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El servicio militar, parte 2

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 6 jul
  • 8 min de lectura

A los 20


En julio de 1967, pasamos 15 días en el CIAW y 15 días embarcados de hecho y de derecho, en maniobras en alta mar a bordo de la escuadra naval brasileña, en mi caso en el “Cruzador Barroso”, el resto de la EFORM distribuido en una fragata, dos destructores, una corbeta y un submarino, casi todos, de cierta forma, embarcaciones de segunda mano, de la Segunda Guerra Mundial, o sea, proyectos de los años 30. La oposición al gobierno afirmaba que tales navíos nos eran empujados a cambio de dinero por intermediarios corruptos.

Esas maniobras sirvieron para que conociéramos mejor a la tropa (los marineros) y cómo funcionaban las cosas en la práctica. No dejaba de ser eficaz. Fuimos a Salvador (BA) y de allí a Santos (SP), volviendo a Río. En esos viajes, aprendimos lo que es quedarse embarcado por días, con tareas definidas, de rutina y / o de guerra, estas últimas ocurriendo en horarios cualesquiera, con tiros de cañón y misiles de verdad, navegar en zigzag, saber dónde se estaba y las rutas a seguir (en la época no existía GPS y mis funciones eran de la “armada-cubierta”, o sea, navegación, posicionamiento, itinerario). Saber dónde se está, en medio del mar, viendo el horizonte en todas las direcciones y sentidos no es cosa tan simple, ni tan complicada, al fin y al cabo portugueses y españoles lo hacían desde fines del siglo XV (~1490). En verdad, navegar es un arte.

Y el hecho de que fueran obsoletos nos permitió conocer verdaderos museos de la mecánica y el origen de los equipos. Entender las cosas y los porqués. En la época (1967), mucho de la mecánica ya estaba sustituida por electroelectrónica, hoy (2020), enteramente, por electrónica. Por ejemplo, un cañón antiaéreo era “guarnecido” por dos o tres tiradores, cada uno en su banquito tipo bicicleta. El primero acompañaba el blanco en la horizontal en una mira, moviendo unas manivelas. El segundo acompañaba el blanco en la vertical, en otra mira, en otro banquito y otras manivelas. El tercero, en unos binoculares cuyo foco también dependía de manivelas, mantenía la nitidez del blanco, luego la distancia. Con eso se tenían las tres coordenadas del blanco en tiempo real, y bajo los cañones, una parafernalia de engranajes circulares, rectos, giroscopios, péndulos, en fin, los llamados servomecanismos, que apuntaban los cañones un poco por delante del blanco para que, cuando la bala fuera disparada (por el tripulante que hacía la mira telescópica-óptica), su trayectoria encontrara el blanco que se movía. Hasta hoy, al recordar aquello, quedo impresionado con aquellos verdaderos computadores analógicos que, de forma geométrica, integraban y derivaban complejas ecuaciones de balística en tiempo real.

Aprendimos también otra arte milenaria: cómo es el ser humano dicho “marinero”. Cómo se comporta, en condiciones normales, después de algunos días aislado en un navío, ya sea a bordo, ya sea en tierra firme, después de determinados días embarcado. Cuáles son los rasgos comunes. Cuáles los grupos comportamentales. Cuáles los desvíos de personalidad más frecuentes, en fin, un bello ejercicio psicológico-psiquiátrico. Vale para cualquier personal aislado también, sea en obras, sea en tripulaciones de avión, en fin.

Digno de nota es el comportamiento de la tripulación al llegar a un puerto, tanto como individuos como en grupo, lo que desinhibe las personalidades individuales. En el caso específico, eran muchos navíos y muchos tripulantes. Es práctica internacional que la policía local permita a las escuadras extranjeras montar sus propios patrullajes en las regiones donde se sabe que sus tripulantes se van a concentrar, que suele ser en las regiones bohemias y turísticas.

Fue entonces que supimos que las patrullas (24 h por día en cada puerto) serían compuestas por un vehículo tipo jeep equipado, sin capota, un sargento, dos marineros y un alumno de la EFORM, cada uno portando una radio VHF, una pistola 45 semiautomática, una porra y un par de esposas. Para “aprender y ver cómo era”. ¿Instrucciones? Ver con el sargento que fuera junto, que normalmente sería un tipo con experiencia de otras veces. Enorme curiosidad, pues las historias que nos llegaban eran folclóricas. Quedábamos entre ansiosos por ir y, al mismo tiempo, aterrados de ir.

Eran dos patrullas por vez, haciendo una especie de ronda. Zonas bohemias era un eufemismo para zonas de meretricio, donde los problemas se concentraban. Hice ronda en un “servicio” de noche en Salvador y un servicio de día en Santos. En ambas ocasiones dio para notar que, normalmente, la población nos trataba como una policía cualquiera. Como la policía local no aparecía o solo aparecía si era llamada, éramos parados, con frecuencia, para resolver algo o “hacer justicia”.

A los ojos simples de la plebe, eso acababa creando situaciones embarazosas, difíciles de esquivar, procedimientos normalmente necesitando ser hechos con rudeza con la cual los hijitos de mamá de la EFORM no estaban habituados.

Otro problema es que, en la teoría y en la práctica, no estaba claro si los sargentos estaban jerárquicamente por encima o por debajo de los alumnos o “aspirantes” a “guardiamarina” de la EFORM. Entonces, en una actitud de no exponerse, normalmente un lado empujaba la jefatura hacia el otro y viceversa, buscando preservarse de eventuales confusiones. Los sargentos tenían cerca de 40 años y nosotros, de la EFORM, cerca de 20.

En Salvador fui testigo ocular de algunos episodios que me dejaron bastante constreñido como ser humano e hijito de mamá, y que, en la práctica, me indisponían con el resto de la tripulación del jeep (lo que, estando todos con una 45 en la funda, no es simpático ni despreciable). Me tocó un personal duro, lo que, si por un lado es bueno para ese tipo de función, gusta de unos tipos de bromas de gente ruda, cree que uno tiene el mismo sentido del humor que ellos, y parten para divertirse, por ejemplo entrar en las casas de meretricio y dar una patada en la puerta de algún cuarto cuando creen que el cliente está en medio del coito, solo por canallada.

Lo peor es que todo el mundo se ríe, incluso la víctima. Si la víctima se volvía impotente, decía la leyenda que iba a quedarse un año sin “levantar”. Si no se volvía impotente, salía corriendo detrás de sus, hasta entonces, algo verdugos, para eyacular en ellos, en fin, un circo de horrores, de gusto trágico y lamentable. Y yo, pasando por niñito bien, queriendo mantener el nivel.

En algunas casas, el nivel era mejor que en otras, y pude conocer ambientes que nunca necesité o no quise frecuentar. Nada contra quien necesitaba o quería.

Por ahí a cierta altura, al cruzar una esquina, avistamos el jeep de la otra ronda de la noche, cercado por una aglomeración. Sugerí ir allá a ayudar y, aunque con la cara amarrada de los demás, fuimos. El otro jeep era operado por personal de los Fusileros Navales y el tipo de la EFORM era Ivo. Al llegar allá encontramos una discusión acalorada e Ivo con un billete de 100 cruzeiros en la mano (¿US$ 5,00 equivaldría hoy a 10 dólares?). Me costó un poco entender, pero la cuestión era la siguiente: un señorcito pagó los Cr$ 100 a la meretriz pero no consiguió dar cuenta de lo que pagó para tener, y quería el dinero de vuelta.

La discusión parece que comenzó acalorada con unos a favor, otros en contra, y fueron a parar a la vereda justo cuando el jeep de Ivo iba pasando y la pequeña multitud de enfrente paró a “la policía” para que la justicia se manifestara (sin ironía, las personas todas serias, las partes también). Ivo mirándome, apabullado, con el billete en las manos. Yo ya arrepentido de haber ido allá a socorrer a Ivo, mi guardia mirándome con burla: “¿estás viendo?, ¡dijimos que no viniéramos!”. Yo, ya casi al lado de Ivo, que no salía de encima del jeep, en medio de la multitud (unos 50 que me parecían 500), cuando me vino una inspiración divina: ¡Salomón! Tomé el billete de 100 y le di dos de 50 a Ivo y me fui (Ivo dio 50 a cada uno y todos quedaron felices, nos contaron después). Cuando la ronda terminó nos encontramos en el muelle, todos ya riendo de la noche sobrevivida. Gané un buen abrazo de Ivo, que no olvido, y fuimos todos a dormir el sueño de los justos con el deber cumplido. Literalmente.

Al día siguiente Emiliano y Engel dividieron el alquiler de un coche (un Fusca) y fueron a conocer Salvador, tomaron la costa y, ¡rumbo norte! La ciudad terminaba a la altura de lo que hoy es Rio Vermelho. Allí dieron aventón a dos baianitas que querían ir a las playas más desiertas. Pasaron por la altura de la playa denominada “Placafor” y llegaron a la entonces desierta Stela Maris, donde “acamparon” y se bañaron por un buen tiempo. En verdad, las chicas abusaron de los aspirantes, pues pronto quedó patente que eran mucho más experimentadas en el asunto. Se puede decir incluso que los aspirantes fueron violados. No llegaron a presentar queja en la policía pues, por la noche, había que visitar el tal Anjo Azul, boate de moda, y querían aparecer pareciendo adultos, con las muchachas a cuestas, tomando el tal trago llamado xixi de anjo, servido en lindos orinalitos de cerámica. Así hicieron y quedaron con la mayor moral ante el restante de la plebe ignara, metida a entendida pero chupándose el dedo. Eran los rituales de paso a la vida adulta.

De Salvador fuimos a Santos donde, que yo recuerde, hubo un episodio complicado con un aspirante complicado, el “reizinho”, no voy a recordar su nombre. Ese aspirante entró en la EFORM por la ventana. El padre era almirante y el “reizinho” no había pasado ni en el examen para el Colegio Naval, ni para la Escuela Naval ni para nada, pero quería mucho ser de la Marina, entonces el padre movió unos hilos y consiguió arreglarlo. El “reizinho” fue incorporado a la turma de intendentes de la EFORM. En aquella época la lógica prevalecía sobre lo políticamente correcto y solo eran aceptadas en los fusileros y en la armada personas con condiciones físicas mínimas. El objetivo era ganar las guerras, no dar empleo y perder las guerras. Personas fuera de los índices de peso, aliento, visión, audición, etc., no eran aceptadas. Cuando en el límite, eran colocadas en el cuadro de intendentes. Todos encontramos que Reizinho no se encuadraba ni en los límites de la intendencia, pero estaba allí. Y estaba contentísimo, vibrando con todo, lo que desarmaba a todos y él acababa siendo tratado como una persona cualquiera.

Entonces, inadvertidamente (o no), incluyeron a Reizinho en una patrulla en Santos. Reizinho no se hizo de rogar y asumió el comando del jeep, y el sargento “lo dejó pasar”. Cuando iban pasando por la “zona”, se toparon con un cafetón golpeando a una “protegida” y, la protegida, al ver a “la policía”, corrió para pedir ayuda. Reizinho, habiendo oído las historias de Salvador y del folclore marinero, resolvió hacer de policía y justicia en la tierra, e intervino.

El cafetón, más vivo, viendo que era una patrulla de la MARINA y como ni él ni la protegida eran de la escuadra, no estarían bajo la jurisdicción de la patrulla, desacató a Reizinho. Reizinho quedó fuera de sí, se descompensó, sacó la 45, dio un tiro al aire y apoyó la 45 en la frente del cafetón, mandándolo arrodillarse y a uno de los marineros de la patrulla colocarle las esposas al cafetón. El sargento desesperado intentando calmar a Reizinho pero al mismo tiempo con miedo de la 45 (y del padre de Reizinho, supongo). En eso llegó la policía de Santos, probablemente accionada por otro cafetón o algún vigía, pero evidentemente del lado del cafetón. Argumentación de que aquello era una irregularidad, etcétera y tal, pero Reizinho hizo cuestión de llevar al cafetón “andando” hasta la comisaría, esposado al jeep, con una multitud alrededor, la mayoría ovacionando. Supe al día siguiente por Barros (alias Mazzaropi), aspirante fusilero, que estaba en el otro jeep y vio todo. Quería haberlo visto.

Por causa de ese episodio, Reizinho acabó desligado de nuestra turma. Oí decir, pero no sé con certeza, que habría concluido la EFORM algunos años después e “incorporó” a la Marina como 2º teniente intendente.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 11.433 caracteres






 
 
 

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