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Cuñadas y Cuñados

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 26 jun
  • 4 min de lectura

En los años 62-63, el gobernador de Rio Grande do Sul era Leonel Brizola, casado con la hermana del entonces presidente João Goulart, a quien pretendía suceder en la presidencia, pero había un obstáculo legal, creo que incluso constitucional: el presidente no podía ser sucedido por parientes.

Como las leyes no están hechas para los amigos, sino para los otros, se acuñó entonces la frase “Cuñado no es pariente, Brizola para presidente”, que era divulgada en todos los medios de comunicación. La “base teórica” era que no había consanguinidad.

¡Hubo gente que se tomó eso tan en serio, que muchos matrimonios fueron afectados! ¡De repente muchos padres y madres descubrieron que ni siquiera eran parientes!

Fue por esa época que Nelson Rodrigues metió la nariz en el asunto, creando personajes para sus obras de teatro que arruinaron la reputación de cuñadas y cuñados de este Brasil varonil y adyacencias, es decir, de la América letrina. Hombres y mujeres en el “coño sur” concluyeron que también eran personajes de Nelson y todos y todas liberaron sus ángeles pornográficos, sus lados canallas, sus porciones de mal carácter.

Todo esto me viene a la mente porque el amigo Pará vino a contarme que se había encontrado con nuestro exvecino Edmundo, en el bar de Urca, tomando un whisky con la cuñada, una tal Léa, que estaba soltera y vivía por allí. Como Edmundo era —y es— casado, pero vivía allá por Leblon, Pará encontró sospechosa la reacción, con cierto susto, de los dos cuando lo vieron.

Además, Pará consideraba a la cuñada de Edmundo del tipo, como se decía en la época, comible. Muy comible. De hecho, según Pará, la Urca pensaba eso. E hizo cara de quien también querría probar o se lo contaría a todo el mundo...

Recordé que, una vez, de paso por São Francisco do Sul, fui a una peluquería unisex, en la planta baja del hotel. En cierto momento, una clienta se levantó, revolvió el bolso y, al irse, le dijo en voz alta a otra que se estaba haciendo las uñas:

_ cuñada, paga por mí que me olvidé la billetera en casa.

El salón era grande, estaba lleno y ruidoso, pero se hizo un silencio ensordecedor, probablemente porque la mayoría sabía algo de aquellas mujeres cuñadas entre sí, que este viajero aquí solo intuyó por causa del silencio generado. El silencio duró hasta que la cuñada que se había quedado, también en voz alta, comentó:

_ “si cuñado fuera bueno no empezaría con cu”

A lo que el barbero que me atendía replicó, haciendo un gesto:

_ hay controversias

¡¡¡Carcajada general en el salón!!!

Una amiga, que me acompañaba, profesora de literatura, completó:

_ una vez fui al diccionario a ver qué significaba “un puñado” y vi que era lo que cabía en el puño, en la mano; ya “un bocado” era lo que cabía en la boca. Ni quise ver el significado de cuñado...

Nuevas carcajadas. Filosofamos entonces sobre la creatividad de la etimología de los adjetivos “enfezado” y “coitado”. Culto aquel salón de belleza.

Volviendo al bar en Urca, Pará me contó que Edmundo, tal vez percibiendo los pensamientos del exvecino, le hizo una seña para que fuera a sentarse donde la cuñada acababa de salir y le dijo:

_ ¿Te acuerdas de nuestro antiguo vecino Gérson, que hizo ingeniería?

_ ¿Aquel que fue director de la CEDAE —Compañía de Agua y Alcantarillado de RJ—?

_ ¡Ese mismo! Cuando él se graduó coincidió que fuimos a vivir a Jacarepaguá, casi vecinos, y un cuñado suyo, de nombre Oscar, también. Ese Oscar era de ese tipo muy pícaro, pero Gerson se esforzaba en tratarlo bien, por causa de la hermana, que había escogido aquello. Y porque, en aquella altura, los padres de él se fueron a vivir con la hija para no dejarla a merced del muchacho, terminaban pagando las cuentas, por ahí.

_ ¿Pero por qué ese asunto, Edmundo? —dijo Pará.

_ Es que ese Oscar, justo al inicio del matrimonio, para disminuir gastos, anduvo haciendo unas conexiones clandestinas de agua y de electricidad, para las dos casas, de forma que las cuentas fueran mínimas. Como el pícaro empezó a hacer demasiadas de las suyas, el matrimonio terminó, para felicidad general de Gerson, de la hermana y de los padres.

_ ¿Y de ahí? —preguntó Pará.

_ De ahí que Oscar, al no conseguir un acuerdo con la exmujer —la hermana de Gerson — que le fuera favorable, entre otras represalias denunció las conexiones clandestinas a la policía. Gerson, que ni sabía de los “gatos”, terminó despedido de la CEDAE, por el escándalo de estar robando agua de la propia empresa. Parece que el tal Oscar desapareció, o fue desaparecido, no se sabe bien. ¡Cuñado(a) es un negocio muy peligroso! —concluyó.

Pará entendió aquello como una amenaza velada. Con cierta elegancia, con whisky de 12 años, pero se sintió como amenazado, en caso de que volviera a mirar a la cuñada de él. Hay gente muy celosa y, encima, con celos direccionales.

Pará pensó que era mejor dejar a la cuñada de Edmundo de lado, al menos por un tiempo. Pero cumplió su parte: le contó a todo el mundo que los cuñados estaban teniendo un caso. Fue su venganza por la “tal vez” amenaza de Edmundo.

Me quedé curioso por conocer a Léa. Creo que era ella, una mujerona con cara de atrevida, que una vez vi en el supermercado Farinha Pura, en la calle Marechal Cantuária, atrayendo las miradas de los que por allí estaban. Si no era, tenía todo para ser, digamos, pivote de problemas.



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en jul2023 R2026janRa, 5.030 caracteres

 
 
 

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