¿Invitación o coacción? 1
- Miguel Fernández

- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Conocí a Leonard Goldblatt en São Paulo, en 1971, en la empresa que nos contrató para llevar adelante el proyecto del SAM, Sistema Adductor Metropolitano: americano, judío, rotario, masón, unos diez años mayor que yo. Nos hicimos y seguimos siendo hasta hoy muy amigos. Excelente e interesante persona, buen contador de historias. Cualquier cosa y allí venía él con una parábola. Un La Fontaine moderno.
Alrededor de 1984/85, estábamos los dos viviendo en Río y cada uno con una pequeña oficina en el centro, en el famoso edificio Avenida Central (Av. Rio Branco 156). Mi sala era la 2628, y la de él la 2520. Teníamos otro “vecino” por allí, Sato, un nisei especialista en informática. Era el inicio de la era de los computadores personales (PCs), que se volvían cada vez menores. Todavía no había laptops, pero empezaban a surgir unos menores, llamados “portátiles” (hoy serían un desktop). Como yo conocía a los dos, fui el vínculo de unión y nos ayudábamos mutuamente. También es importante entender que en aquella época, con la excusa de proteger la industria nacional, estaba prohibido importar computadores montados, lo que resultaba en que estábamos muy atrasados respecto de lo que ya había en el mundo. Si la memoria no me falla, solo había dos proveedores por aquí: Itautec y SISCO.
Leonard tenía unos contratos de proyectos de ingeniería en la Marina de Guerra y su sala era frecuentada por unos militares navales, que, en compañía de Leonard, acababan pasando también por mi sala y por la de Sato. En esa época Leonard también estaba mudándose a los EE. UU., con la esposa y dos hijos nacidos aquí.
Acortando la historia, Sato fue contratado por Petrobras para orientar un programa de adquisición de equipos y personalización de softwares, en esa fase de cambios tan rápidos, y necesitó, para mantenerse actualizado, “adquirir” un PC de primera línea para ver cómo las cosas estaban evolucionando. Lo recuerdo hasta hoy: un verdadero desktop, con asa de maleta: un portátil entonces avanzadísimo (menos capaz que mi teléfono de ahora).
Una o dos semanas después, la policía federal invadió la sala de Sato, que fue avisado por teléfono, fue para allá para ser preso por contrabando, creyendo que no era posible. Alguien lo había denunciado. Los propios policías estaban constreñidos. Estuvo preso en Praça Mauá unos 10 días, donde incluso fui a visitarlo y llevarle unos cigarrillos. Un absurdo, podría haber sido conmigo o contigo que me lees. ¡Un PC, para uso profesional! Ni siquiera era comercio.
Cuando el polvo se asentó, Sato estaba destrozado, Leonard se había mudado y quedamos yo y Sato imaginando cómo aquello había ocurrido y nuestras sospechas cayeron sobre uno de los “marineros” que frecuentaba la sala de Leonard y era muy “tapado”. Pero no había qué hacer.
Un año después fui a los EE. UU. y Leonard con su esposa me llevó a cenar a un lugar lindo. En esa ocasión, justo después del primer aperitivo, le pregunté a Leonard si él creía que el oficial de marina amigo suyo podía haber hecho la denuncia. Leonard desconversó.
En medio de la cena, repetí la pregunta y nuevamente nuestro amigo divagó. Como soy persistente (algunos llaman “pesado”), entre el postre, el licor y el café anuncié mi disposición a quedarme allí hasta que él respondiera a mi indagación.
Después de algún tiempo en absoluto silencio mirándome, salió con esta:
— Miguel, si yo resolviera asaltar un banco, tendría que formar una buena pandilla para que las cosas no salieran mal, pues iría preso. El primer paso sería escoger bien a los asaltantes, lo que no es una cosa fácil. Mira bien: una invitación para integrar una pandilla con ese propósito es elogiosa, pues significa que la persona fue escogida porque confían en ella y reconocen sus habilidades profesionales (electrónica, mecánica, explosivos, tiro, conductor, etc.), su equilibrio y serenidad, su profesionalismo. Saben o suponen que no vas a aparecer borracho el día del asalto ni con diarrea. Eres confiable.
Pero al mismo tiempo deja a la persona sin elección. ¿Cómo negarse después de saber que van a asaltar el banco? Los demás tendrán que desistir o eliminar al que diga que no.
¿Una elección de Sofía?
No, dijo Leonard. Puede hasta parecerlo, pero no lo es. En esa situación no hay elección posible.
— Me estás mareando y sigues sin responder mi pregunta, dije yo.
— Entonces, suponiendo que necesitáramos 7 personas para el asalto: yo incluiría a Sato, Fernando, Sérgio, Amauri, Leônidas y a ti. El octavo sería yo...
Y no incluyó al HDP del marinero idiota.
Me quedé pensando entonces que hay momentos decisivos en la vida en que no hay qué hacer, solo seguir adelante procurando hacer lo mejor posible.
Me acordé de escribir esto ahora, en feb2021, porque fui a conversar con mi hijo y mi tocayo sobre una invitación que me hicieron y la indecisión en que yo estaba. Mi hijo ya conocía esta historia porque yo ya la había contado en alguna ocasión que lo mereció y me respondió:
— Papá, el tipo te invitó a asaltar un banco. Si dices que no, es como comprarte un enemigo. Y ni siquiera es una ilegalidad, es sin riesgo y es elogioso, puede hasta ser pesado, pero, sin opción.

Comentarios