Moreirão
- Miguel Fernández

- 3 jul
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Érase una vez una “empresa de economía mixta”, en verdad una empresa estatal, en un país latinoamericano, que prestaba servicios de abastecimiento de agua a una gran región, en el siglo pasado. En esa empresa, algunos profesionales se destacaban, especialmente el director de producción, un ingeniero llamado Moreira.
Sin desmerecer a los demás directores, era él quien, de cierta forma, cargaba sobre la espalda las operaciones del día a día de la empresa. Su dirección no podía fallar. Si fallaba, la ciudad no se bañaba. En verdad, la ciudad se detenía. Todos lo respetaban, dentro y fuera de la empresa, por el tiempo en que ya había asumido esa responsabilidad y la manejaba, competentemente.
La contratación de proveedores, incluyendo los servicios de ingeniería que esa estatal realizaba, usaba el criterio de “licitación por menor precio”, en concursos en los cuales los interesados presentaban sus propuestas en determinada fecha, ante todos los interesados, para la selección del vencedor.
No porque el menor precio sea el mejor precio, ni el mejor servicio, ni la mejor solución, ni los mejores productos, ni los mejores intereses de la contratante, ni porque haya leyes que lo obliguen, aunque haya las que facilitan ese procedimiento. Entre los burócratas latinoamericanos, es el criterio de selección que suele ser más usado, por varias razones que no serán abordadas en este texto (ver *01).
Salvo los inocentes, todos saben que las licitaciones por ese criterio destruyen las empresas proveedoras locales, destruyen la calidad y la durabilidad de lo que se pretende adquirir. Salvo los inocentes, todos también saben que, por esa misma razón, y por cuestión de supervivencia, las empresas terminan conversando entre sí para evitar el suicidio colectivo.
En cierta ocasión, el asunto llegó a los oídos de Moreira. No porque no supiera, pues no era inocente, pero se preocupó. Necesitaba que las cosas funcionaran bien, en interés de la concesionaria y en interés de la población. La última vez que las empresas se habían entendido, prevalecieron criterios que no interesaban a la contratante, como, por ejemplo, la mejor empresa en electromecánica terminó haciendo construcción civil y la mejor en construcción civil fue a reparar tuberías en las calles, y la que más entendía de tuberías en las calles terminó haciendo una ampliación de la estación de tratamiento. El mejor proveedor de cloro terminó con sulfato de aluminio y el mejor para cal terminó con cloro. Es que, a la hora de ponerse de acuerdo, aparecieron algunos “aguafiestas”, y tuvieron que sortear la distribución de las cosas.
Moreira era de voluntad fuerte, quería arreglar el mundo, tenía una sinceridad cautivadora, estaba presente en todos los frentes, e incluso tenía el apodo cariñoso de Moreirão. Entonces, al final de una tarde, llamó a su sala de reuniones a un representante de cada empresa interesada en suministrar cosas y prestar servicios a la concesionaria estatal. Fue un director de cada una.
Cuando todos habían llegado, Moreira puso las cartas sobre la mesa y enseguida dijo:
_ hice el presupuesto justo para cada suministro, obra o proyecto, y queremos que sea así: fulano, que entiende más de esto, hará esto por tanto; fulano, que tiene buena gente en aquello, hará aquello por tanto, ... etc. y así sucesivamente
Terminó distribuyendo todos los servicios y compras entre todas las empresas del mercado, desde las pequeñas hasta las grandes.
Silencio general, nadie creyendo lo que estaba ocurriendo. Todos felices, algunos más y otros menos, pero era una solución justa y mejor que las peleas habituales.
Pero, como siempre hay un aguafiestas, el director de una de las empresas, Augusto, que se creía mejor y/o más grande, reclamó:
_ No es justo, si hubiera licitación yo ganaría unos 4 contratos y solo me estoy llevando uno.
Y Moreirão respondió en voz alta, muy a su estilo:
_ Ay Augusto, ¿entras en la “orgía” y solo quieres coger? También tienes que dar.
Ante la risa general, Augusto cerró la boca y “se fue a rascarse”, como se decía en aquella época.
Las cosas funcionaron bien en aquel tiempo en que Moreirão se exponía, hacía lo que tenía que hacerse, defendía la empresa en que trabajaba y, por extensión, a los proveedores locales, para el bien de todos y la felicidad general de la nación.

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