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Celos Étnicos 1, El Goy

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Era 1962-63, teníamos 16 años y todas las chicas nos llamaban la atención a mí y a José, mi compañero y amigo hasta hoy. En especial las chicas del colegio en que estudiábamos, el “Aplicação da Lagoa”, en Río de Janeiro. Al fin y al cabo, eran ellas a quienes más veíamos, a quienes más deseábamos, ya fuera en las clases de educación física, con las falditas del uniforme de gimnasia dejando los muslitos al aire, ya fuera en los cruces de piernas más descuidados —o no tan descuidados—, en los cruces de miradas, en los instintos adolescentes y en los pensamientos de “aborrescentes”.

Las compañeras de clase eran los principales blancos de las miradas, pero ellas estaban prestando atención a los chicos mayores, por lo menos dos años mayores. Fue entonces cuando a José le llamó la atención una chica dos años más joven, morena, de ojos castaños, con muchas pecas, así como mi amigo; ni guapos ni feos, pasaban desapercibidos, pero en la flor de la edad, éramos, todos, hermosos.

Como las chicas también estaban en la pubertad y la madre naturaleza ayuda en eso de preservar la especie, hubo cierta reciprocidad en las miradas, una “química”. Entonces José Suarez, hijo de inmigrantes españoles de Galicia, y Sara Martman, hija de inmigrantes judíos, empezaron a “conversar”.

Intentando tomar el mismo “lotação” hacia Cosme Velho al volver a casa, con el corazón latiendo un poco más fuerte, cada uno aprendiendo a controlar las emociones, descubriendo el juego de la seducción, de la disimulación para no “dar pie”, en fin, muchas emociones al mismo tiempo, difícil “asumir” a esa edad.

Todo iba muy bien hasta que empezaron a darse la mano algunas veces y el hermano de Sara los vio. Y, celoso de la hermana, fue a contarlo en casa. Entonces mamá y papá entraron en la historia:

— ¿Cómo? ¿El muchacho es goy? ¡No puede ser, qué absurdo!

La madre de Sara le “prohibió” seguir con aquello. Se lo contó a José, y punto final.

El prejuicio étnico es “jodido”. Aunque raramente sea unidireccional, es jodido. Cada etnia no admite sus propios prejuicios; siempre son los otros los prejuiciosos.

Pero José lo entendió, al fin y al cabo, no había ocasión en que sus padres no intentaran “acercarlo” a alguna hija de paisanos y descalificar a las que no fueran “gallegas”.

Y había tanta gente a la que acercarse que habría sido un desperdicio comprometerse tan temprano. Eran las explicaciones que encontrábamos (ellos y ellas) para administrar nuestros despechos. Amores platónicos, objetos de deseo que ni llegaban a saberlo... Era la edad de las masturbaciones a solas (el diccionario que consulté dice que el verbo es “reflexivo”, o sea, “a solas” sería una redundancia). Por cierto, no recomiendo ese diccionario, pues se ve que el autor no entiende nada del asunto. Las masturbaciones a dos son altamente adoptadas y recomendadas, con resultados eficaces, eficientes y placenteros. Por lo tanto, establezco aquí que el verbo “es transitivo”.

Conmigo ocurrió algo parecido con “Vera Nobre”, hoy arquitecta, que vivía en la calle Hilário de Gouveia, en Copacabana, lo que me llevaba a tomar el lotação “circular” al revés, dando la vuelta más larga solo para quedarme apreciando aquellos ojos verdes que fingían no ver los míos; y cuando parecía que aquello iba a llegar a algo, los padres supieron que mis padres estaban “separados” y me vetaron. ¡Oh traumas! ¡Oh vida cruel...!

Pero, volviendo a José y a Sara, los dos se alejaron, por lo menos “pro forma”; no lo sé bien, pues durante algunos años no vi a José. Lo cierto es que entre los dos quedó cierto sabor, cierto olor de hormonas en el aire. Conociéndolos a los dos, creo que habrían sido una pareja 20, como se decía. También sé que su amistad quedó para siempre. Mi actual mujer y yo somos muy mal pensados, y hasta creemos que ya cayeron en la tentación algunas veces, tal vez sigan cayendo. Pero son solo suposiciones. Muchos de esa generación eran tenidos por “come-callado”, es decir, no cuentan sus relaciones a nadie, dejando que nosotros tengamos que inventar, imaginar. La duda condimenta más las cosas y la vida se vuelve más excitante. Mejor no confirmar nada. Si se confirma, puede ser mentira, o no, pero rompe el encanto.

¿Cómo andarán esas cosas hoy en día (en 2022)? Voy a preguntárselo a mis nietos, a un rabino y a un gallego que conozco...



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería. # escrito en 2022oct R2026eneRa, 4.058 caracteres.


 
 
 

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