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Carinhoso (Amelias)

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 4 may
  • 3 Min. de lectura

Era 1971 y Sampa estaba repleta de bares con música en vivo, los piano-bar, cerrados, especialmente en la región llamada Bela Vista. Básicamente MPB, Bossa Nova, Jazz, Blues, y estilos parecidos. Me encanta la música en vivo, y de ese tipo, así que iba siempre que podía. Recuerdo bien el “Jogral” y el “BalacoBaco”, uno casi al lado del otro, en la calle Avanhandava, esquina con la calle Augusta, el “Catedral do Samba” y el “Telecoteco na Paróquia”, conocido apenas como telecoteco, en la calle Santo Antonio, el Carinhoso en la calle Álvaro de Carvalho (¿o sería en la Major Quedinho?, por allí). El piano bar del Hotel Othon São Francisco, con la barwoman Ina, sus cócteles y su tail. En la Plaza Roosevelt, el Baiuca, en el Largo do Arouche uno cerquita del Le Casserole, no recuerdo el nombre, estos dos últimos, más elegantes, cantores con más renombre, más caros.    

  Frecuentábamos todos, con gran asiduidad, en cada uno, una historia.

El Carinhoso era una casa, un poco mayor que las otras, con música en vivo, como todas las otras aquí citadas. Música sin parar, de las 20 / 21hs hasta el último cliente, normalmente después de las 02 a 03hs. Excelentes músicos, excelentes cantantes (crooners). Llenaban. Y mucha gente en las calles. São Paulo era la capital mundial de la noche con sus bares (y sus restaurantes).    

Durante mucho tiempo Rondon contaba una ida al “Carinhoso”, un sábado por la noche en que se quedó en sampa con Kleber. Los dos, solteros, se sentaron en una mesa, al lado de un grupo con unas ocho muchachas celebrando el cumpleaños de una de ellas. Entre charla y charla se acercaron a dos de ellas y allí se quedaron manoseándose hasta tarde. Hubo un momento curioso, ellas quisieron ver los documentos de los dos y no dudaron en mostrar los suyos. El de ella él no lo olvida: Amélia. Salieron los cuatro, andando por allí, hasta donde las dos vivían, y fueron invitados a subir. ¿Hoy serían “mujeres empoderadas”?     

Llegando allá, era un apartamento relativamente amplio dividido por unas 4 o 6 mujeres, en la penumbra no se podía saber bien, cada una con su colchón en el suelo y entre un colchón y otro una cuerdita como si fuera un tendedero para secar ropa con un paño (¿una sábana?) sirviendo de biombo entre las camas. Todos en la flor de la edad (~25 años), fue una fiesta inolvidable, cuando uno ya se iba sosegando, otra pareja (¿o sería una sola?) gemía un poco y excitaba a los demás, comenzando todo de nuevo.     

Según Rondon, Amélia estaba en celo, los senos inolvidables casi reventando de tan firmes, abundantes pero sin exageración, los pezones puntiagudos y duros la piel lisa y firme, oliendo a feromonas, el clítoris inflamado, prominente y necesitado, haciendo que ella misma se masturbase gruñendo, con la boca ocupada en felación, intentando reanimar al compañero, la mirada convergente, medio bizca, medio en trance, medio hipnotizada.     

Cuando los dos no conseguían más continuar y se acurrucaron para una siesta, fueron invitados a retirarse. Las muchachas necesitaban ir a trabajar el domingo (eran enfermeras) y, al despertar, había un código de ética en el apartamento: Ningún compañero podía dormir allí para no incomodar ni avergonzar a las demás al clarear el día. Aunque el día estuviese casi clareando. Fue lo que les dijeron a los tres: Kleber, Rondon y un otro tipo, con historia igual, que conocieron al salir del apartamento, bajar las escaleras y salir en la Martins Fontes, donde los dos héroes tomaron un taxi para la Joaquim Antunes. Por lo menos es lo que Rondon cuenta. Sobre Kleber y respectiva, ni un pío. Tipo discreto.     

Supe que Rondon todavía salió una o dos veces más con Amélia. Una de ellas para un fin de semana en Ubatuba, para unas clases prácticas de un curso de buceo que él hacía en la piscina de la ACM, en el centro de São Paulo. El viernes, ya oscuro, bajando la sierra, tuvieron que parar en el arcén para, de pie y apoyados en el coche, acoplar perno y ojo, eyacular, calmarse, y poder seguir en relativa seguridad. Sexo-orgía, de viernes a lunes. Sanches, que era nuestro jefe y consejero, con más del doble de nuestra edad explicó:     

Fue lo suficiente para que ambos concluyeran que no era lo que cada cual buscaba para sí. O si era, la aproximación física excedió y quemó, para ambos, la opción de la relación lenta y larga. O todavía pensaban que tenían tiempo para buscar cosa mejor (¡o mayor!), opción bastante común para la edad.     

Al parecer, quedó sólo en la memoria, sin quejas ni arrepentimientos. Forma parte de la vida.



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito entre 2023 y 2024, 4.100 caracteres
 
 
 

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