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Vade Mecum, parte 1

  • Foto del escritor: Miguel Fernández
    Miguel Fernández
  • 7 jul
  • 5 min de lectura

Cuando logró llegar a la universidad, optó por estudiar ingeniería, para ser lo más cercano posible a lo que le parecía un "obrero" de nivel superior. Un trabajador.

Había un cierto componente político en ello, pues sus compañeros del colegio pertenecían a un nivel socioeconómico superior al suyo y percibía que existía un proselitismo en los "sermones" que hacían en favor de los proletarios, de los llamados "menos favorecidos".

Cuanto más sus compañeros se proponían defender la posición A, más se comportaban como B, pero con la conciencia tranquila gracias a los discursos-oraciones que pronunciaban. La conversación sobre el "trabajador intelectual" le sonaba falsa y contradictoria con el discurso a favor de los trabajadores agrícolas e industriales, de la hoz y el martillo. De aquellos que sudaban y se ensuciaban los pies y las manos.

En el fondo, lo que realmente querían era ganarse la vida en burocracias y planificaciones, en edificios con aire acondicionado aquí y chimeneas en el invierno, donde realizarían sus interminables estudios, financiados por la familia o mediante becas obtenidas en cofradías o en instituciones donde los millonarios descontaban de sus impuestos sobre la renta sus aportes teóricamente "redistributivos". Como entendía que esos comportamientos, actitudes y opciones, digamos, "aristocráticas", de sus compañeros ni siquiera eran conscientes, se permitía convivir con ellos sin problemas.

La vida siguió su curso y, unos diez años después de graduarse como ingeniero, se encontró con algunos de aquellos compañeros de la época del colegio y no le gustó lo que vio ni lo que oyó: cada vez estaban más alienados y militantes, cada vez más convencidos de ser los defensores de los pobres y oprimidos, cada vez más persuadidos de poseer las soluciones para los problemas sociales, sin darse cuenta de la hipocresía y de la utopía de lo que decían.

Percibió que le faltaba algo en su formación cultural para poder incluso comprender y expresarse en ese contexto, pues al haberse refugiado en la parte obrera de la sociedad había pasado a ser productor, subordinado en manos de los "nuevos capataces", ahora llamados administradores, economistas y sociólogos.

Un día, incluso un nuevo abogado de la empresa donde trabajaba, al quedarse sin mejores argumentos, le dijo que no tenía razón porque no entendía nada de "derecho". No le gustó.

Aunque entendía que la sociedad necesita tener una "dura lex sed lex", consideraba que la razón es una cosa y las leyes y los procedimientos son otra. Le gustaba decir que, según las leyes, las mujeres no podían votar y tener esclavos era "legal". De hecho, lamentablemente, en algunos países y culturas sigue siendo así. Es el llamado derecho "consuetudinario", propio de las sociedades primitivas, de las personas con mentalidades más simples o de las más necesitadas, más susceptibles a la catequización.

Decidió que intentaría nuevamente el examen de ingreso a la universidad para estudiar "Historia" o "Derecho" (Laws) e intentar comprender mejor el proceso del "manda quien se organiza" y obedece quien, al dedicarse a la producción, no tiene tiempo para otra cosa que producir y pagar impuestos.

Como le gustaba leer y la cultura general, le pareció una buena idea. Se presentó al examen y fue admitido en su primera opción: la mejor facultad de Derecho de su ciudad. Como necesitaba trabajar, el tiempo que le quedaba era por la noche, por lo que se matriculó en el curso nocturno.

Era 1979. El nuevo presidente, investido el 15 de marzo de 1979, era el General Figueiredo, teniendo como jefe de la Casa Civil al general Golbery do Couto e Silva (quien ya ocupaba ese cargo desde el gobierno anterior del presidente general Geisel). Golbery era considerado el gran articulador de los bastidores de la política y de la dictadura brasileña, conocido con el apodo de "brujo".

Entre los aproximadamente cuarenta compañeros de aquel curso nocturno, su edad era intermedia. A grandes rasgos, la clase nocturna estaba formada por jóvenes que necesitaban trabajar para vivir, muchas personas que, tardíamente, se permitían el desafío de acceder a la universidad para progresar profesionalmente y también otros cuyo interés era simplemente aumentar su futura jubilación cuando el empleador era el Estado (civiles y militares).

Los que estudiaban Derecho para ejercer como abogados por verdadera vocación eran pocos. Las carreras del Poder Judicial, además de otorgar poder y prestigio, ya pagaban por encima del promedio del mercado; por ello también estaban quienes pretendían aprobar algún concurso para fiscal, defensor público, juez, en fin, meros candidatos a burócratas.

La clase pronto se dio cuenta de que aquel compañero era y quería seguir siendo ingeniero; estudiaba Derecho por diletantismo y cultura general, no sería competidor ni adversario. Se integró fácilmente al grupo, encantado con la mitad de los profesores y horrorizado con la otra mitad. Solía decir a quien quisiera escucharlo que, en aquella escuela, estaban los mejores y los peores profesores que conocía.

Al comienzo del segundo año (tercer semestre), la clase ya había comprendido que algunos profesores no admitían el diálogo ni aceptaban ser cuestionados, y "perseguían" a quienes se atrevían a hacerlo; era necesario enfrentarlos. Un día en que faltó a clase, fue elegido representante del curso, no sin la protesta de un compañero que quería el cargo, asunto que rápidamente quedó resuelto. Naturalmente, fue elegido porque, al ser un alumno diletante, podía exponerse más.

Y así ocurrió: tuvo que enfrentarse a conflictos con los lamentables profesores de "Sociología del Derecho" y de "Derecho Político". De aquella promoción solo conserva buenos recuerdos.

En algunas asignaturas importantes los profesores no lo marcaron especialmente, por ejemplo, "Teoría General del Estado". Sin embargo, tres profesores dejaron una profunda huella en él, en parte por las materias que impartían, en parte por su cultura general, en parte por el conocimiento y la experiencia que transmitían y, los tres, por su dedicación: Maurice Assuf (abogado privado), que enseñaba Historia del Derecho Nacional; Celso Albuquerque Melo (juez del Tribunal Marítimo), que impartía Derecho Internacional Público y era autor de un excelente libro sobre la materia; y Antonio Vicente da Costa Jr. (policía y, en aquella época, Director del DESIPE, el sistema penitenciario estatal), que enseñaba Derecho Penal. Los tres aparentaban tener entre cincuenta y sesenta años. De cada uno recuerda una anécdota que cuenta en otras crónicas con el mismo caput: Vade Mecum (partes 2, 3 y 4).

Abandonó la facultad de Derecho al comienzo del cuarto año (hoy séptimo semestre), al comprobar que el Derecho Adjetivo (Derecho Procesal) había pasado a predominar en las clases. Para quien buscaba cultura, aquello dejó de ser interesante.

De los tres años que pasó en la facultad de Derecho concluyó:

Ø En el Derecho, lo interesante es el Derecho Sustantivo, pero rara vez funciona, rara vez da dinero y rara vez es reconocido (y cuando lo es, suele ser de manera póstuma o casi).

Ø Cualquier rama del conocimiento puede ser interesante y llegar a ser fácil.

Ø Cuando hay personas cautivadoras y dispuestas a enseñar por algo más que el salario de fin de mes, es más fácil y más rápido interesarse.

Ø Todo es interesante; navegar es necesario, conocer también es necesario.


Agradecimientos al compañero Paulo Ramalho por la ayuda con algunos recuerdos; nostalgia de Guido, Onésimo, Clara, Solange, Edgar, Elaine, Joanes y Último. Queda aquí el registro.


Miguel Fernández y Fernández, ingeniero, cronista y articulista, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y del Instituto de Ingeniería # escrito en 2024nov/dic R2025dicRd, 6.470 toques



 
 
 

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