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El servicio militar, parte 5

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 6 jul
  • 6 min de lectura

1967 a 68 (de los 20 a los 21 años)

El segundo episodio, digno de nota, en el tramo Salvador a Cabo Verde, fue cuando nos cruzamos con la escuadra francesa que, aparentemente por casualidad, también hacía ejercicios por allí. Cuando percibimos la otra escuadra en los radares, los franceses, con radares mucho mejores, ya nos habían visto y ya habían asumido posiciones que, en los manuales de entrenamiento (de “batalla naval”), ya habríamos perdido. Habría sido una “canalladita” de los franceses que a los oficiales de nuestra escuadra no les gustó.

Aquí voy a hacer una pausa en la narrativa, para explicar que, en aquella época (no sé ahora en 2023), los helicópteros eran tripulados por personal de la Marina, los aviones por personal de la Aeronáutica y había una, digamos, rivalidad (no digo hostilidad, pero rivalidad) entre las dos áreas militares, desde la compra del A11. Rivalidad que sirvió incluso de mote para la letra de una musiquita (Presidente Bossa Nova, referencia a Juscelino), del entonces famoso cantante y juglar Juca Chaves, “... es mío, dice la Marina, es mío, dice la Aviación, ah, revolución...” https://www.youtube.com/watch?v=k2m1zK114KA

Entre las travesuras de esa rivalidad, la Aeronáutica escalaba al Mayor “más antiguo” del cuadro para dirigir el grupo del A11, solo para no estar subordinado al Inmediato del A11 (inmediato de un navío es el oficial justo debajo del comandante), cargo que, por norma, cabía a un Capitán de Fragata. Recordando: Mar-y-Guerra = Coronel, Fragata = Mayor) y, la Marina, por su parte, solo para no tener a bordo un oficial más antiguo de “otra fuerza”, de vez en cuando tenía que postergar la promoción de algún fragata y colocarlo como inmediato del A11 solo para no darle el gustito a la Aeronáutica.

Volviendo al encuentro de las escuadras, franceses y brasileños comenzaron a intercambiar mensajes de congratulaciones, fingiendo que no se habían visto en los radares, pero los franceses no estaban satisfechos con humillarnos, emparejaron su portaaviones, bastante mayor y nuevito, con el nuestro, colocaron sus aviones a volar en el entorno de las escuadras. Los aviones franceses eran modernos cazas a reacción, ultrasónicos, los nuestros a hélice, en verdad eran para otras funciones, equipados para localizar submarinos. En eso, para no quedarnos muy atrás, nuestros aviones también despegaron.

Por ahí a cierta altura, los que estábamos de servicio en la sala de navegación, pero en el balcón desde donde se hacen las tomas astronómicas con el astrolabio, para no perder los shows, tuvimos la impresión de que el avión pilotado por el teniente Caminha, de la Aeronáutica, iba a aterrizar en el portaaviones francés y quedamos aprensivos con aquello. Pero no es que Caminha dio otra vuelta y fue allá a tocar con las ruedas del avión que pilotaba, en la pista del portaaviones francés, para desesperación de todos, brasileños y franceses. Hubo gente que juraba haber visto a franceses tirándose al suelo de la pista del Portaaviones Francés. La hazaña acabó con las bromas. Brasileños y franceses recogieron las aeronaves, cada lado “puto de la vida” con el otro, pero sin dar el brazo a torcer, los franceses mandando mensajes de “ou revoir, fue muy bueno encontrarnos con ustedes y unos elogios entre dientes a la habilidad del piloto brasileño”. De nuestro lado igualmente, “hasta luego”, fue bueno encontrarlos, vemos que los aliados están bien equipados, felicitaciones, y pedimos disculpas por la osadía-exhibicionista-irresponsable y no autorizada de nuestro piloto, que será advertido, bla, bla, bla...”

Quedó en el aire que, travesura por travesura, la de Caminha fue vencedora, lo que creaba algunos problemas inmediatos:

_ ¿cómo castigar al héroe?

_ el héroe era aliado pero al mismo tiempo rival, o concurrente, qué sé yo.

Como Caminha pasó a estar más alegre de lo que ya era, creo que los asuntos fueron resueltos discretamente, con Caminha ganando algún otro elogio en la libreta o alguna promesa de compensación, ya que nadie iba a elogiar por escrito la temeridad que había hecho. En la Marina solo el Cte. Tarcício, piloto de helicóptero y gran apreciador de ginebra, es que elogiaba a las claras lo que Caminha había hecho.

En Cabo Verde, creo que quedamos dos días, el A11 y el C12 no atracaron en el muelle (Porto da Praia) pero a todos nos fue dado bajar por algunas horas para poder decir que ya habíamos pisado Cabo Verde. Bajamos en turnos. Inolvidable fue la prelección a las tripulaciones hecha por los altoparlantes de los navíos: para

>>a_ no atrasarse bajo ninguna hipótesis y que si no fuera en la alvarenga (embarcación designada para embarcar y desembarcar gente y cosas entre un navío al largo y tierra y viceversa) y horario combinados, seríamos dejados allí, probablemente para siempre.

>>b_ evitar beber agua del lugar (yo solo tomé coca-cola y cerveza),

>>c_ evitar relaciones sexuales pues el médico mandaba avisar que allí había algunas enfermedades venéreas que él no sabía curar (después de ese aviso, decían algunos oficiales que nunca se vio un desembarque tan comportado).

De Cabo Verde fuimos a Cádiz, en el sur de España, siempre haciendo ejercicios de tiro, aterrizaje y despegue, y lanzamiento de bombas antisubmarino y de localización de submarino con sonar y baños de sol y manguera.

Creo que la parada en Cádiz (5 días) era para disponer de un tiempo para, en la eventualidad de algún imprevisto o atraso, la llegada a Lisboa ser en el día combinado. Al llegar allí, mi turno completó la guardia en el día de la llegada, o sea, si quisiéramos, tendríamos los 4 días seguidos “en tierra”. Llegamos a media tarde y, que yo recuerde, el A11 iba a atracar por la mañana, pero hubo transporte a tierra ida y vuelta para quien quisiera y estuviera liberado.

Este que les cuenta la historia, Engel, Rainho y Tiago dividimos el alquiler de un SEAT500. Cómo cupimos en el coche no sé. La voluntad de conocer la España de mis antepasados era tanta que me recusé a volver al navío, aunque eso fuera un gasto, pues perderíamos mucho tiempo. Convencí a los demás de quedarse en tierra y dividimos dos cuartos con dos camas cada uno.

De madrugada, rumbo a Sevilla, sin mirar hacia atrás. El hecho es que, aquella noche, entró una resaca violenta y el A11 quedó sin atracar durante los 4 días siguientes. Quien estaba en tierra quedó en tierra y quien estaba a bordo quedó preso a bordo. Nos pareció extraño no encontrar casi a nadie del A11 en Sevilla, solo uno u otro de los demás barcos de la escuadra, con un rumor de que la tal resaca había aislado al A11 que tuvo que alejarse del puerto. Mucha suerte nuestra y mucha mala suerte de los demás.

En Sevilla, resolvimos ir a conocer la universidad y acabamos entrando para asistir a una clase de medicina (Rainho y Engel eran de medicina). Era un anfiteatro y todos, unos 75, alumnos y profesor, mirando hacia nosotros 4 aunque no estuviéramos uniformados. En el intervalo, vinieron a hablar con nosotros, fueron muy simpáticos, las muchachas más que los muchachos, como era de prever, y acabamos circulando por Sevilla y alrededores los 3 días que disponíamos, llegamos a ir a Córdoba y a Jerez, con 4 bonitas estudiantes de medicina, una más especial, de nombre Antónia. Fue preciso alquilar un segundo SEAT500. Nadie reclamó de ese gasto extra.

Cuando volvimos a Cádiz, todavía en la carretera, al bajar la sierra (entre Jerez y Cádiz), de lejos, vimos el A11 maniobrando para atracar en el muelle, lo que nos dio un gran susto pues, al inicio, tuvimos la impresión de que estaba saliendo. El navío atracó prácticamente para reabastecer algo, recogernos a nosotros y a media docena más de oficiales que habían procedido como nosotros cuatro. Como es sabido que la envidia es una mierda, recibimos una enorme rechifla del resto de la EFORM. Pero quedó por eso mismo.

Tuvimos tanta suerte que, al llegar a Lisboa, en el primer día entero hubo una visita a la Escuela Naval Portuguesa (¿Sagres, en Almada?) donde participamos de un almuerzo cinematográfico, en un lugar cinematográfico y un ícono de la civilización occidental: allí era la NASA en el entorno del año 1.500.

Después de eso nuestro turno volvió a agarrar 4 días directo en tierra. Volvimos a hacer el mismo grupito y alquilar un coche, esta vez un poco mayor. Llegamos a ir a conocer Coimbra, la recién descubierta Conimbriga, el casino de Sintra, además de, en el último día en Lisboa, asistir a un fado en la mejor casa de fados de la Lisboa de entonces. Sobre ese último día, vea la crónica “Celos Étnicos Alfacinhas” en este conjunto (blog-libro) que el autor llama “retrovisor”.

Al soltar las amarras por la mañana del día siguiente a la casa de fado, después de salir formados en la cubierta, estábamos tan cansados que dormimos directo y no vimos el resto de la salida de la barra del Tajo, donde hubo que enfrentar mucho viento y olas enormes, llegando algunas olas a barrer la cubierta de aterrizaje del A11 y a hacer desaparecer los demás navíos.

Supimos, sin confirmación, se volvió leyenda naval, que unos 10 km afuera de la barra del Tajo colisionamos con un barco pesquero portugués que buscaba el puerto de Lisboa o de Almada y que habría ido al fondo con la tripulación, sin sobrevivientes, pero que el asunto fue sofocado. Dos días después estábamos en Tenerife, islas Canarias, provincia española.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 8.796 caracteres


 
 
 

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