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Mis Fuscas hablando

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 3 jul
  • 6 min de lectura

El primer coche de mi casa fue un Fusca nuevecito de 1961, color ladrillo mojado (¿cerámica?), comprado por mi padre sin avisar a nadie: sorpresa. Yo tenía 14 años, la edad de mi nieto mayor hoy. ¡Qué alegría! Tener o no tener un coche era la línea divisoria de las castas de la sociedad. El sentirse insertado en la sociedad de consumo que todos anhelan. Todos sí, porque “quien desdeña, quiere comprar”.

Muy buenos recuerdos del carrito, empezando por los viajes a la "estación de aguas" en el sur de Minas, de donde guardo especial cariño por Cambuquira.

Esas "estaciones de aguas" duraban 21 días, con recetario médico y todo, y eran moda mundial. Había un ritual, por ejemplo: a las 07hs 100 mℓ de agua sulfurosa, 5 minutos después 225 mℓ de agua férrea y otros 150 mℓ de la magnesiana. A las 11hs, cosa parecida y por la tarde, alrededor de las 15hs, otro tanto. Cuantas más combinaciones, arreglos y dosificaciones complicadas, más fama tenía el médico y cada uno tenía sus fieles fans. Se hacía fila en las fuentes surgentes y naturalmente gaseosas (creo que son aguas confinadas en geodas) y dejaba a todos los pacientes hidratados, desintoxicados, con tema y algo que hacer por 21 días. El problema era qué hacer con los agregados.

En mi casa la costumbre empezó alrededor de 1958, cuando papá tuvo un “derrame de bilis” (¿ictericia?) y el médico impuso ese, hoy, “SPA”. En esa primera estación de aguas papá fue solo con mi abuela (suegra de él), con quien, si no se llevaban mal, era nítido que no se apreciaban mucho. Eso porque no se sabía cuánto costaría que fuéramos todos. El dinero era “contado” y había mucho miedo de que el presupuesto se saliera de control.

Después pasamos a ir todos los años, en julio, en las vacaciones escolares. Primero se iba en tren “transbordando” en Queluz (¿o sería en Cruzeiro?). Posteriormente se pasó a ir en autobús vía Itatiaia e Itamonte. Muchos tramos en camino de tierra. Con la llegada del Fusca, pasamos a ir en él. Fue en ese Fusca “ladrillo” que conduje las primeras veces allá en Cambuquira, para sobresalto (o solo escenificación) de mamá y “orgullo” del padre. También fue la época de las “gincanas” motorizadas, y hasta hoy no sé cómo papá me prestaba el coche. Se formaban “duplas” y equipos, agrupados por los hoteles, cada hotel con su hinchada organizada y todo para espantar la monotonía.

En uno de los años (¿1963?) recuerdo que tuvimos que ir a Três Corações a intentar cumplir una tarea: conseguir una bolita “perereca”, inutilidad (hoy se llama “gadjet”) que acababa de surgir. Mi copiloto era linda (a aquella edad todas las niñas son lindas) y, para impresionar, hice una tontería que, gracias a Dios, no resultó en accidente: intenté adelantar a otro competidor. En camino de tierra y en julio no llueve, es solo polvo. Si te acercas al coche de adelante no ves nada. Hice eso durante un buen rato hasta que casi salí del camino, me asusté mucho y “me acobardé”. Lo hicimos con calma y ganamos la gincana porque logramos cumplir todas las tareas. Aprendí que el miedo es un excelente compañero y no le hace mal a nadie. Recuerdo el nombre de la copiloto hasta hoy: Ricarda, de Leblon. Muy “espabilada”.

En 64 o 65, papá cambió el Fusca cerámica por otro, “azul intenso” (o nombre parecido), ya un poco más “fuerte”, creo que era 1200cc. Ese Fusca duró bastante tiempo con nosotros. Además de seguir yendo a Cambuquira (más dos días en Caxambú y dos en São Lourenço), lo usé mucho durante la facultad en alternancia con otros colegas.

Entré en la facultad de ingeniería (en la isla de Fundão) en mar1966 y era duro ir a Fundão en transporte público. Cuando empecé a trabajar era una necesidad para poder cumplir los horarios. Papá era “casi” siempre comprensivo y me cedía el coche. “Casi” siempre. En compensación yo lo mantenía limpio y lavado y hacía el mantenimiento. Hoy nadie lo cree, pero fuera de cosas más complicadas o que demandaran herramientas especiales éramos nosotros mismos quienes cambiábamos el aceite, regulábamos las correas, los neumáticos, las bujías, lámparas, filtro de aire, en fin, casi todo.

Lo más difícil era conseguir el coche prestado por la noche. Y esa era la demanda principal: ¡salir a ligar y a enamorar! Parodiando la famosa película “si mi Fusca hablara”: si los asientos de atrás hablaran sería un problema. Cuántas carreras de submarino en la orilla o en el Alto da Boavista, Eni que lo diga. Cuánta dificultad, malabarismo, contorsionismo. Cuánta fila en los incipientes moteles (creo que el primero fue uno llamado 77 en la entonces desierta calle Olegário Maciel, en Barra da Tijuca). Era la época de la joven guardia de Erasmo & Cia., de las píldoras anticonceptivas, de las revoluciones en las costumbres. Cuántos “detalles”.

Ahí, al final del último período del curso de ingeniería en Fundão (1970), salí con la hermana de un colega de ingeniería, aspirante a medicina, que tenía un Fusquita blanco-crema y le gustaba llevarme y buscarme. ¡Mi conductora! Chiquérrimo. Pero un arma de doble filo: control intenso, de ella, del hermano, etc..

En diciembre de ese 1970, compré mi primer coche: un Fusca 1300, verde claro, que el personal decía “verde-braguita” (también estaba el azul-braguita y el beige-braguita, por lo menos). Lo compré a Zezé, una secretaria de Montreal Engenharia que lo había comprado hacía un año, pero había concluido que la relación costo-beneficio no le interesaba o no podía afrontarla. Prácticamente cero. ¡Qué alegría, qué emoción, sentirse gente, tener su propio coche! En ene71, recién graduado, fui a trabajar a São Paulo y me mudé allá con el Fusca verdecito, placa de Río de Janeiro.

Placa de Río ligando los sábados y domingos en la Rua Augusta en Sampa era una cobardía (placa de Sampa en Río daba el mismo resultado porque la verdad es que santo-de-casa-no-hace-milagro). Regístrese que, como todos iban a la Rua Augusta los sábados y domingos, se generaba un embotellamiento total. Usted entraba y no sabía cuándo iba a conseguir salir. Pero nadie reclamaba pues todos estaban allí para eso. Las muchachas en sus coches, los muchachos en los suyos. Siempre por lo menos en dupla. Se intercambiaban teléfonos en papelitos escritos en el momento, arrojados de un coche hacia dentro del otro, de ahí el nombre “torpedos”. No había aire acondicionado en los coches, ni dirección hidráulica, ni freno asistido a vacío, mucho menos en los Fuscas, estaba todo el mundo con las ventanas abiertas.

No sé bien por qué, pero tengo para mí que el Fusca tenía algo de afrodisíaco. ¿Tantos trabajos de maestría y doctorado sin sentido y nadie investiga la influencia del Fusca en la demografía de la clase media en los años 60/70?

“Pega” (carrera, competición), nunca hice. Estaba todo demasiado bueno para arriesgarme a morir. Lo que quería era aprovechar. Y no podía decepcionar al ángel que me socorrió en aquella gincana. Aunque me gustara conducir, y todavía me guste, y a velocidades altas. Y ese asunto de “pega”, lucecitas de adorno, sonido alto, adhesivos, tatuaje, y otros aderezos es una cosa muy ordinaria. Ni lo hice ni me juntaba con quien lo hacía. Otra tribu.

Viajaba a Río muchos fines de semana. La mayoría de las veces en coche. Tuve dos incidentes / accidentes serios en la Dutra, ambos con mi acompañante y colega de escuela y de profesión, el querido Rondon. Ambos milagrosamente sin ningún rasguño en ninguno de nosotros dos, gracias al buen Dios. En ese período también fui embestido de frente por otro coche que venía en contramano prácticamente frente al bar de Osvaldo en Barrinha, lo que interrumpió un flirteo con una Denise. Los 3 accidentes fueron de noche y en las 3 veces quien socorrió y arregló el coche fue Jorge Roberto, querido colega de turma, en el taller que él tenía en la calle São Clemente, en Botafogo, cerquita de nuestras casas.

En 72 vendí el Fusquita para comprar el SP2 plata, casi cero, del Cel. Ing. Hélio Franco. Ahí empieza otra historia...


(*) A propósito de un corto dibujo animado que recibí en el cambio de año 2019 para 2020 sobre el fin del Fusca (escarabajo, VW), resolví escribir esta mi memoria afectiva al respecto. Los VolksWagen, o “coche del pueblo”, eran conocidos como “escarabajo” (por recordar el perfil de un escarabajo), o peyorativamente como “bunda” (todos tienen), o, no sé por qué, “Fusca”. Añoranzas.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en dic2019 R2026janRa, 7.800 caracteres


 
 
 

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