Como nuestros padres
- Miguel Fernández

- hace 2 días
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Notó a la mujer con más vida, más entusiasmada, más “conectada”, más alegre, llegó a quedarse un poco preocupado, ¿sería otro? En medio de las dudas, ¡activó las antenas!
Pero, como no notó ninguna señal anormal de vanidad, ni actitudes sospechosas, por el contrario, estaba más casera y hasta menos “coqueta”, se preocupó. ¿Qué estaría pasando?
Fuera de la rutina, solo la hijastra, que vive y trabaja en el exterior y había venido a pasar las vacaciones con la madre. En realidad, con los/las amigues, poco paraba en casa.
¡Claro! ¿Por qué no lo había notado enseguida?
Ya hacía dos días que la hijastra estaba con una virosis que la había tumbado y, la madre, finalmente pudo ejercer su “matrio-poder”: mostrarse madre en toda su plenitud, para que todos vean cómo es una madre dedicada.
Si algo no sale bien, no fue por falta de sacrificios y cuidados de su parte. Y, “ça-va-sans-dire”, chantajear un poco de reciprocidad para cuando llegue la vejez, al objeto de su protección.
Claro que son maledicencias, los instintos hablan más alto y explican la sobreprotección.
Bueno, explican hasta una determinada edad de la cría.
La hijastra ya tiene 30 añitos... Tal vez las maledicencias se apliquen. O no.
Recordó que, cuando también tenía cerca de 30 años (ya se van 40 años, el tiempo vuela), y trabajaba en São Paulo capital, de vez en cuando iba a pasar los fines de semana a su ciudad natal. Un viernes, al llegar a la casa de sus padres, fue avisando enseguida:
— no se acerquen mucho a mí que estoy febril y con dolor de garganta, ¡puedo contagiarlos!
Y su madre, corriendo hacia él:
— ¡qué bueno! Tengo un remedio excelente para eso...
El “qué bueno” se le había escapado, y quedó en el aire...
Se miraron, empezaron a reír y, enseguida, a llorar. Se abrazaron.
Hasta hoy llora cuando recuerda a la madre, al padre, esos y otros episodios.
O cuando pasa por situaciones semejantes con sus propios hijos.

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