Perfecto arquitecto
- Miguel Fernández

- 6 jul
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La “fallecida” Montreal Engenharia (1955 – 2005, 100% brasileña, llegando a tener 25.000 empleados), fue una verdadera escuela de posgrado para ingenieros, arquitectos, economistas, abogados y amistades (y algunas raras enemistades también, porque sería mentira sostener lo contrario en cualquier ambiente).
En 1977-78 la División de Proyectos de Montreal (MONEP) vino a incorporar a Internacional de Engenharia (IECo, división de Morrison-Knudsen, de los EUA), aunque la IECo fuera mayor que la MONEP. Pasó a llamarse IESA.
En el departamento de arquitectura, solo fieras, comandadas por Gilberto Ribeiro: Ascânio, Milton, Eric, Luís, Paulino, Emidio, Kleris, Artêncio, Teresa, Ângela, en fin, en arquitectura industrial eran inigualables en cualquier lugar del mundo.
Emidio era un caso aparte. Excelente arquitecto y privilegiado dibujante “a mano libre”, conseguía hacer rápidamente excelentes dibujos en perspectiva, verdaderos cuadros, mostrando cómo iba a quedar la unidad en desarrollo, en alto nivel de detalles y perfección, al mismo tiempo en que iba resolviendo cuestiones del proyecto e incorporando soluciones. No es que los otros tampoco lo hicieran, todos eran buenos en trazar las perspectivas necesarias desde el inicio de los trabajos, conforme iban dictando la imaginación, las necesidades técnicas y el buen gusto.
El “toque” era el perfeccionismo de Emidio. Hacía los dibujos para nuestras reuniones internas y discusiones, pero después recogía todo y no dejaba mostrar al cliente porque siempre necesitaba mejorar algo.
Alrededor de 1998-2000, muchos de nosotros ya habíamos dejado la IESA. Yo estaba en AQUACON haciendo un trabajo para la iniciante Prolagos e invité a Emidio a trabajar con nosotros, específicamente en la Estación de Tratamiento de Agua Juturnaiba 1 (antigua ETA C. N. Álcalis), que iba a ser rehabilitada y duplicada.
Emidio entendió todo, los aspectos hidráulicos, químicos, estructurales, de fundaciones, tuberías, bombas, filtros, y dibujó un “vol-de-oiseau” de cómo quedaría la ETA, a lápiz sobre papel, como si fuera un “bico-de-pena”, con las expansiones, reformas, etc. Como siempre, quedó “bueno y bonito”, o sea, óptimo.
Días después habría una reunión en Cabo Frio con el presidente de Prolagos, en la época Vlamir Paes. Mandamos hacer una copia-ampliación esmerada del dibujo de Emidio y fui para la reunión. Por respeto a los derechos autorales y para dar a César lo que es de César, antes de mandar a la copia, agregué, a lápiz, e imitando letra de arquitecto, la fecha y el nombre de Emidio en el rincón inferior derecho, como los pintores suelen hacer en los cuadros. Llegando allá, el dibujo fue un éxito y Wlamir se apoderó de él.
Pasado un mes fuimos, en caravana, con unos portugueses y unos alemanes (de Hochtief) y Emidio, a recorrer la región de concesión de Prolagos, terminando con una reunión en la sala al lado de la del “presidente”. En determinado momento fui a la sala de Vlamir y vi que el dibujo, más o menos en formato A2, se había vuelto un cuadro, con marco y todo, en la pared, detrás de su silla. Lo encontré óptimo, el cliente estaba gustando de nuestro trabajo bajo todos los aspectos. Fui a llamar a Emidio para verlo, creyendo que quedaría feliz.
“¡Para qué......!?!?!”
Emidio “soltó la franga”, como dijo Ray Coniff en presentación de su orquesta en Canecão-Río en aquella misma época: >> que no podíamos haber divulgado aquello sin autorización de él, >> que faltaba terminar el dibujo, >> que no estaba bueno, >> que él lo había hecho de cualquier forma para “estudio”, >> que para ser expuesto tendría que ser rehecho, >> que era una falta de respeto, etc., etc.
Cuando parecía que se estaba calmando, ¡vio la tal “firma falsificada”!
Volvió todo a la estaca cero, abstrajo que no estaba solo, y con toda la educación de un arquitecto en trance pasó a vociferar contra el cuadro y contra todos, especialmente contra mi persona, acusado de “falsificador barato”, “adulterador”, “inventor de arte”, “sin conocimiento”, “imbécil en el asunto”, “idiota perfecto y perfecto idiota”, en fin, sobró hasta para la señora mi madre.
Me salvaron los Ing.°s J. Casasola y M. Carvela, entonces en Prolagos, que intervinieron, incrédulos, medio riendo medio en serio y, con la elegancia que les es peculiar, arrastraron a Emidio hacia otro piso ante las miradas sorprendidas de alemanes y portugueses que no entendieron nada.
El incidente acabó superado, porque éramos todos del bien (vascaínos), ahí incluidos el querido Emidio, Casasola, Vlamir, y hasta Olavo Monteiro de Carvalho, accionista mayoritario de Prolagos en la época.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en feb2022 R2026jan, 4.516 caracteres


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