Celos Étnicos 2, Alfacinhas
- Miguel Fernández

- hace 2 días
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Hice el servicio militar de dic1966 a feb1969 en la EFORM Escuela de Formación de Oficiales de la Reserva de la Marina. Ya no existe. Equivalía al CPOR del Ejército, que existe hasta hoy. Éramos, todos, universitarios. La mayoría de ingeniería y de medicina, uno que otro de derecho, de economía, de sociología, de arquitectura. En total, unos 100 “aspirantes” por año divididos en 4 “grupos”: Armada Cubierta, Armada Máquinas, Infantería de Marina e Intendencia. Duraba 2,5 años: dic a feb, julio, dic a feb, julio y dic a feb, o sea, en las vacaciones para no estorbar la universidad.
Esa promoción feb69 “embarcó” para ejercicios (entrenamiento) de guerra naval dos veces. La primera en jul67 yendo a Salvador (BA) y Santos (SP), yo en el crucero Barroso (C11). La segunda vez fue del 15dic1968 al 15feb1969, ya como Guardiamarinas (GM), con la “escuadra” brasileña (que yo recuerde, un portaaviones, una fragata, dos destructores y un submarino), yendo a Salvador, Cabo Verde, Canarias, Cádiz, Lisboa, Dakar y Río, yo en el portaaviones Minas Gerais (A11).
Grosso modo, la tripulación del navío estaba dividida en 5 “plantones” (o “guardias”). En tierra los plantones eran turnos de 24 horas; como la semana tiene 7 días, los relevos nunca caían siempre en el mismo día de la semana para el mismo “plantón” y acababan siendo al azar. E incluso para turnos con rotaciones de seis horas o cuatro, ningún plantón agarraba siempre el mismo horario.
Al llegar a Cádiz, paramos por 4 días y mi plantón completó el turno el día de la llegada, o sea, tuvimos los 4 días seguidos “en tierra”. Hasta dio para ir a conocer Sevilla. Yo, Engel, Rainho y Tiago dividimos el alquiler de un SEAT 500. Cómo cupimos en el coche no lo sé.
Tuvimos tanta suerte que, al llegar a Lisboa, nuevamente nuestro plantón agarró 4 días directos en tierra. Volvimos a hacer el grupito y a alquilar un coche, esta vez un poco mayor. Llegamos a ir a conocer Coimbra (¡y Conímbriga, recién descubierta!).
El último día en Lisboa fuimos a una casa de “Fado Raíz”. Era el “point” de fado para turistas. Al entrar pasé los ojos por el lusco-fusco del local e identifiqué unas dos mesas con oficiales de la escuadra, otras dos de otros colegas, otros tantos turistas en otras mesas, y una mesa larga vacía.
Al rato llegaron unas 30 mujeres y se instalaron en la tal mesa larga. ¡Viaje de graduación de un colegio femenino de São Paulo! Todas en sus 18-19 años y unas cuatro profesoras “viejitas” de unos 40-45 años. Aquello era un billete de lotería “sorteado”. Nosotros con 21-22 años, ambos grupos viajando hacía días, ¡vaya testosterona! Mientras no comenzaba la música en vivo, empezó el baile, los 12 guardiamarinas presentes sacando a las muchachas a bailar mientras los oficiales cuidaban de las 4 “cuarentonas”.
Como eran más de dos muchachas por cada guardiamarina, la gula perjudicó la razón, cada uno de los 12 queriendo quedarse con las más bonitas. Aunque en la flor de la edad todos sean bonitos(as), unos más otros menos, pero todos bonitos, la gula, la soberbia, la imbecilidad se instala en la mayoría. Como es sabido, los y las más bonitas suelen ser, también, los(as) más creídos(as), los(as) más exigentes, los(as) más difíciles, más pesados(as), más todo.
Aunque allí en aquel lusco-fusco no se viera algún mister o miss Brasil, cada uno(a) intentando conquistar a los(as) más bonitos(as), perdieron mucho tiempo y las chances del apareamiento. Comenzó el Fado en vivo y solo pocos(as) habían encontrado una posible pareja.
Terminado el show, todos fueron dispersándose y acompañando a las chicas hasta la puerta del hotel, allí cerca. Los que no vislumbraron chance de aparearse ni empatía con alguien ya fueron yendo hacia los barcos pues la salida estaba prevista para el día siguiente alrededor del mediodía. En mi grupito sabíamos que uno de nosotros tendría que devolver el coche en la agencia al amanecer.
Un grupito fue a seguirla en el bar del hotel. Nuestro amigo Tiago fue con la nueva amiga, todos muriendo de envidia. Poco después fue a dejarnos en el muelle donde estaba atracado el Portaaviones (que impresionaba) y a quedarse con el coche. Fuimos tres en el asiento de atrás y, en el de delante, la pareja. De aquí en adelante la narrativa es en parte lo que Tiago nos contó y en parte lo que vimos.
Volviendo para dejar a la muchacha, paseando por la orilla del río Tajo, resolvieron parar el coche en el estacionamiento del jardín al lado de la Torre de Belém, justo en la ribera, para asistir a las “carreras de submarino”, como se decía. El eufemismo daba a entender ocupar el asiento trasero del coche, como era de costumbre. A esa hora, era el único coche en el estacionamiento de toda la orilla del río Tajo hasta donde la vista alcanzaba. Del lado de afuera, el fuerte frío del invierno lisboeta.
Iba todo muy bien, conforme al guion, la pareja transpirando dentro del coche, el lado de afuera muy frío, los vidrios se empañaron, no se veía nada ni de fuera hacia dentro ni de dentro hacia fuera. Y así fue por cerca de una hora, olvidados de la vida.
Al rato, un gran sobresalto: alguien hablaba alto y golpeaba con fuerza y con algún objeto metálico en el vidrio del coche. Al mismo tiempo, un guante intentaba limpiar el vidrio por fuera aunque el mayor empañamiento fuese por dentro. Pero dio para percibir que era la policía porque había una “patrulla” con las luces parpadeando. Comenzaron a recomponerse vistiendo la ropa que había sido quitada, no solo para enfrentar el frío de fuera sino porque encontraron que no quedaba bien aparecer vestidos como estaban. En esas horas, un minuto parece una eternidad, sobre todo con la policía pisándote los talones y siendo uno extranjero.
Como empezó a parecer que iban a romper un vidrio, Tiago terminó saliendo de cualquier manera, todavía poniéndose el cinturón y el uniforme (olvidé decir que aquel día fue obligatorio estar con uno de aquellos uniformes de gala, lleno de bordados como dicen en los desfiles de carnaval). Los policías se dieron cuenta de que el muchacho era de la escuadra visitante y si por un lado se calmaron, querían sacar provecho de la situación, constriñéndolo por estar allí, a aquella hora (¿02 de la mañana?), en aquella condición, abotonándose la bragueta del uniforme, etc.
Mientras se hacía el sonso, preguntando qué ley estaba infringiendo, que allí estaba permitido estacionar, etc., etc., el asunto no salía del punto. Los policías querían ver quién más estaba dentro del coche y Tiago no los dejaba, pues la amiga necesitaba tiempo para recolocarse un mínimo de ropa: brasileño en invierno europeo hace el famoso mil hojas, y es difícil reorganizar todo, ni dejando de lado la mitad de las “hojas”.
Y los “alfacinhas” (apodo peyorativo que los demás portugueses dan a los lisboetas) querían o amenazaban con llevarlos a la delegación (allá se llamaba “comisaría”) para registrar fuera lo que fuera, pero iba a empezar por atentado al pudor y el GM, muy celoso de su caballerosidad, no podía concordar en “fichar” a la muchacha en esas circunstancias.
Apeló de todas las formas y acabaron entendiéndose en una propina (¿piensan que es solo en el ultramar?). Pero los policías estaban irreductibles en US$ 100,00 (el GM tenía solo US$ 50,00), hasta que la “muchacha” no se contuvo más y salió del coche a pesar de los pedidos para no salir (miedo de que la situación pudiera derivar en una “violación colectiva”, fue lo que le pasó por la cabeza, nos contó).
Pero, cuando ella salió y los policías vieron que también era brasileña (no portuguesa), ¡milagro!: cambiaron de postura. El problema pasó a la esfera de la “autodeterminación de otro pueblo”, y las relaciones internacionales parecieron trascender el alcance o el interés de ellos.
Quedó evidente que, al no ser una compatriota, la parte psicológica (celos) fue resuelta. Cosa antigua, latente en los humanos: cuando un tipo de la zona oeste aparece en la zona este, o viceversa, como Bolinha y Luluzinha sabían muy bien.
Rápidamente tomaron los U$$ 50 (donde había parado la negociación) y se fueron con la apariencia del deber cumplido.
El colega nos contó también que estaba con temor de llegar atrasado por la mañana al navío y ser castigado, aunque la aventura valiese por 100 castigos. Su turno comenzaría a las 08 h, pero acabó entrando en el hotel y pernoctando allí escondido por la amiga. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ella era muy rica y hacía lo que quería en el grupo, inclusive tener una habitación solo para ella mientras las demás de la “excursión” compartían las habitaciones.
Acabó llegando atrasado de todos modos y tuvimos que oír un sermón marinero-machista (hoy tenido como lamentable) del teniente encargado de los GMs, delante de toda la tripulación (en la época no había mujeres en las fuerzas armadas):
“en la marina no se toleran atrasos. Entretanto no voy a castigar al GM porque el motivo es mujer y el tipo fue safo(*1). Yo estaba allá en la casa de fado y vi al GM resolverse con la primera que lo miró sin perder tiempo escogiendo la más bonita. En la marina y en la vida tenemos que ser rápidos, porque el barco está siempre de paso. Nota diez para el GM”.
En la época sonaba gracioso y formaba parte del folclore marinero, pero ya era discutible. Imagina hoy (2019), un(a) Teniente diciendo eso a una GM (guardiamarina) que llegue atrasada. Da para evaluar lo ridículo.
(*1) safo es una palabra de la jerga de marina, tal vez la más usada, tanto como verbo, como adjetivo, como interjección. Por ejemplo: “consiga un safo para safar aquello” (consiga una persona hábil para resolver aquello) o entonces “que él se safe” (que él se las arregle). Nada que ver con el uso civil: safado. Por el contrario, los “safos” son altamente valorados.

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