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Marraio

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 3 jul
  • 2 min de lectura

¿La última mujer?


En los juegos de bolitas de vidrio de su infancia de carioca allá por 1955-61, de los 9 a los 14 años, aprendió que el último en lanzar la bolita en dirección a la búlica más alejada (eran tres agujeritos alineados hechos girando con el talón del zapato en el saibro del terreno de la placita), tenía una cierta ventaja en el juego. No fue el único en percibirlo.

Había todavía los usos y costumbres. Para garantizar que sería el último en lanzar la bolita, necesitaba ser el primero en gritar “marraio”. Claro, siempre que no hubiera un muchacho mayor, con cara de malo.

Por cierto, las niñas de la turma solo se interesaban por los muchachos mayores con cara de malo. Él ni era malo, cuanto más poner cara de malo... A esa edad, las niñas que se interesaban por él eran unas pequeñajas. Solo le restaba recogerse a su insignificancia. Y así llevó la vida.

Cuando ya tenía unos 55 años, después de dos matrimonios y unos diez relacionamientos que se volvieron insulsos y terminaron en poco tiempo, fue invitado a una fiestita-almuerzo de la turma de aquella época de infancia-adolescencia, en la casa de Cecília.

Reencontró allí gente que no veía hacía 40 años, entre ellas Edna, una de las niñas que más se destacaban en la turma, tanto por la apariencia como por la personalidad. Todavía bonita y elegante, aunque ya con marcas de la edad, como él. Tenía conciencia de eso y usaba bigote. Cuando se distraían y no sonreían, la piel se arrugaba, ya formaba una especie de código de barras alrededor de los labios. Las mujeres no usan bigotes, entonces les restaba sonreír todo el tiempo y unas cremas que, decían, estiran la piel, pero quitan las expresiones. Se alegró al ver que Edna todavía estaba al natural.

Maldades aparte, Edna, además de también estar ya en el tercer divorcio, había rodado bastante. Aquel colega que nunca le había llamado la atención hasta entonces, tal vez porque no tenía cara de malo, tenía fama de ser un profesional exitoso, culto, viajado y, ¿sería el tiempo?, había pasado a parecerle guapetón. ¿Cómo nunca había notado eso?

Él también la miraba pensando cuántas veces se había acostado pensando en ella. Cuántas fantasías.

Notó que el camino estaba abierto y pensó, si no fui de los primeros, que sea el último.

Y, acercándose a ella, ya fue diciendo “marraio” y arriesgando un beso, correspondido; ella preguntó el porqué de la palabra marraio. Él explicó.

Ella fue gentil, dijo que hasta entonces se estaba perfeccionando para él. Él respondió bajito:

_ yo también.

De ahí a meter la búlica fue un récord: llevó unos 30 minutos. Fue en el baño de aquel apartamento en Ipanema, con Cecília percibiendo y alcahueteando, colocando una silla en la puerta y pidiendo a todos que usaran el otro baño: aquel estaba con defecto.

Eso ya hace un buen tiempo. Solo lamentan el tiempo perdido.

O no.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 2.713 caracteres

 
 
 

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