In vino veritas
- Miguel Fernández

- 2 jul
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1962 (63?)_ In vino veritas
Carlos Lacerda, sobre militares y sacerdotes
Creo que fue un sábado por la tarde, en 1963, 15-16 hs.
Con un grupo de la JEC (¿Juventud Estudiantil Católica?) al cual me había acercado, acabé en el apartamento dúplex en Praia do Flamengo en que vivía Carlos Frederico Werneck de Lacerda.
Lacerda, como todos lo conocían, estaba como gobernador de Guanabara (estado que había surgido cuando el Distrito Federal fue transferido a Brasília en 1960 y correspondía exactamente a lo que hoy es el municipio de la Ciudad de Río de Janeiro).
También era el líder de la oposición al entonces gobierno João Goulart (que era sostenido por las izquierdas, por el peleguismo y por los llamados clientelistas aprovechadores, como decían las malas lenguas).
Éramos unos ocho, yo el más joven, ¡16 años! Los demás se conocían y me exhibían como un trofeo: ¡el “tipo” del Colégio de Aplicação! ¡Del antro de la izquierda! ¡Al fin y al cabo, allí también había vida inteligente! (eh, eh...).
Y Lacerda nos recibió en bata de casa, con un vaso de whisky en la mano y unos tres o cuatro amigos o asesores que no recuerdo bien, pero cuyas caras eran conocidas de los periódicos (¿dos eran muy jóvenes, Rafael de Almeida Magalhães? ¿Mauro Magalhães?).
El objetivo de la visita, creo, era entusiasmarnos con la actividad política.
El “partido” de Lacerda era la UDN (Unión Democrática Nacional), entonces considerado un partido ideológicamente a la derecha del espectro de los demás partidos, con una visión “liberal de la economía”, “católica” y “militarista”. Y Lacerda era un liderazgo nacional, probable candidato a Presidente en la elección siguiente (1965).
Después de las presentaciones de rigor, por Djalma(?) y por Poças(?) (ambos eran del colegio Santo Inácio y ambos llegaron a hacer Ingeniería en el Fundão, creo que eran ellos), sobre que nosotros estábamos allí para luchar por Brasil, por nuestros ideales de libertad, que Lacerda contara con nosotros, etc. etc.
Uno de los asesores habló sobre organizarnos, que el mundo vivía una polarización entre comunismo y capitalismo, entre democracia y totalitarismo, oriente y occidente, etc., etc.
Y Lacerda tomando whisky.
Hasta que hubo un momento, por ahí por las 17 hs, en que todos se callaron y se volvieron hacia Lacerda, a esa altura ya con media botella de whisky turbando el cerebro (pero sin arrastrar la voz).
Voy a intentar, resumiendo, transcribir y documentar aquí lo más fielmente posible, y con mis imprecisiones, después de más de 55 años, un testimonio y un razonamiento que nunca olvidé y nunca más oí o leí, y que considero de gran lucidez y lógica:
“.........ustedes presten mucha atención a los curas y a los militares. Mucho cuidado con ellos.
Recuerden que el Vaticano es la capital de un Estado llamado Iglesia Católica.
Curas y militares son educados por el Estado, en seminarios y en colegios militares.
Se vuelven funcionarios del Estado, viven en casas que no les pertenecen, son transferidos de lugar conforme a planificaciones llamadas estratégicas, administran parroquias y cuarteles que no les pertenecen, no tienen competidores (ejercen un monopolio de área), no necesitan dar lucro, siguen disciplinas rígidas, semejantes a la del Partido Comunista (que en verdad es una iglesia que tiene el marxismo como religión), ascienden en las jerarquías compitiendo con un número muy restringido de personas “iniciadas”.
Pasan la vida cuidando de beatas (o de activistas) y de reclutas. Cuando llegan a Obispo o a General, por tiempo de servicio y adaptación a la “nomenklatura”, es decir, a la burocracia, llegan creyendo que conocen los grandes problemas del mundo.
No son comunistas no se sabe por qué ni por qué los comunistas no son militares o miembros de iglesias”.
Me asusté, pues hasta entonces yo entendía que Lacerda, los militares y la Iglesia Católica eran un conjunto armónico. Fue después de un tiempo que, pensándolo bien, sacando las excepciones, concluí que es eso mismo.
Años más tarde, cuando veía a Golbery do Couto e Silva, en las sacristías de la vida, confabulando con Glaubers Rochas, facciones de la izquierda y sindicalistas para fundar el PT, me acordaba de esa charla de Lacerda y hoy veo cuán premonitorio fue.
También aprendí cómo el whisky aclara la mente y libera la lengua. Era lo que Lacerda pensaba, pero solo decía en la intimidad. Hasta hoy soy lacerdista y tomo mi whiskycito.
Gran Lacerda, a quien los cariocas tanto deben por la competencia en la administración.

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