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Perestroikas, glasnosts y disidencias

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 6 jul
  • 4 min de lectura

Era alrededor de 1989 o 1990 y él resolvió ir a pasar un fin de semana extendido en una posada al inicio de la subida ya en el Parque Nacional de Itatiaia, con la entonces compañera.

Llegando allí, para su sorpresa, también estaba hospedado Evo Brito, con la esposa y otros familiares. Evo era un exprofesor que le traía buenos recuerdos. Rápidamente se integraron y supo que una parte de la familia Brito había marcado un pequeño encuentro, ocupando casi toda la posada.

En el transcurso del primer día, se dio cuenta de que el dueño de la posada, Fernando, también era primo de Evo y la familia era toda, históricamente, ligada a los partidos llamados “comunistas”, por los asuntos, de las conversaciones, en el bar, en el billar, en la piscina y ciertamente en los cuartos.

Asuntos interesantísimos se discutían, principalmente las novedades venidas de la entonces “cortina de hierro”, la URSS (Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas) y sus satélites, que ya habían iniciado los movimientos “Glasnost” (apertura) y Perestroika (reestructuración), principalmente en Polonia.

¿Sería la convención de una rama del partido? ¿Sería la organización de una nueva aristocracia en formación por vínculos familiares y hereditariedad? ¿La “Nueva Clase” anunciada (¿o denunciada?) por el yugoslavo Milovan Djilas?

Parece que la familia de Brito había combinado que cada uno llevaría alguna cosa para un “asado” al lado del bar de la posada, al anochecer de ese sábado de media estación, cuando un fresquito agradable comenzó a tornar acogedoras las proximidades de las brasas.

Las dos parejas “extranjeras” acabaron insertándose, hasta por falta de opción, pues esas posadas son relativamente aisladas. Como todos sabemos, no existe nada más democrático que un bar, hasta porque, “in vino veritas”.

Sin saber de las reglas y burocracias de la “izquierda internacional”, los huéspedes que allí estaban por acaso abrieron los trabajos con caipirinhas y whiskies en las proximidades del calor acogedor de las brasas de la parrilla.

A medida que fueron llegando los Brito y agregados, el destilado cambió para vodka. Vodka Wyborowa, polaca, importada, legítima, con sello de importación y todo. Nada de Paraguay.

Y el asado fue andando, todos felices y confraternizando, ya con mucha inspiración alcohólica, envolviendo a los militantes y a los demás huéspedes. Ya serían unas 24 personas, todos felices y “altos”, cuando llegaron unos 7 invitados más (3 parejas y un soltero), que estaban en alguna otra posada en las inmediaciones. Esos 7, también militantes, aunque emparentados con los Brito, eran “agregados”, o sea, con otro apellido, digamos que fueran la familia “Moletón” o algo parecido.

Los Moletón llegaron, también ya “altos”, trayendo una caja de botellas de vodka Stolichnaya, rusa, importada, legítima, con todos los predicados legales, sellos de exportación y de importación.

Cuando los Brito ofrecieron a los recién llegados la vodka Wyborowa que ya circulaba, el Moletón soltero dijo en voz alta y clara:

_ con los cambios políticos en Polonia, la vodka de allí ya no es más fabricada con la pureza de espíritu de un buen comunista, y se recusó a tomar la Wyborowa ofrecida por los Brito.

El “clima se cerró”, como todos percibieron, especialmente los que “cayeron en paracaídas” en aquel recinto, o sea, las dos parejas todavía no catequizadas y los empleados de la posada.

Las cosas comenzaron a ir de mal en peor porque los Brito, en represalia, no aceptaron beber la Stolichnaya de los Moletón.

Media hora después, de repente, Evo y el Moletón soltero estaban rodando por el suelo, derribando sillas y mesas, y la esposa de Evo desesperada, intentando separarlos. Era una “disidencia” llevada demasiado lejos.

Fue necesario que los “extranjeros” y los empleados de la posada se entrometieran, enérgicamente, para evitar lo peor pues, como se sabe, en asados hay muchos cuchillos y espetos.

Como alguien había llamado a la policía y, sorprendentemente, esta llegó muy rápido, los más exaltados (unos 4) fueron presos y llevados oponiendo gran resistencia pues todavía querían agredirse entre sí.

La dictadura militar en Brasil había pasado el gobierno a los civiles en 1985 y los izquierdistas ya podían circular libremente; no fuera eso, el delegado de Itatiaia podría pleitear una promoción por la cantidad y calidad de “subversivos” presos. Bueno, entre muertos y heridos, se salvaron todos.

Con la total retirada de los Moletón, el asado fue concluido con calma y éxito por los remanentes más tranquilos y más “altos”. Como se sabe, la bebida alcohólica es vasodilatadora y tiende a calmar a la mayoría aplastante de las personas. No se ilusionen, cuando no es así, es porque no es solo alcohol.

El botín de unas 18 botellas de vodkas “legítimas” fue aprehendido por el dueño de la posada que, aunque Brito y aunque comuna por religión, allí era “el empresario”, el lúcido. Tan lúcido que evitó que la policía las confiscara y las compartió con las dos parejas como recompensa por la ayuda y por el trastorno. Mitad rusas, mitad polacas para que nadie se molestara.

Se comprobó después que ambas eran bien hechas, ciertamente para mantener a los clientes y para consumo propio, por algún empresario de allá, por cuenta propia o con autorización de los politburós. Igualito a lo que se hace por aquí.

Conversa-va-conversa-viene, nuestro amigo salió de allí convencido de que la pelea no fue solo por causas etílico-políticas. Como buen observador, dedujo que había mujer en el rollo. Como cualquiera que estudió mitología grecorromana sabe, todo ya fue catalogado en fábulas. Troya no acabó hace 4 mil años, ni los humanos, con sus creencias, sus ilusiones y su estupidez.



Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2024nov/dic R2025dezRc, 5.486 caracteres
 
 
 

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