¡Eureka!
- Miguel Fernández

- 30 jun
- 8 min de lectura
Taxistas, la 4ª tribu
Era junio1976 y, desde el inicio de enero, Fernando vivía en la Casa de Brasil (una residencia para estudiantes), en el Campus de la Universidad Complutense, en Moncloa, Madrid, mientras hacía un curso de posgrado. Alrededor de marzo allí también se hospedó Laís, joven funcionaria de la Receita Federal de Brasil, haciendo un curso de “aduanas” en un convenio con la aduana española. En esa época, yo también vivía allí, donde conocí a los dos.
Un lugar común en las conversaciones era cómo aprovechar la estadía en Europa para conocer la región, otros países y culturas. Una de las obviedades era aprovechar las vacaciones escolares que, grosso modo, son de 01jul a 30sep, con todos intentando tomar vacaciones en agosto. Por lo tanto, en agosto, ni pensarlo.
Los pocos brasileños que estudiaban en España tenían un perfil sociocultural semejante y buscaban una compañía para viajar, dividir gastos y tener compañía. Viajar en aquella época no era barato ni fácil como hoy en día, 40 años después. Además, cuando se compraba el billete de avión ida-y-vuelta por más de tres meses se pagaba la llamada “tarifa llena”, lo que, aunque fuera mucho más caro, daba derecho a unas 8 paradas. Por eso se compraba el pasaje para un destino lo más lejos posible, pues el precio era casi el mismo y después se armaban las escalas. Lo más común era comprar destino Grecia.
Fernando tenía una idea fija: ir a un país de la “cortina de hierro” para conocer el comunismo real. En la época eso era muy complicado, Brasil no mantenía relaciones diplomáticas con la mayoría de esos países (si es que mantenía con alguno). Por lo tanto, no había cómo sacar una “visa de viaje” para allá en Brasil, solo en el exterior, con el agravante de que si volvías con un sello en el pasaporte de haber estado en tal “cortina”, probablemente ibas a pasar por algún interrogatorio, como mínimo.
España era un país curioso, saliendo de un régimen falangista-franquista dictatorial de 40 años (Franco murió entre Navidad y Año Nuevo de 1975), antisocialista-comunista, era tolerante con los países de la cortina de hierro y antipatizaba ostensiblemente con los americanos y rusos (en eso hacía buena dupla con el francés general De Gaulle). También tenía censura, pero solo en los audiovisuales de masas (radio, televisión, películas y diarios). En las librerías y tiendas de discos, todo se podía.
Entonces Madrid tenía casi todos los consulados, tal vez con la excepción de Rusia, por causa de la historia del “oro de Moscú” (*01). Aprovechando eso, Fernando ya se había enterado de todo y decidido ir a conocer Praga, capital de Checoslovaquia (en la época un solo país), que le parecía reunir la mayoría de los atractivos político-culturales-filosóficos que buscaba. Ya sabía incluso que los consulados de esos países, conscientes de las dificultades de los brasileños, daban las visas en una hoja blanca engrampada al pasaporte: acabó la utilidad, se arranca y se tira. ¡Sin vestigio! Las aduanas en la entrada y en la salida también sellaban en ese papel. Otros atractivos eran la emoción de lo prohibido, de lo ilegal, de la transgresión. Y sin ser inmoral o antiético. Esos procedimientos “a-la-espía”, las conversaciones en voz baja, ¿quién más estaría allí en el bar de la Casa de Brasil, oyendo y husmeando? ¡Podía ser un denunciante! ¡Un James Bond, una Mata-Hari!
Las parejas de viaje se iban formando medio al azar. Ya era mayo cuando cada uno de los dos se dio cuenta de que aún no había resuelto qué hacer en las vacaciones que se acercaban.
Conversación-va-conversación-viene, ya medio encima de la hora (por lo tanto ambos sin mejor opción), Laís y Fernando se entendieron y decidieron viajar juntos. Hicieron el resto de la programación del itinerario en función de ese paso por Praga: Madrid (Roma, con Pompeya y Capri) (Atenas, con Egina) (Viena) (Praga) (Berlín) (París) (Madrid), 3 a 5 días en cada ciudad. Como casi todos los de la Casa de Brasil aquel año, empezaron la jornada el 31may.
Reencontré a Fernando algunas veces, la última en 2016, cuando me contó más detalles de ese viaje. Me llamó la atención la historia del taxista en Praga. Y la conclusión, digamos, antropológica, que la dupla sacó de ella. Entonces, por ahora, vamos a saltar el trecho hasta el despegue de Viena.
De Viena fueron a Praga en un avión Tupolev (ruso). ¿Usted ya voló en un Tupolev? Estilo avión militar: despojado, franciscano (en 1994 volé en uno, en Cuba). Aterrizaron alrededor del mediodía. Ninguno de los dos hablaba checo (ni eslovaco), ni los nativos hablaban Camões, Machado o Pessoa. Salieron del avión y fueron, con los demás pasajeros, al medio de un salón. Ni bonito ni feo, ni grande ni pequeño, de cierta forma recordaba el salón del aeropuerto de Congonhas-SP cuando estaba vacío, es decir, casi desierto.
Todo el mundo allí fumando (en la época era así), mirándose unos a otros y sonriendo. Llegan las maletas, en unas plataformas con ruedas, nuestros héroes van a buscar las suyas (cada uno viajando con una pequeña maleta). En eso, aparece un nativo con una ropa tipo uniforme (gorra con chaqueta) y toma las maletas de los dos, que lo siguen pensando que es un fiscal de aduana. Fernando ya provocando a Laís: _¡tu colega!
Cuando se dieron cuenta estaban en un taxi (deducción, pues estaba escrito en checo). Laís burlándose de Fernando: lee ahí, ¡Eureka! Es que Fernando se jactaba de, en Grecia, haber deducido cómo leer algunas palabras porque sabía el alfabeto griego por cuenta de la matemática: ΠΑΠΑΔΩΥΛΩΣ era Papadoulos y ЕΣΩΔΩΣ era éxodo-salida (todo restaurante tenía una placa con una flecha y ese “jeroglífico”[M1]). Y pasó a decir “eureka” a cada nuevo descubrimiento. Ahora ella se burlaba: ¿no hay “eureka”? ¿No sabes leer?
Pero quien-tiene-boca-y-fue-a-Roma, va a Praga también: con un remedo de “esperanto” o “papeamiento” y mímica, el taxista los convenció de hacer un tour por Praga antes de dejarlos en el hotel (reservado en Madrid, como condición para sacar la visa).
Praga era una ciudad aparentemente vacía de personas, uno aquí, otro allá, y toda en tonos de gris (en eso aún lo es). Creo que, aunque con una sonrisita maliciosa, contó eso sin alusión a la entonces reciente (2015) película erótica (50 tonos de gris). Pero nunca se sabe, al fin y al cabo los dos salieron de Madrid prácticamente sin conocerse, volvieron con otra cara y, desde entonces, ya viajaron juntos algunas veces.
Volviendo al taxi. Después de haber rodado bastante por la ciudad, en una esquina, frente a la terminal rodoferroviaria de Praga, notaron una cantidad de señoras vestidas de negro que llamaba la atención. Entendieron que eran personas que estaban allí porque alquilaban cuartos en sus casas o funcionaban como pensión completa por temporaditas a viajeros. Y todas se parecían a cualquier campesina anciana de Europa, con aquella ropa negra. Fernando no dijo, pero pensó: ¡eureka! Ahora sí voy a conocer el comunismo real por dentro.
_ Laís, ¡mira qué oportunidad! Vamos a hospedarnos con una de esas señoras y vivir el comunismo. ¡Qué experiencia interesante!
Y empezó a entablar conversaciones teniendo al taxista como intérprete en aquel revoltijo de palabras, una de cada idioma, y mímica. La cosa iba bien encaminada cuando, de repente, Laís se dio cuenta del problema en que se estaban metiendo y “surtó”:
_ Pó pará cuesse trem (lengua nativa del sur de Minas). ¡Pópará! Soy funcionaria pública, ni siquiera podía estar aquí, clandestinamente, de esta manera, pero todo tiene un límite... vamos al hotel inmediatamente.
Todo el mundo entendió lo de “al hotel inmediatamente”, incluso el taxista y la señora de negro que estaba ganando la licitación. No hubo ni intentos de contraargumentar y fueron, en silencio, al hotel. Nuestros héroes llegaron y se presentaron en la recepción del Gran Hotel de Praga (todavía existe y está remodelado, estuve allí recientemente). En aquella época (antes de la caída del muro de Berlín en 1989), parecía que todos los hoteles de los países comunistas habían sido construidos antes de que el régimen político inherente se implantara. Quien estuvo en países comunistas entenderá: funcionarios uniformados y sin hacer nada, cierto aire de pomposa decadencia.
El inglés primario de ambas partes ayudaba al entendimiento. Reserva conferida, piden los pasaportes, que son presentados. El funcionario de la recepción empieza a llenar el formulario de hospedaje. En cierto momento, pregunta: ¿Llegaron en avión?
_ ¡Sí!
_ ¿Dónde está el sello de entrada de la inmigración del aeropuerto?
_ ¿Cómo así? Nadie nos preguntó nada, fuimos saliendo, tomamos un taxi y estamos aquí.
_ Sí, pero el avión llegó hace unas 3 o 4 horas...
_ Hicimos un tour para conocer la ciudad...
Los funcionarios pararon, haciendo cara de desconfiados, hasta que se acercó uno, con cara de más graduado y de pocos amigos y..... ¡llamó a la policía!
Después de más de media hora de careo con la policía, tipo servicio secreto o policía política, unas tres llamadas telefónicas (teléfonos de disco) y otras tantas por radiocomunicador de los policías, ciertamente a superiores, en que la palabra “brazilien” (o parecida) era la más usada, la dupla es liberada, no sin antes llevarse una bronca / amenaza, por lo menos fue lo que entendieron.
Se instalaron en el excelente apartamento (prácticamente no había turistas en Praga), se bañaron y ya era hora de cenar. Por cansancio, pero principalmente por una mezcla de precaución y recelo, resolvieron comer en el propio hotel. Antes de la cena, unas vodkas, que caían bien. Entre un brindis y otro, salen con esta perla de la genética antropológica:
< “eureka”, no son 3 razas humanoides, son 4: amarillos, negros, blancos y taxistas (*02) >.
En efecto, los conductores de taxi en todo el mundo tienen algo que los hermana. Tal vez un pedazo de algún ADN. Sea en las cosas buenas, sea en las malas, hay algo que ellos y solo ellos tienen. Daría una bella tesis de maestría o doctorado en las ciencias que se interesan por los asuntos involucrados.
En psicología comportamental: ¿los taxistas son “así” porque son taxistas? ¿O son taxistas porque son “así”?
Y existe lo que llamaremos “síndromes de taxista”, que se manifiesta también en mucha gente:
El síndrome tipo uno es el de las personas que no les gusta o no consiguen mandar ni ser mandadas. Tengo certeza de que el lector conoce a mucha gente con ese síndrome, incluso sin ser taxista.
El síndrome tipo dos es el de las personas que creen saber cómo resolver los problemas del mundo. En ese aspecto tiene unas variantes competidoras que son los barberos y, dicen, las manicuras. Evidentemente, el lector ya habrá pensado que también se manifiesta fuertemente en los economistas y administradores, y en estos de forma contagiosa (contagia a los periodistas) y peligrosa, ya que afecta a millones y no solo a los pasajeros de un vehículo o de la silla de barbero.
Conocí taxistas en los 4 continentes y, en mi opinión, de hecho, son una “raza” aparte. Hay gordo, flaco, alto, bajo, hombre, mujer, viejo y joven, malos y buenos, y algo en común en la mente, en el modo de ser. Antes de escribir esta crónica comenté con amigos y casi todos estuvieron de acuerdo con la tesis. Hubo una amiga muy viajada (Dra. X) que cree que son solo los taxistas de aeropuerto, pero dice que está pensando en reconsiderar y concordar con la tesis aquí expuesta.
Bueno, voy a quedarme por aquí porque estoy con una comezoncita de añadir una 5ª “raza”, los contadores.
En otras crónicas registraré más de lo que me contaron de ese interesante viaje.
(*01) cerca del fin de la guerra civil española, viendo que la derrota estaba próxima, los llamados “republicanos” habrían transferido la reserva de oro físico del Banco de España a Moscú, bajo el argumento de que el poder sobre el Estado sería usurpado por los llamados “falangistas”. No se sabe bien qué ocurrió ni si toda la historia está bien contada, habiendo mucha controversia. Parece que Rusia alega haber recibido solo parte de lo que se dice que fue enviado, que compensó una parte como pago de deudas por suministros durante la guerra civil, y que otra parte devuelve cuando la república vuelva a España. El hecho es que el oro desapareció.
(*02). A aquellos que se dicen políticamente correctos, lo que puede ser solo por causa del vocabulario, les pido que al leer “raza” lean la palabra que les plazca. Estuve pensando en escribir “tribu”, pero sería solo para agradar esos patrullamientos, entonces resolví registrar cómo era y cómo están las cosas. Regístrese que, en la época, era así como se identificaban los grupos étnicos y, en lo que me concierne, sin ningún prejuicio.

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