INCREÍBLE de Almeida
- Miguel Fernández

- 2 jul
- 2 min de lectura
Era 2005, los teléfonos celulares ya eran más pequeños, con una bisagra, se abrían y quedaban más grandes (“flip”). Fui a una reunión en PETROBRÁS, en las oficinas de la calle General Canabarro (cerca del CEFET y del Maracanã). Almorcé por allí con los colegas.
Salí de allí, apurado, para una reunión agendada en mi oficina, en la calle Evaristo da Veiga, cerca del Teatro Municipal de Río. El asunto sería discutir el balance de la empresa con un contador-consultor, pagando por tiempo. Tomé un taxi. Llegué a la oficina y, en media hora, comencé la reunión pidiendo que no fuéramos interrumpidos.
En menos de media hora, la recepcionista entra en la sala, pidiendo disculpas, diciendo que mi querido amigo y compadre, João Franciso Soares, que vivía (y vive) en São Paulo, quería hablar conmigo con urgencia. Pedí que ella explicara que yo no podía atender y que devolvería la llamada tan pronto como fuera posible.
En menos de 15 minutos, aparece João en la sala, en persona. Bien a su manera, fue entrando, sin hacer caso a la presencia del contador y a las protestas de la recepcionista.
En la época João trabajaba en la CCCC (Construções e Comércio Camargo Corrêa), explicó que había venido a Río para resolver un problema de la CCCC, que el problema fue resuelto por la mañana y, como le había sobrado la tarde libre hasta embarcar en el avión, por la noche, resolvió visitarme.
Con la paciencia que los amigos de João están obligados a tener con él (¡y él conmigo!), expliqué que necesitaba unos 30 minutos más para concluir la reunión con el contador (que, cobrando por tiempo, estaba tranquilísimo). Entonces João dijo:
_ OK, voy a esperar en la recepción, pero préstame tu teléfono móvil, que el mío se quedó sin batería.
Fue entonces que me di cuenta de que estaba sin el teléfono móvil y pedí que llamaran a Petrobras, pues debía haberlo olvidado allá, o en el restaurante, o... en el taxi... qué mala suerte.
João empezó a reír, se sentó y contó:
_ Después de almorzar con el personal de la CCCC, cerca de la oficina de Río, en Praia do Flamengo, tomé un taxi y vine a hacerte una visita sorpresa. Ya en el taxi, resolví llamarte; si no estabas, iría al aeropuerto. Cuando llamé, un teléfono perdido en el asiento de atrás del taxi (difícil de ver, mimetizado en el tapizado negro), empezó a sonar y se lo pasé al taxista. Lo olvidaron aquí. El taxista atendió y nos dimos cuenta de que estábamos hablando uno con el otro.... Y el taxista comentó:
_ hace una hora, dejé a un pasajero cerca de donde usted está yendo, después de eso, ya hice dos carreras pequeñas, ... no lo creo...
Y ante nuestro silencio incrédulo, sacó mi teléfono de su bolsillo y lo puso sobre la mesa.
Fuera de la recepcionista, la secretaria, el contador, el tal conductor del taxi y João, nadie más va a creerlo. Lo cuento aquí solo para registro.
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2025oct12 R2026janRd, 2.697 caracteres


Comentarios