RobertoB
- Miguel Fernández

- 7 jul
- 5 min de lectura
En la revistita “Selecciones del Reader’s Digest”, literatura de bolsillo norteamericana muy en boga en Brasil en los años 1950-1970, (traducida y vendida en los “kioscos-de-periódicos”), una de las secciones fijas era siempre “mi tipo inolvidable”, donde lectores enviaban textos alusivos al tema y algún redactor o copy-desk de la editorial les daba un buen acabado. Leí mucho Selecciones y, de vez en cuando, identifico personas dignas de ser perpetuadas en el papel, por lo folclóricas, por lo interesantes que son, por alguna habilidad, por destacarse en algo, por la superación, por algún momento genial, en fin, por haberme marcado o por yo haber visto que marcaron a alguien. Todo esto porque voy a hablar de un tipo inolvidable, RobertoB (10may1947).
Nos conocimos en los primeros días de clase en la Escuela de Ingeniería de la UFRJ, en 1966. Éramos 4 turmas de 100 y dio la casualidad de que quedamos en la misma turma. Él del Piauí, yo de Río. Él grande (¿1,85m?), expansivo y “feo” (yo también, pero con 1,75 se notaba menos). Pero tenía su encanto (yo también, pero era menor). Para completar, con unos meses de clases, publicó un libro de poesías (“contradicción”), impreso en mimeógrafo, tamaño “medio A4”, que salía vendiendo a todos y, por la noche, iba a vender en los cines, bares y restaurantes. Donde hubiera aglomeraciones de jóvenes, allá iba Roberto a vender sus poemas. Ganó el apodo de “poeta” y hoy, pasados más de 50 años de nuestra graduación, pocos se acuerdan de quién era Roberto o Broder, pero del “poeta” todos se acuerdan.
Apenas se formó volvió al Piauí. Pensaba que era su obligación para con la provincia en que había nacido y que lo había formado. Luego fue vicealcalde de Parnaíba, su ciudad natal, y tuvo éxito profesional como empresario. Tuve la suerte de poder convivir con él un poco más de cerca porque, alrededor de 2002 a 2007, conseguí trabajar en el Piauí y para el Piauí, gracias a una manito que el colega me dio y que contaré en otra crónica, pues también es una historia digna de registro.
En esos 5 años de trabajo en el Piauí, fui unas 6 a 8 veces a Therezina (y Roberto vino unas 5 veces a Río), lo que acabó por propiciarnos compartir muchas botellas de cachaça y muchas horas de conversación. De las historias que oí destaco esta:
Alrededor de los años 1925 a 1935, Europa pasaba por serias crisis, con hambre y éxodo hacia las Américas. Judíos y españoles, especialmente los jóvenes, no conseguían siquiera salir de los países donde vivían. Los españoles porque la guerra civil se anunciaba y ambas facciones querían soldados, o sea, pasaporte ni pensarlo. Los judíos porque estaban en un limbo jurídico-institucional, con muchos Estados europeos, instigados por discursos de odio demagógico, creyéndose desobligados para con la “nación judía” y muchos países de las Américas dificultándoles las visas.
Conclusión, todo favorecía los contubernios para que las personas se dejaran engañar o ilusionar: el hambre, la falta de alternativas, las persecuciones. El Nuevo Mundo era un sueño y una posibilidad real. ¡El Nirvana! Las personas eran fácilmente cooptadas para venir a trabajar en América del Sur. Argentina era un paraíso, Buenos Aires una de las 5 mejores ciudades del mundo de entonces, Uruguay era la Suiza del hemisferio sur (por causa de los bancos con cuentas numeradas). Mucha gente salía adelante y las noticias llegaban de vuelta a los lugares de donde habían salido. Principalmente las de los que salían adelante o solo las de los que salían adelante, pero ¿quién se preocupaba por los otros?
Las familias llegaban a asumir préstamos para pagar los pasajes o permitían que agentes reclutadores los llevaran, con o sin los hijos, o solo a los hijos(as), ya saliendo con deudas a ser pagadas, vaya uno a saber cómo. Entraban en las bodegas de los navíos como ganado, fue una nueva esclavitud, blanca. Y no hay grupo étnico o nacional que no tenga gente buena y gente mala.
No fue diferente con los judíos europeos. Las familias acababan, incluso por falta de opción, confiando hijas e hijos a estafadores y malandras(os), pues los estafadores no pueden tener cara de estafadores, entonces, normalmente son personas encantadoras. En esa mies, América del Sur se llenó de esclavos(as) blancos(as). En Río de Janeiro “polaca” llegó a ser sinónimo de prostituta. Muchas eran judías, hasta tuvieron que hacer un cementerio propio pues la comunidad judía no las acogía en sus cementerios (es el Cementerio Israelita de Inhaúma, o lean el libro Ciclo das Águas, de Moacyr Scliar, y otros allí citados).
Un “caso” fue así: la familia estuvo de acuerdo en que tres hijas vinieran a trabajar a Argentina siempre que fueran acompañadas por el hermano, entonces con cerca de 18 años. Aquellos navíos, que cuando iban llevaban carne seca, salada, ahumada, trigo, en fin, comida, imagínense el olor al volver, con las bodegas repletas de gente, venían viniendo y casi todos daban una paradita en Brasil (Recife, Salvador, Río, Santos) para reabastecer y estirar las piernas. Allí, en Recife, el “guía de la excursión”, también judío, bajó con el muchacho de 18 años y se las arregló para dejarlo en tierra y seguir solo con las hermanas.
El muchacho, que solo hablaba polaco, pasó un “perrengue”, hasta que acabó viendo una estrella de David en una tienda y fue ayudado por algún judío pernambucano, que le consiguió trabajo de ayudante de viajante comercial. En cinco años el muchacho ya dominaba el oficio y, para no competir con el primer patrón, fue a ocupar una “plaza” más adelante, allá hacia el Piauí. Acabó instalándose en Parnaíba. Mucho tiempo después, por cartas, supo que sus hermanas fueron prostituidas en Montevideo y Buenos Aires.
Ese viajante comercial, de nombre Jacob (Jacob Krim VelBroder), se casó con una de la tierra (doña Morena) y tuvo hijos, uno de ellos mi amigo Roberto, que con la voz embargada y lágrimas en los ojos, me contó esa historia, o más o menos esa, oída también con emoción y lágrimas en mis ojos (mi padre, español, llegó a Brasil en la misma época, también sin documentos, por lo tanto ambos eran ilegales!).
Gran Roberto, mi colega y mi amigo, murió en 2021 con la covid19, que ya había frustrado nuestro encuentro marcado para abril de 2020 en Oporto, Portugal, adonde nosotros dos y unos 18 colegas más ya teníamos los pasajes comprados con el objetivo de conmemorar los 50 años de formados. Creí que no podía dejar de registrar esa epopeya, como un homenaje a Roberto, a su padre y a sus tías, que están en el cielo. Cuántas historias como esas no son contadas o registradas por falta de oportunidad, por pudor, por prejuicios (vergüenza), o por lo que sea. Creo que ayuda a mejorar el mundo saber las dificultades por las que pasaron nuestros antepasados. Todas las familias tienen historias semejantes, que solo nos llegan en fragmentos, pero que merecen ser registradas pues engrandecen.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2023may, 6.500 caracteres
con ayuda de Tarsila Broder, vía www.RobertoBroder.com


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