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La pasó adelante

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 6 jul
  • 4 min de lectura

Era fines de los años 1980, el matrimonio no iba bien, ambos en la franja de los 40 a 50 años de edad, ambos ya no respetándose como debería ser, pero con tres hijos, el menor todavía con 3 años, iban llevando, medio sin saber qué hacer. Era evidente que alguna cosa iba a ocurrir o estaba ocurriendo. Quien ya pasó por eso entiende.

Por ahí a cierta altura, él percibió que algo era real, ella había parado de reclamar de todo, a veces quedaba hasta simpática como había sido, hacía más de diez años, cuando se casaron.

Fue una carta anónima, mecanografiada y dirigida a él, la que confirmó las sospechas. Quedó toda la noche sin dormir con el orgullo y la vanidad heridos, estaba siendo cornudo.

Fue racional y resolvió no hacer nada, por dos motivos: a> necesitaba confirmar, una carta anónima podía ser solo chisme, b> necesitaba tiempo para pensar y prepararse para confusiones, que algunos conocidos ya habían pasado.

La primera parte fue fácil, orientado por un amigo allegado a las cosas electrónicas, plantó unas escuchas en los teléfonos de la casa y en menos de una semana la carta anónima estaba confirmada, en quién, cuándo y dónde. Pero resolvió continuar sin darse por enterado, un poco para conocer mejor a la madre de sus hijos, un poco divirtiéndose con la situación, un poco con la conciencia aliviada por no ser el detonador del problema.

Pero muy molesto por sentirse cornudo, culturalmente hablando no estaba preparado para eso. Él poner los cuernos, una vez u otra y aleatoriamente, todo bien, pero ser cornudo y específicamente por uno solo, o sea, propiedad, habitualidad, afecto, no entraba en sus conceptos y prejuicios, dolía mucho, la vergüenza y el orgullo heridos. Peor sería cuando todos supieran. Resolvió seguir callado. Fue a esa altura que, no aguantando más solo, me puso al tanto de las cosas.

Pasados unos 30 días más, ella se sienta a su lado, muy gentil y empieza a discutir la relación. La famosa “DR” que nunca habían hecho. Después de media hora que le pareció una eternidad, ella propone separarse. Él pregunta si existe otro, ella niega, jura fidelidad por todo el siempre, etcétera y tal. Él continúa sin decir que lo sabe, etcétera y tal. Aprovecha para ir comiéndose a la perra ahora ya como amante-cliente de la putita, sintiendo que el cornudo pasa a ser el otro, y hasta percibe que, con una cierta falta de respeto, el negocio mejora y ella hasta lo busca, lo que no hacía hacía tiempo. Cómo son las cosas, piensa.

Comienzan a discutir la división de patrimonio, que era todo oriundo del padre de él, pero que ella decía merecer la mitad, también trabajaba, iba a quedarse con los niños, había sido una mujer fiel, etcétera y tal, que no hacía cuestión de la casa en la capital, ni de la de Guarujá. Claro, el otro, que era un colega de trabajo de ella, él hasta conocía al HDP, también casado, también con hijos, no iba a querer o intuían que sería demasiado para nuestro amigo. Cuanto más los asuntos evolucionaban, más él se preguntaba: “¿por qué me casé con esto?” (Dicró).

Pero mantuvo la frialdad. Anunció que necesitaba un tiempo para pensar y fue a pasar unos 30 días fuera, solo, Navidad y cambio de año incluidos. Recuerdo que me llamó desde donde estaba y no me dijo dónde, para saber cómo iban las cosas por aquí. Yo tuve que aparecer allá en Alto de Pinheiros, preguntando por él, como quien no quiere nada.

Volvió diciendo que fue bueno tomar aquel mes sabático, que organizó las ideas, que encontró un atenuante: ella había optado por la iniciativa, entonces las culpas quedaban todas con ella. Pero que continuaba extremadamente incómodo con los cuernos, la traición. Cuando todo viniera a público, qué vergüenza, qué humillación.

Aunque abogado, resolvió ir a ver a un colega de facultad llamado Dernier Rosado, nunca olvidé ese nombre, especializado en las Varas de Familia, para anticiparse a los temas que ciertamente iban a surgir. Me llevó junto, como amigo, confidente y chofer. Llegamos a la residencia del colega, una bella casa en Alto da Boa Vista, y comenzamos a tomar whisky al borde de la piscina.

Comenzó contando la situación, desde el inicio, pero la narrativa no estaba lineal y había cierta dificultad en entender la historia. El colega percibió que él estaba muy emotivo, cabizbajo, triste, pero intuyó todo y salió con esta:

_ Antônio, deja ver si entendí: pasarle la mujer por atrás a otro es fácil, lo difícil es pasarla adelante, pero tú lo conseguiste... ¿Estás molesto con qué?

Nuestro amigo, que estaba con el vaso en los labios, tomando el whisky y había puesto una piedra de hielo en la boca, quedó unos 5 segundos paralizado. De repente empezó a reír y, sin querer, escupió la piedra y el bocado de whisky de la boca. Recuerdo perfectamente la piedra volando, golpeando en el suelo e yendo a parar a la piscina.

¡Eureka! ¡Se hizo la luz! Antonio renació.

Reímos los tres. Mucho.

Y celebramos la “liberación” del amigo, allí, en aquel momento. El resto del divorcio iba a ser pan comido para él. Y lo fue.

Dernier debía ser psiquiatra, no “abogángster”.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2025dezRb, 4.834 caracteres
 
 
 

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