Abatido
- Miguel Fernández

- 24 feb
- 3 Min. de lectura
Carlos se enamoró de una mujer políticamente su opuesto. Ella encaja en la postura predominante en su ambiente de trabajo. O el ambiente de trabajo exige esa postura. ¿Causa o efecto? No se sabe. Por otro lado, se parecen: brillantes, luchadores, habituados a mandar y a ser obedecidos. Y experimentados.
Ayer fue el Día de los Enamorados de 2024. Me cuenta que hoy despertó alrededor de las 8 horas; la compañera ya había salido a trabajar, con el cuidado de no despertarlo. Estaba solo, sentado en el trono del apartamento, feliz por la noche anterior, teléfono móvil en la mano, aprovechando para revisar noticias, leer y enviar textos, etc.
En una de esas publicaciones, copió a la compañera, quien, al notar el movimiento, llamó para “reprenderlo”: _la nevera explotó con una botella de agua con gas de 2 litros en el congelador y ni siquiera te diste cuenta… ¡irresponsable! ¡La casa cayéndose y tú durmiendo!
Intentó explicar que las botellas con agua tienden a explotar cuando se congelan porque el agua se dilata y el gas potencia el efecto. Recibió otra reprimenda: _¿me estás llamando ignorante? ¡Muy propio de tu estilo!
Se sintió culpable. Inútil. Torpe. Al fin y al cabo, había visto la botella, ya congelada (no percibió que era agua con gas), y no había tomado ninguna providencia. Y ella había sido amable al no despertarlo, ¿cómo ahora estaba furiosa? Difícil entender al sexo opuesto…
Se dio cuenta de que viene condicionándose a evitar hacer y, al mismo tiempo, a evitar no hacer nada, situación imposible, además de conflictiva con su personalidad proactiva. Pero últimamente, según la “fiscalización”, todo lo que hace está mal hecho, está mal o fuera del “timing” adecuado.
Al constatar esto, se sintió molesto, triste, sin ganas de nada. Terminó el día en el bar, con whisky, cigarrillo y amigos. La filosofía de bar es clase de maestría en psicología. Allí es donde los hombres concluyen que las mujeres son muy parecidas, para consuelo general. No todas, ni tan parecidas, pero que existe algún vínculo en común, existe. En fin, para el confort de los hombres allí reunidos, concluyeron que no se trata de un problema personal.
Entre conversación y conversación, descubren que intentar agradar a la pareja no ayuda y no es buen camino. No es bueno porque el hombre intenta reprimirse y someterse a un perfil que no es el suyo. Mientras lo hace inconscientemente, las cosas siguen. ¡Si se sorprende actuando así, ahí está el problema! Eso fue lo que nos trajo el amigo y nos dejó a todos en silencio, cada uno pensando en sus propios “karmas”, en sus propias cruces.
Dijo que pasó el día ensimismado, pensando que, con la edad, estas cosas cada vez escaparán más al control. ¿Vale la pena todavía estar vivo? Si muere pronto evitará disgustos. Mejor salir en la cima. Es la conclusión inevitable de la lucidez.
Con mi tendencia al humor negro, me quedé pensando en aquel chiste del globo que se acerca a tierra y el aeronauta le pregunta a un ciudadano que va pasando:
_¿Dónde estoy? y el ciudadano responde:
_aproximadamente 23º00’36,32” Sur y 43º17’49,18” Oeste, y el aeronauta dice:
_debes de ser soltero, ¿verdad? y el ciudadano:
_lo soy, ¿cómo lo adivinaste? y el aeronauta:
_simple, me diste una información buena y precisa que no me sirve para nada
y el ciudadano responde:
_y tú debes de ser casado, ¿verdad? y el aeronauta:
_sí, ¿cómo lo adivinaste? y el ciudadano:
_simple, veo que estás abatido, triste, perdido, desorientado, no sabes qué hacer ni a dónde ir, pero por algún motivo ahora yo me siento culpable de eso.
No me gustó ver a mi amigo, normalmente tan lúcido y alegre, sentirse triste, apático y sin ganas, desinteresándose.
Corolario: ¡a veces es mejor morir por la mujer que se ama que vivir con la mujer que se ama!
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