Vade Mecum, parte 4 Antonio Vicente, o penal
- Miguel Fernández

- 6 jul
- 3 min de lectura
Antonio Vicente era menos sofisticado. Perceptiblemente quería transmitir lo que había aprendido independientemente de glorias. Si fuera en el anonimato, estaba bien. Baja vanidad.
Un profesor sencillo y brillante, de un tema que, aunque frecuente en novelas, dramas, teatro, reportajes y cine, es, bajo muchos aspectos, desconocido. Incluso porque es notoriamente frecuente que, cuando la historia que le da origen no coincide con el “glamour” y/o el sesgo interpretativo que el narrador quiere darle.
Ese ámbito de la literatura, que trata de las transgresiones de la ley y del orden, normalmente no necesita ficción, pues la realidad es más increíble, más fantasiosa. Los guionistas olvidan advertir que, aunque numerosos, los antisociales son excepciones en la humanidad. O bien quieren hacer creer que todo ocurre porque el antisocial tiene razón en función de alguna injusticia. Transforman las excepciones en regla. Es una industria.
Conocer los recursos que los abogados utilizan para influir en los jurados, sin la ayuda de los guionistas de cine, puede ser mucho más interesante, pero puede no encajar en ninguna tribu o creencia de iglesias o partidos políticos que desean ser políticamente correctos.
Entonces, el alumno se entera de que, en un juicio con jurado de un rico contra un pobre, el abogado del pobre, si habla primero, dirá que su cliente no puede pagar un abogado famoso y brillante, como el de la otra parte, quedándole solamente “él”, que apenas se graduó y ni siquiera tiene experiencia, ni dinero para comprar libros, que se quedará sin dormir por el resto de su vida por no haber sabido defender a un inocente, y así sucesivamente... y el jurado suele compadecerse y fallar a su favor.
El alumno también se entera de que esa argumentación falaz, del pobrecito abogado, tiene un efecto colateral, que obliga al abogado del menos pobre, si es el primero en hablar, a decirle al jurado que ya sabe lo que el otro va a decir, y contar la letanía o distribuir un texto a todos explicando lo que el otro abogado va a teatralizar, para intentar disminuir el perjuicio.
Es una ventana al mundo real, al que las personas no están acostumbradas y en el que los alumnos se van curtiendo.
Otro tema destacado, que la clase conoció por Antonio Vicente: que las cárceles masculinas tienen listas de espera de mujeres para visitar a detenidos, a quienes apenas conocen, o ni siquiera conocen, incluso y principalmente con el objetivo de casarse con ellos. Y que en las cárceles femeninas casi no va nadie, fuera del círculo familiar cercano, mucho menos para casarse, mucho menos con desconocidas.
¿Cosa de brasileñas y brasileños? ¡No!
Las estadísticas son idénticas en todas las cárceles: en las Américas, incluidos EE. UU. y Canadá, Europa latina, Europa anglosajona, la URSS, China, India, África (norte, sur, este y oeste), Oriente Medio, cristianos, musulmanes, budistas y agnósticos, negros, blancos y amarillos.
Las tesis de maestría y doctorado al respecto eran abundantes e inconclusas, tal vez porque querían evitar lo políticamente incorrecto, aceptar que mujeres y hombres son dos tribus.
¿Ya pensó alguien en la hipótesis de que las mujeres quieren casarse con presos para tener la certeza de que su pareja está allí, bien guardadita, sin engañarlas ni irse? ¿Y que lo contrario no se aplica? ¿En qué sector del ADN estaría ese código? ¿Habría vacuna? ¿Con ARN mensajero?

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