top of page
Buscar

¿Él te trata bien? (New York, 1971)

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 30 jun
  • 7 min de lectura

A mediados de 1971, fui a Estados Unidos por primera vez en esta vida mía, junto con otros 7 seleccionados / invitados del USIS (United States Information Service), dentro de un programa sobre “Problemas de las Grandes Ciudades” al cual me voy a referir como “Beca” (creo que así lo llamábamos).

Ese programa fue conducido durante el año 1969 en las ciudades donde había consulados americanos, con una serie de especialistas hablando sobre los más diversos asuntos del interés de las ciudades. Si no me falla la memoria, el coordinador se llamaba John Reed (del USIS).

Los seleccionados éramos todos recién graduados: dos arquitectos gaúchos y uno brasiliense, un sociólogo paranaense, un ingeniero paulista y otro maranhense. Que me disculpen los demás, pero solo recuerdo los nombres del paranaense (Orlando Pilati) y del maranhense (Joaquim Guimarães Ramos). Me sentí muy orgulloso de haber sido uno de los 9 seleccionados entre cerca de mil candidatos.

Fueron unos 45 días visitando Miami (FL), Washington DC (y Reston en Virginia, un marco), Pensilvania, New York (NY), Hartford (Connecticut), Boston, Detroit, San Francisco, Los Angeles. En cada uno de esos lugares tuvimos visitas de campo y conferencias con arquitectos, ingenieros, abogados, policías, asistentes sociales, urbanistas de las alcaldías, de las universidades y de firmas especializadas, representantes comunitarios, políticos, periodistas. ¡Muy interesante! Al final nos dejaron de vuelta en New York con un pasaje de regreso a Brasil para usarlo cuando quisiéramos.

En aquella época era mucho más raro viajar que actualmente, las comunicaciones por carta y teléfono vía telefonista son inimaginables hoy en día. Además, todo era muy difícil y muy caro. Una oportunidad de esas tenía que ser aprovechada al máximo.

El hecho de haber sabido de la “beca” con gran antecedencia (era para haber sido un año antes, cuando estaríamos en el último año de nuestras escuelas, pero fue aplazada) permitió que yo planeara bien el viaje.

Así me organicé para quedarme unos 4 meses más en New York.

Yo tenía dos primas de 1er grado (españolas, hermanas: Alejandrina y Lidia) viviendo en los alrededores de New York (Long Island, Northport y Brooklyn), casadas y con hijos entre pequeños y adolescentes, y a quienes yo nunca había visto. Además, era la época de los hippies, Woodstock acababa de suceder, y yo lo que quería era quedarme realmente en Manhattan, el centro del mundo, si era posible en el epicentro: el Greenwich Village.

¿Pero cómo, sin dinero?

El primer paso fue conversar con la empresa en la que yo estaba empleado, trabajando en São Paulo como ingeniero recién graduado, empresa americana con sede en Pasadena, California (Engineering-Science, de los hermanos Ludwig), que también tenía oficinas en New York y en Washington, y pedir una pasantía en la oficina de New York (lo que fue concedido, pero sin remuneración, aunque después hubo algunas ayudas de costo, pues creo que conseguí producir y agradé al personal de la oficina de NY).

El segundo paso fue buscar dónde quedarme.

Yo había oído decir que el hijo de una pareja de conocidos de mis padres (gente muy humilde) había conseguido empleo en una estatal brasileña (Lloyd) con oficina en New York y se había ido a vivir allá. Yo no conocía bien ni a los padres, mucho menos al hijo, Arnaldo (nombre ficticio, pues no sé dónde anda ni si autoriza). Con la mayor cara dura fui a hablar con sus padres, que apoyaron, y escribí cartas a Arnaldo, que respondió también receptivamente. Me informó que vivía en un apartamento cómodo y lo suficientemente grande para que yo tuviera mi cuarto. Quedó acordado que yo dividiría los gastos del apartamento con él mientras estuviera por allá y que telefonearía cuando pasara por New York, pues la programación era intensa y yo no dominaba la lengua, lo que me dejaba temeroso de circular con eficiencia. Cuando terminara la “beca”, entonces yo aparecería. Yo avisaría por carta o por teléfono el día y la hora. Todo OK, la vida sigue.

Concluido el giro de la “Beca”, que duró unos 45 días, estaba yo de vuelta en New York, esta vez para quedarme unos 3 a 4 meses, por mi cuenta y riesgo.

Llegué y fui a presentarme en el apartamento de Arnaldo con maleta y todo, conforme lo combinado.

Era un fin de tarde, inicio de noche. Toqué el timbre y vino Arnaldo, muy simpático, nos presentamos y, enseguida, me presentó a un grupo de amigos suyos allí reunidos celebrando el cumpleaños de uno de ellos.

A esa altura yo todavía no había visto (ni sé si ya existía) una obra de teatro que también se convirtió en película, en Brasil llamada “Os Rapazes da Banda”.

Si fue escrita después, fue inspirada en esa llegada mía al apartamento de la calle 14, en el Greenwich Village. Allí estaban 4 o 5 parejas hoy llamadas homoafectivas, y yo hetero. Ellos intentando disimular lo indisumulable y, con eso, la situación fue volviéndose cómica.

Instalado en un cuarto cómodo, cerré la puerta y me quedé a solas pensando en la situación y en qué hacer, cómo comportarme, etc. ... Yo tenía alguna experiencia en convivir con ese tipo de diversidad numa buena, sin ningún problema de parte a parte: durante dos años (1967-1968) en el Banco Central de Brasil, tuve un “jefe”, Paul, y antes de eso, desde 1965 en el Clube de Regatas Guanabara, había comenzado a navegar con un ingeniero alemán-bahiano (¡no son solo los arquitectos!) igualmente homo, Gerths. De ambos, yo y mi novia en aquella época, Enian, nos hicimos amigos.

Volviendo a Arnaldo y sus amigos, me acuerdo mucho de Philip, un bibliotecario negro, alto, bien parecido y que ejercía el liderazgo del grupo y de otros grupos que fui conociendo con él. Philip conocía como nadie a las personas y la noche de Manhattan, además de haberme presentado a sus incontables lindas y simpáticas amigas. Tenía un perro blanco de raza poodle y hacía cuestión de andar por la calle, vestido a su moda, extravagante y elegante, llevando al poodle con una larga cadena plateada que él “escandalosamente” sujetaba con el dedo índice apuntando al cielo y la cadena formando una catenaria rozando el suelo.

Frecuentemente, por la noche, yo iba junto porque era garantía de buen programa, fuera por la música de los lugares que él descubría, fuera por las amigas, por los platos que cocineros amigos hacían cuestión de ofrecer al “líder”. Al mismo tiempo vivía afligido de que algún conocido de aquí me viera en compañía tan, digamos, singular... prejuicios míos que tuve que administrar. Nostalgia de aquel tiempo.

Arnaldo tenía un compañero puertorriqueño que, creo, después de tantos años, se llamaba Jorge. Todos ganaban bien, pero gastaban mucho “por lucirse”, es decir, por aparentar, y por eso vivían apretados. Yo era recién graduado y estaba de licencia sin sueldo, entonces teníamos problemas semejantes, y nos entendíamos. Y nos ayudábamos. Arnaldo no dividía la cuenta del apartamento conmigo al final del mes conforme lo combinado, lo que me obligaba a hacer compras intentando compensar el beneficio, pero era imposible.

En aquella época, el brasileño iba a Estados Unidos y volvía con tres o cuatro pantalones blue jeans (Lee o Lewis), si era posible una chaqueta de cuero tipo James Dean, cámara fotográfica, aparato de sonido... Yo no era excepción, pero tenía que optar y, hasta por falta de recursos, me quedé con los pantalones y quería mucho un abrigo en “antílope”, pero era muy caro.

A la hora de volver, reservé la última semana para despedidas y compras. Arnaldo se tomó un día para llevarme a unas tiendas que él conocía (creo que sería en Soho) y que hoy equivaldrían a lo que se convencionó llamar “outlets”. Específicamente llegamos a una tienda de ropa masculina elegante para la región y solo con cosas de primera calidad, pero a un precio realmente atractivo.

Hagamos una pausa para explicar que el principal objetivo de quedarme más tiempo en Estados Unidos era perfeccionar mi inglés. Perfeccionar ni sería exactamente la palabra, mejor sería aprender inglés. Al fin y al cabo, durante muchos años yo hacía cursos y más cursos y nada de sentirme mínimamente cómodo para enfrentar un diálogo en inglés. Pero después de 3 a 4 meses por allá, mi oído ya captaba muchas cosas antes impensables y yo me comunicaba. Mal, pero me comunicaba. Por eso pude entender lo que cuento a continuación, hoy riendo, pero en la época constreñidamente furioso:

Mientras yo revolvía los cientos de perchas con abrigos de cuero, noté que Arnaldo admiraba un sobretodo de gabardina beige, estilo inglés, elegantísimo. De lejos imaginé el precio. Yo continuaba buscando uno que me agradara y al mismo tiempo tuviera una buena relación costo x beneficio.

Arnaldo se puso “el sobretodo”, se desconectó del mundo y empezó a desfilar frente a los espejos de la tienda. Cuando digo desfilar, fue d-e-s-f-i-l-a-r. La tienda se detuvo para mirar a Arnaldo en trance mirándose en los espejos y de aquí para allá, en una pasarela imaginaria. Al punto de que el gerente no resistió y maliciosamente interrumpió a Arnaldo para decirle en tono de burla que, si se quedaba toda la semana haciendo aquel desfile en la tienda, ganaría el sobretodo. Eso sacó a Arnaldo del “trance” y encerró el “desfile”.

A esa altura yo ya había elegido mi abrigo de cuero y, en el mostrador, discretamente mandé envolver también el sobretodo para hacerle una sorpresa a Arnaldo e intentar compensar los gastos del apartamento no divididos en aquel período.

No me había dado bien cuenta de lo que estaba haciendo hasta que el cajero-vendedor, un negro elegante, me preguntó discretamente: “¿él te trata bien?”.

¡Me paralicé! Me acuerdo bien de la situación, pues aunque no fuera inusitada, en el momento tartamudeé mucho hasta conseguir decir algo del tipo “no te metas”, lo que era francamente inapropiado y me dejó todavía más tartamudo.

En fin, entró en la lista de las cosas inolvidables que le suceden a uno.

Me encantaría encontrarlos a todos otra vez. Y agradecer la hospitalidad, el respeto, la camaradería, los momentos vividos.



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito entre 2016mar23 y 2016may02 R2026janRa, 9.621 caracteres
 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Supervivencia

Era 1966 y Carlos, mi colega del gimnasio, había pasado el examen de ingreso de ingeniería en su primera opción. Necesitando trabajar para ganar su dinerito, todavía en 1966 hizo un concurso para ser

 
 
 
Sobre ratones y astronautas

>>> 2018ene/mar, Revista Bio Era 1970, el mundo dividido entre "Occidente" (capitaneado por los EUA) y "Oriente" (capitaneado por Rusia), y la llamada "carrera espacial" era una manera de medir fuerz

 
 
 

Comentarios


  • Instagram
  • Imagem1
  • Google Places - Círculo preto
  • Facebook Black Round

© 2019 Espº Miguel Fernández y Fernández

bottom of page