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Nomenajes

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 3 jul
  • 5 min de lectura

Uno de los asuntos más frecuentes en cualquier rueda de conversación es sobre nombres extraños que son dados a las personas por los padres, ciertamente con la mejor de las intenciones o como un homenaje, pero olvidando que el niño va a cargar aquello por el resto de la vida.

A veces los nombres ni siquiera son extraños en determinadas culturas pero no se insertan bien en otras, son un tatuaje en la frente y los padres ignoran eso. Es una maldad. Como soy descendiente de españoles conocí “Generosa”, “Purificación”, “Jesús”, y por ahí adelante, que en Brasil no suenan. Lo mismo se puede decir de otros nombres de otras etnias: Tsipora, Abraham, Salah, ....... Lo políticamente correcto dice que no se debe criticar eso, pero la mayoría genera apodos que inevitablemente serán adoptados.

Pero lo que más provoca comentarios son los nombres inventados. Alrededor de 2005 leí un libro norteamericano (no recuerdo el nombre) que trata del asunto en Estados Unidos y Canadá, y que crucificaba el uso del nombre "Roxane". Parece que el problema es mundial.

En Rio Grande do Norte se hizo famosa una familia que tuvo 18 hijos, cuyos nombres fueron la numeración de los nacimientos en francés: el primero se llamó Premier, el segundo Seconde, el tercero fue Troisième, así sucesivamente hasta el décimo octavo “Dix-huit”. Llegaron a ser políticos famosos. Pero francamente...

En el censo de 1970 el IBGE encontró una Cafiaspirina de Souza. Si la memoria no me falla, las industrias Bayer, fabricante de la Cafiaspirina, llegaron a publicar un anuncio en la antigua y famosa “revista Visão” agradeciendo el homenaje pero sugiriendo que no se hiciera eso.

Pero el nombre que siempre me viene a la memoria cuando este asunto sale a flote es Bergonsil, oído por primera vez en Cambuquira (MG), en 1961.

Cambuquira es una pequeña ciudad “estación de aguas”, como las vecinas Caxambú, Lambari, São Lourenço y otras, con fuentes "surgentes" de aguas naturalmente gaseosas y llamadas medicinales. Los municipios donde quedaban esas ciudades fueron incluidos en el circuito turístico que podía tener casinos, lo que llevó a un desarrollo de infraestructura de hoteles y facilidades. Cuando los casinos fueron declarados ilegales (1946), esas ciudades tenían una infraestructura turística razonable y en la época los médicos recetaban una “estación de aguas” de 21 días para la cura, la recuperación, o simplemente la desintoxicación del organismo y las familias que podían iban una vez por año casi siempre en la misma época y al mismo hotel. Acababa todo el mundo conociéndose.

En 1954 mi padre tuvo un “derrame de bilis” y el médico recetó una estación de aguas. Él fue a la que podía dentro de sus recursos. La más modesta era Cambuquira. Mi abuela materna lo acompañó y mi madre quedó en Río trabajando y cuidando de los hijos. Papá se recuperó y le gustó lo que vio.

A partir de 1957 pasamos a ir anualmente en julio. Primero en tren (¿1957 y 1958?), saliendo de Río en el tren para São Paulo, “hacíamos transbordo” de noche en Cruzeiro (SP) (¿o sería en Queluz?) hacia un ferrocarril con locomotoras maria-fumaça, y algunos tramos con cremallera que subía la sierra, con el hollín entrando por las ventanas (las personas usaban ropa especial para viajar, que fuera fácil de lavar, algunos usaban guardapolvos) pasaba por algunas pequeñas ciudades (¿Passa-Quatro, MG?) São Lourenço, después por Cambuquira ya de madrugada y seguía hacia Três Corações, Varginha y por ahí afuera. Después 1959 y 1960, en autobús, de día, con el tramo Caxambú-Cambuquira en camino de tierra y el inolvidable polvo.

A partir de 1961 pasamos a ir en coche. Papá compró un Fusca color cerámica. Pero el tramo Caxambú-Cambuquira continuó en tierra hasta por lo menos 1965 (que yo recuerde). Hasta 1960 nos quedábamos en el Hotel Globo. En 1961 llegamos allá y el hotel no tenía vacante, no sé qué ocurrió, y fuimos realojados en el Hotel Empreza (que era mejor y más caro).

El hotel Empreza era propiedad de Afrânio (hermano del dueño del Hotel Globo) y de la “Frau” Elza, una señora alemana viuda del propietario. Afrânio era tenido como un próspero comerciante de café (la región hasta hoy tiene un excelente café, dicen que es el mejor de Brasil, con destaque para el café del casi vecino municipio de Machado). Yo tenía entonces 14 años. Las personas que conocí y que vine a reencontrar anualmente en julio incluían una familia de Volta Redonda (RJ), una pareja con dos hijos. La madre se llamaba Bergonsil, lo que intrigaba a todos, incluso a mi madre, que normalmente era muy discreta pero hasta por eso me acuerdo de ella comentando la extrañeza del nombre.

Recuerdo todavía a la familia Dagoberto Pereira Franco (si no me engaño, la esposa era Helvécia y la madre suiza), de São Paulo, con dos hijos con quienes hice muchos paseos a caballo. A don Helvécio (homónimo de la paulista), que tocaba la guitarra y residía en Laranjeiras, en Río, y la familia; a don Campelo, la esposa y la hija Tânia, muy bonita, llamaba la atención, también de Río, si no me falla la memoria de Laranjeiras, una familia de Leblon, con una hija que yo encontraba linda y, si no me engaño, se llamaba Tassiana Ricarda, don Calixto, comerciante portugués del barrio de Estácio (tenía una zapatería), con la esposa y una hija muy agradable, una bonita y especial Silvia de São Paulo, un portugués de Santos, SP, que tenía un cochazo americano (un Impala) con una placa identificándolo como “comendador”, con la hija y la nieta de unos 10 a 12 años y que muchos años después me reconoció en São Paulo, ya mujer hecha y bonita, Malu, de Farme de Amoedo, en Río, con los padres, en fin...

Pero aunque todos estuvieran curiosos, nadie preguntaba dónde doña Bergonsil había conseguido aquel nombre. Hasta que un día se supo que el nombre era un homenaje al abuelo: Bernado Gomes da Silva. El hotel entero pasó un día entero comentando el asunto... yo nunca lo olvidé.

En 1977 yo vivía en la Av. Rui Barbosa, en Río, e hice una reunioncita, vinieron unos amigos y unas amigas con sus respectivos compañeros y compañeras. Ese asunto surgió, cada uno contaba un nombre extraño que conocía hasta que yo conté el de doña Bergonsil. Uno de los presentes comenzó a reír. Doña Bergonsil era su madre. Él se acordaba del hotel, de la turma... Mundo pequeño....


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # R2026janRa, 4.844 caracteres
 
 
 

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