Maria
- Miguel Fernández

- 3 jul
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Se conocieron alrededor de 1977. Ella, unos 27, era la secretaria de un colega de profesión de él. Él, con unos 30. Ambos solteros.
Ella con cultura y belleza bastante por encima de la media, ojos verde-miel, cabellos castaño claro, bello cuerpo, aire de mujer experimentada e insinuante, atrevida incluso. Él moreno, usando bigote para parecer mayor, unos 5 a 10 cm más alto que ella, delgado, descubriendo el mundo, inseguro para la edad, pero también atrevido.
Empezaron a salir, a escondidas del patrón de ella y colega de él. ¿Por qué? No recuerda. Pero les gustaba ir a lugares de moda, uno exhibiendo al otro y cada uno exhibiéndose. Una vez, en Chico’s Bar, en la Lagoa, los vi entrar, los frecuentadores hasta se detuvieron para prestar atención.
Como ella no estaba siempre disponible para salir, él suponía que ella tendría otro. ¿Un amante? ¿Casado? De cierta forma, era conveniente, pues ambos no parecían estar interesados en asumir compromisos. También justificaba y/o perdonaba la conciencia para salir con otros(as).
Cuando estaban juntos, era un acontecimiento, un agarrarse, una sucesión de desafíos, de emociones, de fantasías. Si ella salía con falda, se quitaba las bragas en la noche, en el restaurante, en el cine, para sexo y/o masturbación cruzada, en el coche en el semáforo, en el estacionamiento, en la ventana del apartamento, en la escalera del edificio.
Lo que más encantaba a los dos era cuando, en la cama, en el apartamento de él o en el motel, él acostado mirando hacia arriba, ella lo cabalgaba, de frente mirándolo a él, o de espaldas, mirando hacia los pies de él, a criterio de ella. De espaldas entonces, con el, digamos, agujerito de atrás parpadeándole a él, llegaba a ser una maldad. Una exhibicionista, una provocadora. Aquellos eran los momentos en que los dos sentían que uno le hacía bien al otro. Y juntos.
Ella tenía arrebatos poéticos. Un verso lo marcó: “voy a escalar tu cuerpo a contrapelo”. Se lo mostró a él en el papel. Y después, se puso a interpretarlo.
Les gustaban los mismos asuntos, las mismas músicas, los mismos compositores (hola Gonzaguinha), las mismas comidas. Eran amigos. ¿Confidentes? Un poco.
Y así fueron llevando la vida durante unos 3 años. ¿Por qué se alejaron? ¿Ella quería algo mejor? ¿Él quería algo mejor? Un misterio. Fue sucediendo.
Pasado un año sin verse, un día, ella telefoneó para contar que había quedado embarazada de un dentista de ascendencia japonesa. Parecía feliz por teléfono. Y recordó que, en uno de los momentos de conversaciones-de-confidentes, ella había dicho que le gustaría tener un hijo con un japonés. Y que el hijo fuera solo de ella.
Él pensó: ¿Asumir un encargo de esos sola? ¿Por qué la eugenesia? ¡Qué extraño! Pensó que era un delirio, una fantasía.
No lo era.
Ella telefoneó 25 años después para decir que estaba bien, que el hijo había aprobado el vestibular de odontología, que sabía de él de vez en cuando y lo sabía bien, que le dejaba un beso. No dejó teléfono. Nunca más supo de ella. ¿Mejor así? Tal vez.

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