Lauras
- Miguel Fernández

- 2 jul
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Alguien ya advirtió que el mejor compañero(a) es el/la que conocemos de pasada, eso porque no tuvimos tiempo de reparar en los defectos. Imagínese entonces una persona que usted solo conoce porque otros se la contaron. Esa persona es perfecta, usted ni la vio, ni la va a ver, solo puede idealizarla. Luego, es la persona ideal.
Como las Lauras.
Laura no es un nombre corriente, tampoco es un nombre poco común. Entonces, siempre que aparecía una Laura, nos acordábamos del asunto.
Todo porque, en 1961, en el tercer año ginasial del Colégio de Aplicação, 5 colegas cambiamos de colegio y fuimos a parar a la misma sala de clase, en la misma turma, donde, entre otros 5 que habían salido, había una Laura, a quien nunca llegamos a conocer, pero que era tenida como una niña linda, encantadora, con todos los predicados, y por quien, por lo menos dos de los alumnos remanentes estarían enamorados, Milton y Moacir. Y mira que la turmita tenía muchas niñas show.
Pasiones con 15 años son un problema serio pues, normalmente, es común que el/la otro(a) ni perciba, o finja no percibir. En este caso entonces, en que la persona desaparece, se vuelve personaje de ficción, ¿qué hacer? Aprender a vivir con las frustraciones sin frustrarse, dirían los optimistas-realistas, no dados a deprimirse.
Entonces, la turma remanente (como los adolescentes son malos) se quedaba incitando, provocando los sentimientos de Milton y de Moacir, diciendo que ella había sido vista conversando con un muchacho, que la habían encontrado en una fiestita, que ella estaba cada vez más bonita, etc. y tal. que estaba en una nueva escuela en Largo do Machado. Y allá iban, en devaneos, a buscarla, a seguirla, como Milton fue visto, más de una vez, haciendo tiempo en la puerta de tal escuela, a la salida del turno.
El hecho es que pasamos a evaluar a las demás mujeres, que íbamos conociendo con el pasar de los años, con ese patrón inalcanzable de Laura. Pasó a ser parámetro de lo ideal, de lo inalcanzable. Como se dice hoy, se volvió un “meme”. Una vez, Ademar fue visto con una novia linda, y enseguida alguien comentó preguntando:
_ ¿mejor que Laura?
¿Y dónde andará tal Laura?
Se volvió un problema para nuestras vidas. Siempre que conocíamos a alguien, quedaba la pregunta, ¿cómo queda en relación con Laura? ¿Y si Laura aparece por ahí? Pero Laura era inalcanzable: bonita, elegante, simpática, inteligente, culta, proactiva, perezosa, rica, habilidosa, cariñosa, ágil, lánguida, fuerte, frágil, rubia y morena, alta y baja, flaca y tierna.
Hasta cuando algún hijo o nieto aparecía con una pareja, nos quedábamos pensando: ¿será mejor que Laura? Y para nuestras entonces colegas, ¿quién sería Lauro? ¿Y Milton? ¿Qué fin tuvo? ¿Habrían “tenido algo”? ¿Habrían sido novios? ¿No lo habrían sido? ¿Se habrán reencontrado? ¿Estarán casados? ¿Entre sí? ¿Hijos? ¿Nunca más se vieron? De eso trata Kundera en su excelente libro “la insoportable levedad del ser”. Somos todos así, Lauras, Miltons, Moacirs. ¡Qué malo! ¡Y qué bueno!
Me acordé de eso porque, recientemente, entré en una reunión profesional y había una Laura que, aparentemente, reunía todos los requisitos para ser una hija, o hasta nieta de Laura. Casi pregunté el nombre de la madre y de la abuela, y dónde habrían estudiado. Pero me contuve. Hasta porque solo la conocí de pasada.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026jabrRe, 3.137 caracteres


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