menos “bravo” que los servicios militares para soldados rasos. Creo que el CPOR duraba solo unos 10 (diez) meses.
A decir verdad, era una oportunidad para que mucha gente se posicionara en la vida ya que, además de aprender a marchar y cumplir órdenes, quien quisiera acababa aprendiendo cosas tales como mecánica de automóviles, principios de electricidad, de radiocomunicación, a conducir coches, tractores, grúas, gráfica, construcción civil, cocinar, en fin, mucha cosa.
Había todavía la EFORM (Escuela de Formación de Oficiales de la Reserva de la Marina), que comportaba unos 100 alumnos por año y era disputada por algunos que gustaban de la Marina o preferían la Marina al Ejército. El problema era que el curso llevaba dos años y medio, aunque solo en las vacaciones escolares. Yo había empezado a gustar de los deportes náuticos, navegando a vela con unos pocos aficionados, en el modesto Club de Regatas Guanabara, en Botafogo, y quería profundizar en el asunto.
Mi turma cumplió 18 años en 1965, se “presentó” ese año (yo en el fuerte de Leme y pedí aplazamiento) en función del vestibular en ene1966. En ese 1966 las cosas empezaron atrasadas porque, debido a las fuertes lluvias de aquel inicio de año con muchas catástrofes en Río de Janeiro (derrumbes, etc.), todo era aplazado. Apenas pasé el vestibular me inscribí para la EFORM, unos 10 candidatos por vacante y pasamos los 100 que la EFORM comportaba. Quien no pasó fue a hacer CPOR o a torcer por un “exceso de contingente” (había más gente que vacantes). Y siempre había quien quería hacer el servicio militar. Pocos, pero había. Por ejemplo, Enir, hermano de Enian, entró firmemente decidido a convertirse en Cabo y después Sargento del Ejército. Y cumplió ese destino. Creo incluso que llegó a teniente allá en RS.
Bueno, aceptados en la EFORM, fuimos a hacer el primer año (jul1966, nov66-dic66-ene67-feb67 y mitad de jul67) en el CIAW (Centro de Instrucciones Almte. Wandencolk), en la Ilha das Enxadas, en la bahía de Guanabara (frente al hoy museo del mañana), donde nos consideraban “embarcados”. Creo que la Marina considera a las personas “embarcadas” cuando están de la puerta hacia dentro de cualquier unidad, flote o no. Para fines de conteo de tiempo para promociones o jubilación creo que hay unos matices sobre lo que cuenta como “embarcado” o no.
Nuestra rutina era, diariamente, llegar al “cais da bandeira”, al lado del edificio donde estaba el Ministerio de Marina, hoy debe ser la sede del Distrito Naval y, inapelablemente a las 07h00, éramos recogidos por un “aviso” (tipo de barco con la función de transportar personas de un lugar a otro). El tal “aviso”, que mi memoria, sin gran certeza, dice que se llamaba Jahú, llevaba unas 250 personas por vez al CIAW. Allí aprendíamos “artes de guerra”, o sea, “orden unida” (marchar, girar a la derecha, girar a la izquierda, hacer “al-to” sin dejar de marchar, hacer “al-to” parando de marchar, posición de “fir-mes”, posición “des-can-SAR”, de “pre-sentar armas”, en fin, una serie de bobadas que tenían allí sus razones de ser desde el punto de vista de nuestros milicos. Y, se esperaba, probablemente de los milicos de los pretendidos enemigos que íbamos a enfrentar. Si los enemigos no siguieran los mismos manuales y apostillas, sería un problema seeeeerísimo, como los americanos descubrieron al enfrentar a los vietnamitas, que no hacían esas órdenes unidas convencionales y acabaron, en la práctica, ganando la guerra, que envuelve, además de tiros, la propaganda. Tal vez más la segunda, como fui aprendiendo en la vida.
Aprendimos a disparar, a desmontar y remontar las armas en la oscuridad, a combatir incendios, hacer gimnasia, escalar, arrastrarnos, algunos principios básicos de máquinas navales, de radiocomunicación, de navegación astronómica, de navegación estimada y de navegación por instrumentos, por óptica, y otras artes navales. Aprendimos también a convivir entre nosotros y con personas diferentes, unas brillantes, otras ridículas. Aprendimos que la vida es confusa. Y aprendimos a convivir en la confusión.
Una de las primeras cosas interesantes que aprendimos fue sobre jerarquía (donde hubiera dos personas, una era siempre más “antigua” (más graduada) que la otra, por diversos criterios que todos sabían “de memoria”. Por ejemplo, entre nosotros, novatos aparentemente iguales, la nota de la prueba de admisión a la EFORM prevalecía y, en caso de empate, el más viejo (un día valía), etc. Aprendimos también sobre guardias y descansos. Quien no llegara puntualmente hasta las 7h00 perdía el “aviso” y, automáticamente, quedaba en la guardia de aquel día. Y automáticamente el más antiguo (el más graduado) de aquella guardia era liberado para ir a casa aquella noche pues sería sustituido por el “detenido”. Entonces había una torcida entre los guardias para que alguien llegara atrasado. Y el tercero más antiguo torcía para que tres llegaran atrasados. Eso para quien vivía en Río y gustaba de ir a casa. Había unos pocos colegas que, se notaba, preferían quedarse embarcados. Los que eran de fuera de Río y con escasos recursos, los que vivían más lejos del cais da bandeira, se entendía. Unos 3 o 4, aunque no lo dijeran, me parecía que allí tenían más paz, o más confort, que en casa. La vida es compleja y empezábamos a ver, más a las claras, esos matices.
Había un sargento encargado de ver quién llegaba atrasado y controlar esas cosas. En el primer año (en el CIAW) era el marcante sargento fusilero naval con nombre de guerra “Tranin” (su apellido). Tanto en el nombre como en el perfil (físico y psicológico), recordaba al personaje sargento Tainha, de la historieta del Recruta Zero. Una mezcla de persona buena e inocente con extremo amor a la Marina, que en el fondo era su familia. Persona buena e inocente pero con cierta inclinación sádica en el placer con que anotaba los nombres de los retardatarios. Cuando todos empezaron a llegar antes de las 07h, Tranin, para no quedarse triste, sin tener a quien castigar, creó un reglamento folclórico: “solo quiero el nombre del último”. Entonces, incluso llegando dentro del horario, cualquiera de nosotros que fuese el último en llegar pasaba a quedar retenido en la guardia del día, para gran alegría de los más antiguos. La solución fue pasar a llegar antes que Tranin. ¡Cuántos colegas quedaban indignados con aquella arbitrariedad! Poco a poco fuimos aprendiendo a reírnos de esas situaciones.
Ya que estamos rememorando el aprendizaje, aprendimos que no adelantaba hacerse el muerto para sobrevivir: cualquier cosa que ocurriera, desde ruido o indisciplina, o desaparición de algo, tenía siempre un culpable: el más antiguo presente en el evento que originó el problema. Y el más antiguo siempre podía ser cualquiera de nosotros. Todo porque, si hubiera un problema, y el más antiguo no hubiera tomado una providencia antes de que apareciera un superior, es porque no estaba siendo proactivo y ejerciendo sus obligaciones, por lo tanto asumía ser castigado. Los castigos iban desde dar unas 50 vueltas, corriendo, en el campo de fútbol o “pagar” 50 flexiones, hasta quedar retenido (“preso”) por “n” días, en verdad sustituyendo a alguien que estaría de servicio y que era liberado.
Preso, en celda (jaula), solo me acuerdo de dos casos que ocurrieron justo conmigo, cuyos motivos cuento, uno a continuación del otro en la “parte 3, 1968, de estas crónicas del servicio militar, ya en la EN” de las crónicas del servicio militar. Es justo decir que la puerta de las celdas, al menos para mí, no quedó cerrada (trabada con llave), yo solo tenía que quedarme en la celda cuando no tuviera qué hacer o fuera a dormir. Pero es medio “siniestro” quedarse en una celda. Incluso sin estar encerrado, no es una buena experiencia.
En una de las veces, el problema se originó así: pedí ir al dentista de guardia en el CIAW, lo que me fue concedido. Llegando al consultorio del dentista, quedé en duda si mi horario era, digamos, a las 10h o a las 10h30 y miré / hojeé la agenda abierta sobre la mesa. El Oficial que estaba siendo atendido, un tal teniente Lapin, vio y, por falta de qué hacer, me denunció, por escrito, por haber leído el “diario” de un oficial, crimen previsto en la legislación de la caserna naval, detalle que él asoció a la palabra agenda. Fui a juicio y declarado oficialmente preso por una semana. Me pidieron que no recurriera ni armara caso. Me enteré entonces de que el tal Lapin presentaba desvíos de personalidad que merecían reformarlo (jubilarlo) hasta porque sería peligroso dejar un arma o un barco y sus cañones en manos de una persona cuya sanidad mental era comprobadamente un problema. ¿Pero por qué ya no estaba reformado? ¡Pues porque sí! Porque la corporación aguardaba que cumpliera un tiempito más en la activa para ser reformado un puesto arriba (Capitán de Corbeta, creo que equivale a “mayor” en el ejército), pasando a tener derecho al tratamiento de “comandante” y un sueldo un poco mejor para él, de forma que su mujer y sus hijos tuvieran un poco más de recursos a lo largo de la vida que les restaba. Al fin y al cabo fueron muchos años de compañerismo en el Colegio Naval, después en la Escuela Naval, y ese comportamiento era lo que todos esperaban que la corporación tuviera con cualquiera de ellos. ¿Quién iba a pagar la dádiva? ¿Era justo comparativamente con otros ciudadanos brasileños? El asunto era hablado en voz baja, pero nunca abiertamente. Pero era idéntico a los funcionarios civiles, principalmente del poder judicial, o de estatales, llenos de derechos, mientras hay gente pasando hambre.
Usufructué de un SPA por una semana pues yo era el pobrecito victimado por el ten. Lapin, entonces los oficiales del día (incluyendo la noche) me invitaban a pasar el tiempo en la “plaza de armas” con ellos. No se hacía nada pero estábamos en “alerta”, para lo que fuese necesario. A ver si alguien resolvía invadir el Brasil varonil.
Cierta noche (¿fines de feb1967?), el colega Samuel, estando de guardia, no se sabe por qué (él se creía un tipo más listo), resolvió dar alarma por haber, “supuestamente”, visto una embarcación sospechosa allí en la bahía de Guanabara, que le pareció un submarino saliendo a la superficie. Era una situación inusitada. Nadie creyendo, pero todos obligados a fingir que alguien (¿Argentina?) estaba invadiendo Brasil, entrando por Río de Janeiro. Todos los protocolos para ese tan esperado inesperado día fueron accionados. Al mismo tiempo, una cierta sensación de ridículo. Ejército, aeronáutica, estado mayor de las fuerzas armadas, ministerio de relaciones exteriores, en fin, estábamos allí jugando a la guerra. ¿Pero y si no fuera? ¿Y si fuera? Archivos secretos fueron abiertos y leídos a las apuradas, pero todo con un ojo en los papeles y otro en el HDP de Samuel, pues podríamos estar jugando al billar, leyendo un libro o cabeceando escondidos. No dio en nada, aunque todos sabiendo que era una canallada de Samuel que, a partir de aquel día, pasó a ser perseguido por todos, colegas y oficiales y, prácticamente, a quedarse sin derecho a descansos. Debe haberse arrepentido mucho de la broma. Todo lo que ocurría pasó a ser culpa de él. Cuando no ocurría nada, el zapato o la hebilla del cinturón de él no estaban bien limpios, o la barba mal hecha o cualquier cosa no “marcaba” (era la jerga para no estar conforme a las normas) y allí quedaba Samuel preso e indignado. Ni recuerdo si terminó el servicio militar con nosotros. Era un tipo olvidable, de un grupito olvidable.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 11.534 caracteres


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