¿Inteligencia o memoria?
- Miguel Fernández

- 2 jul
- 5 min de lectura
Entendemos que inteligencia es una cosa y memoria es otra. Mirando en el diccionario (lengua portuguesa, Aulete 2011), parece que estamos en lo cierto. Entonces, la tal IA (Inteligencia Artificial) es un engaño semántico o una traducción desastrosa. Mejor sería llamarla AI (Automatismo Inteligente) o CI (Computación Inteligente). Dicho esto, en este texto, adoptaremos la sigla IA, para designar la rama de la cibernética que intenta emular el razonamiento humano.
Con la debida venia de los doctores de la psique, lo que se entiende por “razonamiento humano” involucra algunas áreas, sobre las cuales no parece haber consenso. Entretanto, parece pacífico que, en nuestro lenguaje, “inteligencia” es una cosa y “memoria” es otra.
“Memoria” es el conocer, el recordar, el memorizar, el repetir, el saber. Memoria es el banco de datos, la biblioteca de consulta, el archivo, la enciclopedia. Ayuda imprescindible en el análisis de alternativas, en la previsión y comparación de resultados, ya sea por aproximaciones sucesivas, ya sea por otros métodos matemáticos. Ciertamente para “épater les bourgeois” (*1), ahora bajo el paraguas de la todavía sofisticada palabra mágica “algoritmos”, es decir, fórmulas polinómicas, sistemas de ecuaciones, métodos numéricos.
Como dice un colega hace 57 años en el ramo:
“cuando la tecnología avanza con rapidez y el mercado no quiere quedarse atrás, la nomenclatura no sigue el vernáculo sino las ventas. La que vende más es la que “pega”. Ese IA es un caso. Lo oí por primera vez en Stanford, en 1972. Las personas acaban repitiendo porque no entienden bien lo que están diciendo ni haciendo. O porque suena simpático para los que aprueban recursos “That is Money”. Más de medio siglo después, no hay razón para que el mercado cambie los términos sedimentados”.
Incluso incorrectos. Una pena para quien quiere entender y hacer. Cómodo para quien se satisface en seguir a los que entienden. Y a los que pagan.
“Inteligencia” es la creatividad y la curiosidad que instigan las novedades. Es decidir qué hacer, por qué hacer, cómo hacer, cuándo hacer y quién lo va a hacer. Es un arte y una habilidad.
Todavía existe la “experiencia”, tan desdeñada últimamente, que evita la repetición de errores, las pérdidas de tiempo, el ver preguntas que los inexpertos no ven. Convenciones, contratos, leyes, memoriales, caen en el casillero de los registros y de las precauciones para evitar malentendidos, que la experiencia recomienda hacer.
“Experiencia” quizá sea una rama de la memoria con creatividad. En la ingeniería, siempre se bromeó con la diferencia entre un “ingeniero viejo” y un “viejo ingeniero”. El ingeniero viejo ya se gradúa así y, al final de la carrera, es un “viejo ingeniero viejo”. Vale para cualquier profesión.
Confundir memoria con inteligencia no es inteligente. Los “memoriones” de las escuelas crean un personal, llamado CDF, que raramente sobresale en la vida real.
Cuando el brasileño Mequinho (¿1972?), ganó un título de gran maestro de ajedrez, la plebe coterránea, por falta de otros motivos, se ufanó. La cámara de diputados, en Brasília, llegó a votar una ley para incluir clases obligatorias de ajedrez en las escuelas, bajo el presupuesto de que ayudaría a desarrollar la inteligencia (¿quién se acuerda de eso?).
Muchos apoyaron o callaron, hasta que una persona lúcida dijo: “Sí, eso va a ayudar a desarrollar aquel tipo de razonamiento que lleva a las personas a jugar ajedrez” (fue el famoso y genial Millôr Fernandes, humorista, dramaturgo y periodista). El Senado, ante el ridículo expuesto por la ironía, no aprobó la ley, y no se tocó más el asunto.
Menos mal. Hoy, los programas de computadora vencen todas las partidas de ajedrez.
Responder preguntas que ya fueron hechas y encontrar respuestas que están por ahí, porque alguien ya supo responder, es fácil. Lo que debería interesar son las nuevas preguntas que deben ser hechas. Y analizar las respuestas críticamente. Es decir, además del “conocimiento” (que un buen banco de datos resuelve), para evolucionar, necesitamos experiencia, inteligencia y curiosidad, cosa inherente a pocos humanos.
La computación volvió más rápidas las consultas a los bancos de datos. Eso cambia muchas cosas. Pero eso no es inteligencia. Si no entendemos lo que estamos discutiendo, no habrá solución.
En muchos países, la generación que está entrando en el sistema de enseñanza recibe clases de profesores que no están entendiendo bien lo que deben hacer y que no saben bien qué preguntar. Eso porque, en los últimos 50 años, pocos profesores tuvieron contacto con el mercado de trabajo. Se encerraron en los empleos docentes y en los criterios de ascenso en las carreras, implantados en las universidades.
¿Cómo va la nueva generación a saber qué preguntar a las computadoras si sus profesores creen que montar un software más amigable y más rápido, para acceder a un banco de datos, es un fin en sí mismo? Si creen que la respuesta es una sola. Que no va a cambiar con el tiempo, que no va a ser manipulada por disputas de poder o por engaño o por mero vandalismo (hackers). Olvidan que tener demasiada información es casi lo mismo que no tener información. Olvidan que las cosas son relativas, que ser “del bien” o ser “del mal” puede variar de cultura a cultura, de época a época, de creencia a creencia, de “causa” a “causa”. Esa “percepción” está en la inteligencia.
La educación se subdesarrolló y está perdida en “pataleos”. Crea temas tales como “ingeniería de la complejidad”, sin darse cuenta del vacío semántico ahí embutido. ¿Cómo saber formular la pregunta correcta?
Alguien ya dijo que todo es 5% de inspiración y 95% de transpiración. Estaba y está certísimo. La transpiración nunca fue problema, 90% de la población está apta para hacer, pero, de un tiempo para acá, la computación (ahora llamada “IA”) facilitó mucho y ocupó buena parte del lugar de la transpiración. ¿Qué hacer con el excedente de personas ya no necesarias? Ese es un efecto colateral grave.
La respuesta parece ser ocuparlas con ocio y servicios correlatos. Con arte, con deporte, con cosas lúdicas.
Saber decidir qué hacer, por qué hacer, cómo hacer, cuándo hacer y quién lo va a hacer es un arte y una habilidad, es la Inteligencia, donde reside la curiosidad y la creatividad, que instigan las novedades.
Hasta la ambición, que también es de la naturaleza humana, pero era suplida primordialmente por la fuerza, por la violencia, por el número, por la intuición, por el instinto, pasó a ser atendida por la IA, con el diferencial de las innovaciones, es decir, por la inteligencia. Las peleas pasaron a ser de drones, bioquímicas, rayos láser. Geniales y terribles.
Lo que se va a conseguir con la evolución de la computación, de los bancos de datos, va a estar (si es que ya no está) al alcance de todos, por precio muy bajo.
La inteligencia, y la percepción de las cosas, es inherente a una élite humana. Esa élite sufrirá una rotación, pues la inteligencia no parece ser hereditaria. Las estructuras, las culturas que mejor se adapten a esa rotación, prevalecerán.
La capacidad de recordar, de saber, de memorizar, o el nombre que se quiera dar, va a valer cada vez menos y será común a todos. Más a unos que a otros, pues los bancos de datos están siendo concentrados en pocas manos.
Inteligencia de hecho, curiosidad y cómo hacer preguntas, pocos saben y pocos sabrán hacer. Van a dominar el mundo. Tal vez siempre haya sido así, pero nunca fue tan claro.
(*1) - “épater les bourgeois”, expresión idiomática francesa, mundialmente usada en el siglo pasado (“dejar boquiabiertos a los burgueses”).
Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito entre dic2025 y ene2026, R2026marRi, 7.267 caracteres.


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